17 de junio de 2014 19:12

Fragmentos de Junio saca a la luz la falta de danza contemporánea

Jorge Parra, Director del Festival Fragmentos de Junio. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Arturo Cervantes. Redactor
acervantes@elcomercio.com


Guayaquil cuenta con varias academias de danzas, pero no precisamente en la línea de lo contemporáneo. Esta ausencia se compensa en la XII edición del Festival de Danza Contemporánea ‘Fragmentos de Junio’, que se realizará del 19 al 29 de junio e incluye la participación de dos compañías guayaquileñas (Zona Escena e Influencias Danza Fusión) y tres bailarines independientes de esta ciudad (Omar Aguirre, Jenny Carvajal y Gloria Febres Cordero).

Según Jorge Parra, el empeñoso mentalizador de este festival y también director de Zona Escena, anualmente se abre una convocatoria virtual para participar en Fragmentos de Junio “pero hay poca respuesta de (compañías o bailarines independientes) de Guayaquil. La mayoría viene de afuera (del país)”. Las compañías internacionales Arrieritos, Larumbe Danza (las dos de España); Da Motus! (Suiza) y Lo que somos (Costa Rica) constan entre las participantes de esta edición.

En ese contexto local de precariedad de creación, las residencias artísticas que Fragmentos de junio organiza anualmente resultan relevantes pero no suficientes ya que son de corta duración. Así lo cree Zully Guamán, guayaquileña que forma parte de la Compañía Nacional de Danza del Ecuador. “La propuesta arranca y culmina con el taller. Se queda estancado ahí. Hacen falta espacios permanentes, grupos estables”.

A propósito de este Festival, del 5 al 23 de mayo, el australiano Philip Beamish ofreció una residencia en la que estuvieron intérpretes de distintas disciplinas (bailarines, deportistas, actores). Su método se denomina ‘Beamish bodymind balancing’. El objetivo de esta técnica es que el intérprete sea consciente de qué huesos, ligamentos o músculos está utilizando en escena. Esta lucidez corporal, esta precisión en el autorreconocimiento, están ligadas a otros conceptos escénicos como el de control y el equilibrio.

A eso se suman las residencias que el año pasado dio el chileno Sergio Valenzuela, la de la francesa Hervé Koubi (en el 2012) o la de la mexicana Magdalena Brezzi (en el 2011). En estos tres últimos casos, desde un trabajo que incorpora recursos mixtos como el ‘release’ o el ‘flying low’.

En los más de diez años de vida del festival se ha logrado generar un público, pero no un movimiento creativo. Parra pide “paciencia” para que se evidencien más propuestas locales de danza contemporánea. Dice que él no puede contribuir a los procesos de creación pues no está en sus manos llenar ese vacío. Sin embargo, asegura, las residencias sí generan un proceso de aprendizaje profundo. “El cuerpo del intérprete que toma la clase ya no es el mismo una vez que sale”.

El guayaquileño Omar Aguirre, miembro del grupo de danza teatro del Centro Cultural Sarao, dice que hacen falta procesos largos de formación. “En Guayaquil hacen ‘danza exprés’: toman un taller y ya quieren ser bailarines de danza contemporánea. No quieren un proceso. No se dan el tiempo. Guayaquil es una ciudad inmediatista”. Como casos relevantes en los que sí hubo un proceso a largo plazo menciona las piezas ‘Pura’, de la agrupación La Fábrica.

Parra asegura que otro de los ejes del Festival -y que podría contribuir a que se despierte la curiosidad entre los guayaquileños- es la pluralidad. Así, una de las propuestas de este año se denominada ‘Primer piso’ (del colectivo Zona Escena) y está planteada a manera de performance. Como si se tratase de una visita a un museo, hay un guía que dirige a los espectadores por los espacios de una casa que han sido intervenidos mediante la danza. Se reinventa el uso tradicional que se le da a los hogares, pero también se altera la rutina del espectador, normalmente acostumbrado a sentarse en una butaca.

También está el teatro aéreo del argentino Daniel Zazen, en su pieza compartida ‘Act-Two’. Mediante el uso de tubos, aros y telas, su compañía Vertical modifica la horizontalidad de los escenarios para situarla en una zona fuera del confort: en una verticalidad que pone en riesgo, que desafía. Pero ese no es el mayor desafío. Lo es la necesidad, casi emergente, de que se consoliden procesos de creación de danza contemporánea desde Guayaquil.

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