3 de septiembre de 2017 00:00

Hay que repensar el desarrollo

Andrés Abad, en uno de los espacios de la biblioteca de la Universidad Andina Simón Bolívar, donde es profesor visitante. Su área de interés son los estudios organizacionales. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán

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Las recientes imágenes de las bodegas de la flota pesquera china ocupadas con miles de tiburones muertos y desmembrados -arrebatados al ecosistema de las Galápagos- traen a la cabeza una palabra que asusta: depredación.

Pero esa es solo una de las formas de la depredación; hay otras, no tan visibles, pero quizá más dañinas; y alguna que es necesaria. Andrés Abad, con su larga trayectoria de estudios del comportamiento humano, trata de entender y contextualizar este concepto que hoy amerita mucha atención.

¿Nacemos o nos hacemos depredadores?
Lo que pasa es que en términos biológicos el ser humano trascendió su animalidad a través de la cultura. Y al tener esa posibilidad de modificar el ambiente más que las otras especies, nos hemos hecho más depredadores de lo que éramos como especie.

¿Por qué?
Porque el ser humano, al tener la capacidad de adaptación a todos los ecosistemas, a todos los nichos ecológicos, a diferencia de los animales, para lograr esa adaptación tiene que recuperar la energía que está en el entorno para sobrevivir. Y lo hace a través de sus mecanismos culturales. Eso implica que donde esté, busque la energía, porque la necesita para sobrevivir.

¿La depredación está necesariamente peleada con una existencia un poco más empática con el entorno?
En términos generales, para que todas las especies estén en equilibrio, la depredación a veces hasta es necesaria para regular poblaciones animales. Pero en el caso del ser humano se superan los límites naturales de esa depredación, entonces se pone en riesgo no solo a las especies de otro ámbito animal, sino que el humano también está siendo el artífice de su propia destrucción.

Como especie, ¿hubiésemos llegado a este punto de evolución sin una actitud depredadora?
Creo que es connatural a todo lo que ha pasado. La gran tragedia del desarrollo, que está en la alegoría de Mefistófeles, es que el conocimiento, si no está conducido éticamente, se convierte en un mecanismo de destrucción. Entonces la humanidad en este momento tiene que resolver los problemas de su propia perdurabilidad.

¿Estamos en un punto de quiebre?
Estamos en un punto de quiebre. De no resolverse los problemas sustanciales en los próximos diez años en temas de alimentación, energía y agua, la humanidad estaría al borde de una catástrofe. Y no lo digo yo, lo dice muchísima gente, como Yuval Noah Harari. A la vez, este momento plantea algo interesante: que en este punto el ser humano puede redireccionar su accionar, porque puede entrar en lo que plantea Edgar Morin, que es la ciencia con conciencia. Es el momento de la revolución de la ética para conseguir que nuestra especie pueda permanecer en la Tierra.

¿Por qué censuramos desde la moral la depredación si es una función habitual y hasta necesaria en la naturaleza?
Lo que pasa es que mientras teníamos más empatía con el entorno, el ser humano era consciente de los límites de su crecimiento. Lastimosamente, por todo lo que produjeron las diversas revoluciones, como la de ahora que es una revolución postindustrial, el ser humano no ha podido limitar la expansión del consumo, ni ha podido poner límites a la acumulación. Ya (Zygmunt) Bauman lo alertaba, y (Gilles) Lipovetsky habla del hiperconsumo. Hemos roto una barrera en la cual el ser humano ya no tiene control sobre su propia especie.

¿La cosmovisión andina es menos depredadora que la occidental?
Creo que todas las culturas ancestrales han sido mucho más amigables con el ambiente. El asunto es que el ser humano, a través de la revolución industrial y la revolución digital, ha exacerbado la explotación de los recursos para sobrevivir. Y seguimos educando en el paradigma moderno: la ‘religión’ del progreso. Debemos buscar una inspiración en lo ancestral, y no como una huída hacia el pasado sino pensando en el término sánscrito ‘gatha yata’, que significa acercarse al pasado.

