5 de junio de 2016 09:54

La Guerra de los cuatro días

El 19 de agosto de 1932,  46 legisladores descalificaron al presidente Neptalí Bonifaz. El 28 de agosto empezó en Quito una batalla urbana que dejó cientos de muertos.

El 19 de agosto de 1932, 46 legisladores descalificaron al presidente Neptalí Bonifaz. El 28 de agosto empezó en Quito una batalla urbana que dejó cientos de muertos.

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Roberto Aspiazu Estrada* (O)

En octubre de 1931, el candidato conservador Neptalí Bonifaz resultó ganador de la elección presidencial. Era la primera vez que un postulante de la tendencia triunfaba desde la revolución liberal de 1895. Superó a sus oponentes, el liberal Modesto Larrea Jijón y el socialista Ildefonso Mendoza. El encargado del poder, el ex presidente Alfredo Baquerizo Moreno, cumplió con su promesa de mantener la imparcialidad del Gobierno, de modo que fueron las primeras elecciones libres del siglo XX.

Durante el período de hegemonía liberal se había ejecutado la sentencia del militarismo partidista de que “no se perderá con papeletas aquello que se ganó con bayonetas”. En consecuencia, los candidatos oficiales triunfaban abrumadoramente merced a la ayuda del Ejército.

El antecedente fue que el régimen surgido de la Revolución Juliana de 1925, que llevó a ejercer la presidencia a Isidro Ayora, había caído en agosto del 31. La sublevación del batallón de Ingenieros “Chimborazo” en Quito, condujo al mandatario a encargar el poder al coronel Luis Larrea Alba, nombrándolo previamente ministro del Interior, con derecho sucesorio, de acuerdo a la Constitución de 1929.

Al cabo de 52 días intentó un golpe de Estado, pero la falta de apoyo del Congreso lo obligó a renunciar ante el titular del Senado, Baquerizo Moreno, quien cumplió con la convocatoria a elecciones.
En este ambiente de inestabilidad, la designación de Bonifaz fue acogida con alivio. Sin embargo, su posesión recién se efectuaría en agosto del año siguiente, esto es, 10 meses después con la instalación de la nueva Legislatura.

Para complicar el escenario, la elección del Congreso se produjo en fecha posterior, resultando una composición donde prevalecían los partidos derrotados en la justa presidencial.

Neptalí Bonifaz Ascásubi había nacido en Quito, en 1870. Su padre era un diplomático peruano, mientras que su madre pertenecía a una familia tradicional capitalina.

Se educó en el Colegio San Gabriel de los jesuitas, en el antiguo anexo a la Iglesia de La Compañía. En la adolescencia viajó a Europa para continuar su formación en Ciencias Económicas, Políticas y Comerciales, en la universidad de Ginebra, y luego en la prestigiosa Sorbona de París.

Estaba dedicado a la explotación agrícola y agropecuaria de las haciendas familiares, cuando en 1927 fue llamado por el gobierno provisional de Ayora para presidir el Banco Central del Ecuador, recientemente creado.

“Los conservadores veían en él algo así como una nuevo García Moreno por su honradez, rectitud y energía. Los liberales simpatizaban con quien afirmaba que daría lustre al liberalismo corrigiendo sus quiebras y fallas”, al decir de su copartidario José Rafael Bustamante.

Bonifaz se definía como un liberal moderado que estaba cansado de las discusiones metafísico- literarias sobre las diferentes doctrinas políticas; que repudiaba a los gobiernos de argolla que excluían a los hombres más honrados y competentes so pretexto de que no eran “amigos de la causa”.

Con la consigna de impedir su llegada al poder, la prensa facciosa del liberalismo y de los sectores de izquierda inició una campaña ventilando dudas sobre la nacionalidad del presidente electo.

Bajo presión, Bonifaz dirigió un escrito al legislador electo Leopoldo Izquieta Pérez, quien le había retirado su apoyo, reconociendo un momento de vacilación: “Mi peruanismo se limita a la época de dominación de Alfaro, durante la cual, por la súplica de mi madre que quería, como todos los ecuatorianos de entonces defender sus propiedades, consentí en llamarme peruano”.

