22 de junio de 2014 19:48

La vida de una generación Glbti sin el estigma penal

Maria Isabel Valarezo / EL COMERCIO


El sector de La Mariscal se ha convertido en el semillero de la vida, pensamiento y fiesta de la comunidad Glbti de Quito. Aquí se desarrolla la marcha.. Foto: Maria Isabel Valarezo / EL COMERCIO

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Diego Ortiz. Redactor
ortizd@elcomercio.com

A 17 años de que la homosexualidad fuera despenalizada en el país, el ideal de respeto por la orientación sexual, promulgado por la comunidad Glbti, aún no se ha realizado del todo.

Si bien desde el 25 de noviembre de 1997 los homosexuales dejaron de ser considerados delincuentes, esto no ha implicado que su condición sexual sea aceptada en la sociedad.

En la ‘Primera Investigación sobre Condiciones de Vida, Inclusión Social y Derechos Humanos de la población Glbti en Ecuador’, realizada por el Instituto Ecuatoriano de Estadística y Censo (INEC) a 2 805 personas en el 2012, el 29,1% de ellos oscila entre los 20 y 24 años de edad. Ellos son el grupo que nació en una de las épocas más crudas para la homosexualidad en el país, cuando las trans amanecían muertas en las calles y parques, o eran encarceladas en algún Centro de Detención Provisional del país.

Así lo cuenta Evelyn Madona, una transgénero de 41 años que en la década de 1990 ejercía como oficial de la Policía Nacional. Ahora jubilada de esta institución, y en medio de un proceso de cambio que ha sido respaldado por sus superiores, dice que muchas de las órdenes de encarcelamiento que procesaba eran inmediatamente resueltas por ella, ya que muy pocos estaban dispuestos a ayudar a los gays.

Casi dos décadas después, ella siente que la panorámica presenta nuevas problemáticas. Ya no hay penalización, pero sí discriminación. Esto se respalda con el trabajo del INEC, el cual mostró que 70,9% de la población (de la muestra) ha reportado alguna clase de discriminación familiar; el 35,3% ha recibido insultos, amenazas o burlas; y el 18,6% ha experimentado agresión física.

Derechos sexuales

A pesar de que las cifras evidencian tensiones entre hetero y homosexuales, eso no ha impedido que estos últimos se apropien de espacios para hablar de sus derechos. A partir de una evaluación cualitativa de las Marchas del Orgullo Glbti de Quito en los últimos años, Nicanor Benítez, editor de la revista Equidad (cuya línea temática aborda hechos de esta comunidad), comenta que aproximadamente un 70% de los participantes oscila entre los 18 y 40 años.

Para el sociólogo Andrés Pérez, quien ha seguido de cerca estas actividades durante los tres últimos años como parte de una investigación sobre género y ciudadanía, esta cifra, sumada a la que ha recopilado en este tiempo, saca a flote que los más jóvenes apuestan por un modelo de gestión que los visibilice dentro de las esferas sociales y no solo como parte de las estadísticas de la vida farandulera de una ciudad.

En la actualidad, las marchas no son los únicos momentos para hablar de lo Glbti. Organizaciones como Fundación Equidad, Silueta X, Causana, Igualdad de Derechos Ya, entre otras que luchan por los derechos de esta comunidad, han impulsado su trabajo por fuera del ámbito meramente festivo. Clubes literarios, reuniones para debatir temas de actualidad y campeonatos deportivos son algunas opciones que se han abierto para el intercambio entre los miembros de esta población.

Este tipo de encuentros resultan novedosos para personas como Andrés Yépez, de 39 años de edad. En su época juvenil, la congregación de gays y lesbianas era objeto de burlas y ofensas. La gente en la calle, incluso, los agredía físicamente.

20 años después de sus primeras incursiones en bares clandestinos para parejas del mismo sexo, Andrés mira que los quiteños van abriéndose a la posibilidad de la diversidad sexual. Tan solo en el sector de La Mariscal existe una docena de espacios concebidos originalmente para la comunidad Glbti. Estos incluyen centros de diversión vespertina y nocturna, spas y restaurantes, con aproximadamente 35% de su clientela menor a los 25 años.

Pero la diversión no lo es todo. Fernando Espinoza, un chico de 22 años próximo a terminar la carrera de Administración de Empresas, cuenta que cuando su familia tomó conciencia de su realidad, constantemente le repetía su miedo a que pase solamente metido en bares y discotecas.

A él le resulta lamentable que la sociedad lo mire como un el hombre-fiesta, cuando en realidad su vida oscila entre la universidad, el trabajo y las actividades deportivas.

La investigación del INEC arroja que el 40,6% de los entrevistados posee algún nivel de educación superior. Para los Glbti se ha vuelto una tarea importante concienciar a profesores y estudiantes sobre la realidad de su mundo.

María José Cepeda, afroecuatoriana de 21 años cursa estudios en arquitectura en Quito. Cuenta que una de las tareas más complicadas en la universidad es explicar que “las lesbianas no somos machos con senos”. Ella, cuyo comportamiento concuerda con los más altos estándares de los manuales de buenos modales (ropa impecable, saludo cordial, lenguaje políticamente correcto), dice que en el medio académico la gente no entiende del todo que la orientación sexual es una condición sexo-afectiva que se manifiesta de manera distinta según la persona.

A pesar de que en Ecuador los delitos de odio por orientación o identidad sexual son penalizados, no toda la población joven asume esto como un impedimento para expresar su rechazo en contra de los Glbti.

En redes sociales, por ejemplo, es fácil encontrarse con personajes como John M., quien constantemente expresa que la normalización de la homosexualidad en el país resulta un problema ya que los modelos familiares homoparentales impiden la perpetuidad de la especie humana.

Próximos a que la despenalización de la homosexualidad cumpla su mayoría de edad, la comunidad Glbti va adquiriendo una mayor presencia en la esfera pública. La unión de hecho es una muestra de esto.

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