2 de octubre de 2015 09:11

Hermana Flor, la monja que triunfa en MasterChef con carisma y sazón

La monja Florinda Ruiz está entre los cinco finalistas de MasterChef México. Foto: Twitter Hermana Flor

La monja Florinda Ruiz está entre los cinco finalistas de MasterChef México. Foto: Twitter Hermana Flor

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Agencia EFE

La hermana Flor es puro carisma y sazón, dos ingredientes que le han servido para encandilar a los jueces y a la audiencia del programa televisivo MasterChef México, al que se presentó para sufragar las deudas de su austera hermandad.

"Decidí entrar en MasterChef junto con un padre, que me inscribió. Lo hice para ayudar a mi congregación en su misión y en otros (asuntos) pendientes" como el adeudo acumulado en la construcción de una escuela, explica a Efe la monja Florinda Ruiz, de 68 años, desde el Seminario Palafoxiano del estado de Puebla, donde dirige la cocina.

Acostumbrada a dividir el día entre plegarías y preparar un menú para 150 personas, Flor no había visto nunca el programa en el que compiten cocineros amateurs y que celebra su primera edición en México, ni ningún otro popular concurso culinario en televisión.

Pero no perdió la tranquilidad ante los focos, y logró que uno de los jueces le otorgara el pase al programa con un dulce de chayotes espinosos típico de la congregación y ahora se encuentra entre los cinco concursantes finalistas.

"No he sentido mucha presión de las cámaras, sino la presión del tiempo que nos dan para cocinar, el miedo de que no quede bien la comida, no presentar bien las cosas, o de no conocer los ingredientes", afirma.

A Flor la han premiado por su sazón y sus salsas, y ella misma, entre risas, comenta que trabajar el chile es su especialidad.

Aunque los jueces también la han criticado en varias ocasiones, por ejemplo cuando explicó que una guarnición de tomate y aguacate era puro adorno y no se podía comer.

"Los jueces se ponen duros, cómo no, por eso sufre uno. Pero a mí Dios bien me dio un carácter para que las críticas no las tomara tan en serio. No es que no me dolieran, pero si tienen razón y no cociné bien, no tienen que dejarlo pasar", reconoce.

Y es que en el concurso la monja se ha visto obligada a preparar platos con ingredientes como la langosta, muy alejados de la cocina propia de su "pobre" comunidad, como ella la define.

Incapaz de recordar algunos de los alimentos que ha tenido que utilizar en el programa, Florinda rememora cuando "mató" la langosta, en palabras de los jueces, por cocerla en exceso y agregarle una crema de piñones. "Me quedó fatal", admite.

La hermana jamás había cocinado ese crustáceo, "pero sí ese pescadito que traen de China, la tilapia, que no sabe a nada", suelta con una franqueza capaz de ponerse en el bolsillo los corazones de millones de mexicanos.

Porque en la cocina del seminario, dice, lo normal es añadir a la comida principal "unas tres verduras".

De sus compañeros de concurso, destaca la "buena relación de amistad", a pesar de la "gran competencia".

Ni el suculento premio de un millón de pesos (unos USD 59 000) ni la exposición mediática pueden acabar con la humildad de la monja, incapaz de reconocer en la entrevista que sus "platos son milagrosos", tal y como dijeron a Efe sus compañeras de trabajo.

"Hay otras hermanas que saben cocinar mejor que yo. Cada una tiene su gracia, su don y su sazón", asegura.

La diferencia es que Flor va camino de convertirse en una estrella de la pequeña pantalla, como ya hizo la joven cantante Sor Cristina al ganar La Voz de Italia, y ahora le piden fotos.

"La gente ya me reconoce, aunque por la calle voy sin velo", dice esta monja afincada en el céntrico estado de Puebla.

Florinda Ruiz sintió la llamada de Dios a los 16 años y vivió 35 años en Roma, tres en Toledo (España), doce meses en El Salvador y dos veranos en África como misionera, trabajando, sobre todo, de cocinera y de maestra.

Una prueba más de su espíritu aventurero y todoterreno, capaz de superar a las más de 9 000 personas que se presentaron en el "casting" sin perder un ápice de naturalidad y modestia.

Ahora, a pocos días de que se emita la final del exitoso programa, la monja sigue con su rutina en el seminario.

Se levanta a las cinco para lavar su ropa y dedicarle al menos una hora a la oración antes de ponerse detrás de unos fogones con mucho menos "glamour" que los del plató de MasterChef.

"No me tardaré (con la entrevista) que ando friendo", dijo a este periodista la primera vez que logró hablar con ella.

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