27 de junio de 2014 20:33

Dos horas de descenso extremo 
por los rápidos del río Chota

FOTOS: jOsé mafla/EL COMERCIO
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José Luis Rosales. Redactor
 rosales@elcomercio.com

Flotar sobre una tabla por el río Chota causa temor y vértigo en los aventureros. Los deportistas que practican riverboarding se lanzan boca bajo desafiando a la fuerza de la corriente, en una tabla de río.

Con las manos se sujetan fuerte de las manillas en el tablero previamente inflado, mientras bajan rápidamente por la espumosa agua flanqueada por rocas gigantescas.

Antes de empezar el trayecto es necesario ponerse un traje de neopreno, que cubre el dorso y las extremidades. También se usa zapatos de caucho y casco para protegerse del frío y las piedras redondas.

La provincia de Imbabura es ideal para esta disciplina, porque tiene varios ríos. Pero los guías de Natural Adventure recomiendan el Mataquí, que atraviesa el cantón Pimampiro, y el Chota, en el norte de Ibarra.

Esos afluentes son anchos y de poca inclinación. El fin de semana anterior, ocho intrépidos se lanzaron a las frías aguas, que descienden desde la cordillera oriental y que bañan el cálido valle ibarreño.

Cumplir con el reto por las aguas del Mataquí toma dos horas, desde de El Juncal hasta la comunidad de El Chota. El viaje entre estos poblados afroecuatorianos se cubre en un automotor en 15 minutos, por la vía Panamericana.

Sin embargo, la sensación no es la misma. “Es una lucha cuerpo a cuerpo con la fuerza del agua”, explica Jorge Montesdeoca, guía de rafting, mientras desciende por los rápidos.

Es que flotar arrastrado por el fuerte torrente sube la adrenalina. Para navegar sin complicaciones, en el también conocido hidrospeed, se debe empujar la tabla de un lado a otro con las manos y girando el cuerpo. El movimiento de los pies con aletas también ayuda a maniobrar y a impulsarse. Como una estrategia de seguridad, se emplea un kayak y bote de rafting, que avanzan delante del grupo de aventureros.

Desde la pequeña embarcación, Juan Manuel Mantilla, de Natural Adventure, alerta con señales que realiza con los brazos en alto, sobre la presencia de piedras y huecos, como se llama a las caídas de agua.

En ese momento, los nadadores se acomodan sobre la tabla para poder bracear con fuerza y cambiar de rumbo.

Pero no en todo el trayecto hay sobresaltos. También hay vados donde el agua parece reposar. Eso permite detenerse a observar las coloridas parcelas cultivadas con papayas, guayabas, aguacates y limones, diseminadas al filo del río que parece una serpiente gigante.

La disciplina, que se originó en Francia en los setenta, es prácticamente nueva en el país, explica Ricardo Andrade, gerente de la empresa, que promociona este nuevo atractivo.

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