Pero no desde la idea de volver, ¿o sí?
No es volver ni ver románticamente al pasado. Dos cosas concretas pasan si tomamos este camino: una inspiración para una nueva relación del ser humano con la naturaleza; para construir una sociedad postextractivista, por ejemplo. Y lo otro es la inspiración para las relaciones. Por ejemplo, en el mundo andino se pueden recuperar las prácticas de reciprocidad, de equilibrio, de trabajo comunitario. Pero seguimos educando en la visión de la competitividad en lugar de en la cooperatividad.

¿Qué valores predominan en la actitud depredadora que tenemos?
La actitud depredadora se sostiene en la idea de la superioridad de unos sobre otros. Eso trasladado al ámbito cultural se transforma, por ejemplo, en el irrespeto a la diversidad. Creo que la principal depredación consiste en quitarnos la idea de la necesidad de la diversidad. Y quitarnos también las utopías. También están las ideas de tener cosas o del dinero como fundamental.

Además de la depredación de la diversidad social, ¿qué otro tipo de depredaciones hay en este ámbito?
Una fundamental y que creo que es la peor: la depredación de las utopías. Una especie de alienación para que el ser humano no pueda seguir pensando en alternativas de vida. Entonces este rato estamos viviendo una sociedad sobre controlada, en la cual estamos viviendo como en ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, y de ‘1984’ de George Orwell, que son mundos en los cuales hay un proceso de alienación.

En casos de depredación emocional, ¿cuál es el signo inequívoco de que estamos en el papel de la presa en una situación de ese tipo?
Creo que ahí Bauman es el que mejor ha explicado esto, cuando habla de un mundo de emociones y relaciones muy frágiles, ¿no? Este rato vivimos mucha fragilidad en las relaciones personales y colectivas también. Está exacerbada la individualidad; y en estos procesos hay un sentimiento de abandono y soledad. Vivimos en megalópolis en las que el ser humano está muy cerca físicamente, pero muy alejado emocionalmente. Debido a la necesidad de sobrevivencia tan terrible que obliga a dejar días enteros en la actividad laboral, despreciamos las cosas fundamentales, como la relación con la colectividad.

¿Entonces cuando experimentamos una sensación de abandono podríamos darnos cuenta de que estamos en una situación de depredación emocional?
Así es.

¿Y cómo podemos identificar que estamos ejerciendo el papel de depredadores emocionales en nuestro entorno más cercano?
Yo creo que no somos conscientes, pero todos lo hacemos de alguna manera. Este momento nuestras actividades laborales de sobrevivencia están por encima de cualquier otro tipo de relación.

Son la prioridad.
Exactamente. Es una prioridad subsistir.

O sea que si vemos que estamos pasando mucho más tiempo trabajando que con la gente cercana ya podemos darnos cuenta de que algo no está bien, ¿no?
Sí. Y creo que ahí estás, de manera inconsciente, reproduciendo el sistema. En los estudios organizacionales se ve que las grandes instituciones, como la familia, la iglesia, el Estado, están en crisis. Pasas la mayor cantidad de tu tiempo en el trabajo, y si el trabajo no se vuelve un espacio de emancipación estamos condenados a ser esclavos. Por eso es que los estudios críticos de la gestión plantean la búsqueda de mecanismos para que el trabajo se vuelva un espacio de liberación. Para no caer en la distopía de convertirnos en la presa de este sistema depredador.

¿Lo opuesto a depredar?
Repensar el sistema de producción, repensar el desarrollo y fomentar el respeto a la diversidad cultural.


Andrés Abad


Nació en Cuenca en 1965. Licenciado en Educación por la U. del Azuay; tiene una maestría en Antropología del Desarrollo por la misma universidad y un doctorado en administración por la Universidad Andina Simón Bolívar.

Es profesor investigador de la Escuela Politécnica Nacional y profesor visitante en varias universidades; fue el último director de los museos del Banco Central.

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