Afianzando su defensa presentó un documento de la Cancillería peruana certificando que jamás había constado en el registro civil como ciudadano de ese país.

La aspereza de su carácter se avenía mal a una situación en la que tenía que atraer a congresistas que dudaban. “Y en cada día que pasaba perdía algún legislador que por un gesto del candidato o un saludo menos, rectificaba su primitiva adhesión; lo mismo aconteció en sus relaciones con el Gobierno”, refiere en sus memorias el diplomático Francisco Guarderas.

El 19 de agosto de 1932, en sesión reservada que se prolongó hasta la madrugada del día siguiente, 46 legisladores votaron por la descalificación, mientras que 38 lo hicieron por la calificación.
Los congresistas de minoría publicaron un Manifiesto a la Nación en el que denunciaban el golpe de Estado de la Legislatura, destacando que apenas 8 votos habían desconocido el legítimo pronunciamiento popular de decenas de miles. Bonifaz advirtió preocupado que si se cumplía la decisión, “la sangre subiría a los tobillos”.

Ante el impasse, el 28 de agosto al grito de “¡Viva la Constitución!” cuatro batallones emplazados en Quito se sublevaron con el apoyo de la Compactación Obrera, la principal central sindical conservadora, y la poblada, en general, que buscó armas en los cuarteles. Baquerizo Moreno se vio obligado a renunciar asilándose en la legación argentina; nombró como encargado del poder a Carlos Freile Larrea, líder bonifacista.

Conocedor del suceso, Bonifaz regresó apresurado de su hacienda Guachalá en Cayambe, para dirigir una arenga desde el balcón de su casa para instar a la población a mantener la paz, aceptando la decisión del Congreso. Era demasiado tarde.

Los jefes y oficiales que escaparon de la rebelión se concentraron en Tambillo a la espera de refuerzos. Teniendo el control de los ferrocarriles, 5.000 efectivos se concentraron rápidamente para sitiar la capital bajo el mando del general Ángel Isaac Chiriboga.

A las 08:45 del 29 de agosto, inició un duelo de artillería en las inmediaciones del Panecillo que se fue generalizando. Hacia las 10:00 se combatía en los frentes sur, este y norte. En el puente del Manchángara como en el Itchimbía se repelió con bravura a los atacantes. El cañoneo dejó sin luz eléctrica a la ciudad, al destruir postes y cableado; al tiempo colapsó el suministro de agua y el abastecimiento de víveres se tornó crítico.

El 30 al rayar el alba se reanudó la batalla en todo el perímetro del cerco. A las 11:00 no solo se combatía en los alrededores sino dentro de la ciudad con nutridos disparos de fusiles y ametralladoras desde ventanas y azoteas, aumentando la mortandad no solo de los combatientes sino de civiles inocentes.

El 31 sería la jornada de mayor fragor y violencia al ampliarse la lucha urbana, con partidas de izquierdistas armados que atacaban desde la retaguardia los parapetos de los defensores. Presionado por encontrar un arreglo, el encargado del poder, Freile Larrea, argumentó que su mandato expiraba el 1 de septiembre, fecha en la cual debía posesionarse el nuevo presidente. La rebelión “constitucionalista” se quedaba sin piso.

Con el nuevo día, las fuerzas beligerantes reanudaron sus hostilidades hasta que temprano en horas de la tarde, se firmó un armisticio que reconocía que “no habría vencedores ni vencidos”. Disponía el establecimiento de un nuevo régimen interino a cargo del presidente del Senado Alberto Guerrero Martínez, con el compromiso de convocar a nuevas elecciones.

Los historiadores fijan en 1.000 el número de muertos de la “Guerra de los cuatro días” y algunos lo elevan hasta 2.000. Quito sólo había vivido medio siglo antes una batalla urbana, cuando en 1883 el ejército de la “Restauración” tomó la capital, venciendo a las fuerzas de la dictadura del general Ignacio de Veintemilla, comandadas por su sobrina Marietta, la célebre “Generalita”.
 *Periodista. Actualmente empresario y se dedica a la historia.

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