14 de enero de 2018 00:00

Gay Talese: El periodista, el voyeur, la controversia

Sobre estas líneas, fotogramas del documental ‘Voyeur’, de Netflix, en el cual se hace una introspección sobre la polémica alrededor del libro ‘El motel del voyeur’. Cris Moris/Netflix

Sobre estas líneas, fotogramas del documental ‘Voyeur’, de Netflix, en el cual se hace una introspección sobre la polémica alrededor del libro ‘El motel del voyeur’. Cris Moris/Netflix

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Juan Fernando Andrade * (O)

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Decir que a sus 85 años –y contando– Gay Talese es probablemente el periodista vivo más importante de nuestros días es sólo decir lo justo o incluso menos que eso: se trata de la voz más fuerte, del pulso más firme. Por eso todo lo que ha pasado con El motel del voyeur, su último libro, resulta extraño. Talese, que tiene a su haber títulos como La mujer de tu prójimo y Honrarás a tu padre (inspiración para la serie Los Soprano), piedras angulares de la escritura de no-ficción del siglo pasado y de cualquier otro, ha tenido que defender su libro más reciente con uñas y dientes porque por primera vez lo han acusado de mentir.

El motel del Voyeur trata sobre un hombre de Denver, Colorado, que compró un motel en los 60’s para observar las costumbres sexuales de sus huéspedes y llevar un registro de su comportamiento íntimo. Mientras hacía esto, el propietario del establecimiento, llamado Gerald Foos, se puso en contacto con Talese porque quería hacer su experimento conocido y el periodista tuvo que esperar más de 30 años para poder publicar su historia.

Cuando Gerald Foos le escribió a Talese por primera vez, a principio de los 80’s, le ofrecía la historia pero se negaba a compartir pequeños grandes detalles como su nombre propio, así que el periodista, que nunca se ha mostrado interesado en la ficción o en camuflar los rasgos de aquello que escribe, tuvo que esperar hasta que fuera seguro para su personaje confiar hasta el más mínimo detalle a los lectores, e incluso entonces encontró problemas. Esta, la controversia, la sabemos por Voyeur, un documental original de Netflix donde se nos revela el makin’ of de este libro, que apareció primero como un reportaje en la mítica revista The New Yorker y luego expandido en un libro que empezó a circular en español este año. El documental es especialmente gratificante porque vemos a Talese trabajar y entendemos cuáles son las cosas que no puede tolerar o que le impiden moverse a sus anchas, y eso es un espectáculo aparte; pero también porque conocemos a Gerald Foos en carne y hueso y ambos, periodista y personaje, son por un momento las cabezas de una misma y peligrosa criatura.

El motel del voyeur y Voyeur, libro y documental, son productos hermanos y funcionan en combo agrandado por la experiencia que se riega de la página a la pantalla y viceversa: en el libro queda plantado el tamaño de la ambición de Talese como escritor de no-ficción, un autor que busca escribir el libro total a su estilo, y en la pantalla está todo eso a lo que debe enfrentarse para hacer las cosas a su manera. Porque en el libro Talese encuentra el último reto de un periodista cuando se enfrenta a un personaje tanto o más curioso que él mismo, y en la película lo vemos atravesar esta relación como algo más que debe sortear para poder escribir la historia que quiera escribir.

Esto es Talese en acción, más vivo que nunca, moviéndose de un lugar a otro y consiguiendo, como el investigador más acucioso, los capítulos que luego formarán la trama del libro. El que crea que la cinta es un simple “tras cámaras” o algo así aún tiene mucho por ver y por creer y por confrontar, pues tanto el documental como el libro funcionan como algo que todos los seres humanos hacemos pero pocos nos atrevemos a compartir: se trata de dejar caer las capas de nuestra historia hasta que no quede más que la verdad.

Antes de terminar, enfoquémonos en el libro. Geral Foos, el propietario del motel, empezó a espiar a sus huéspedes desde mediados de los 60’s y desde un tejado a dos aguas que le permitió colocar rendijas de supuesta ventilación en los techos de ciertas habitaciones. Así que, de varias formas, este es un libro escrito a cuatro manos pues cada capítulo está compuesto por una suerte de introducción de Talese que luego da paso a los apuntes textuales de Foos.

Apuntes como este: Por fin consigo ver el cuerpo de la mujer cuando se destapa para limpiarse el semen con mi colcha. Tiene unas proporciones hermosísimas, pero probablemente es igual de estúpida y necia que él. Este: Se han registrado un varón blanco y una mujer blanca de “casquete rápido” en la habitación 9. Él era un oficinista de unos 40 años, 1,75 y 75 kilos, aspecto corriente; ella rondaba los 25 y medía más o menos 1,60, atractiva. O este: Cuando los hombres estaban solos veían la televisión y se masturbaban. Cuando las mujeres estaban solas también se masturbaban, aunque no tanto. Pero creo que ambos sexos se masturban ahora más que nunca.

Las únicas parejas que parecen disfrutar de darse placer en la cama, y que poseen la paciencia y el deseo de provocarse unas a otras, son las lesbianas. Queda claro que el voyeur, que se refiere a sí mismo en tercera persona en la mayoría de los pasajes, piensa en sí como un científico o un antropólogo cuyo experimento nos ayuda, a todos, a ver más de cerca por qué somos como somos.

Al final, cuando las palabras y las imágenes se juntan en una especie de experiencia multimedia no por eso menos privada, Talese queda bien parado en medio de todo lo que fue y lo que pudo haber sido. Al final, esta es la historia de un periodista que corre hasta la última yarda para guardar la fidelidad de los hechos y poder transmitirla; la historia de un hombre, el voyeur, que cree que sus secretos merecen un mejor destino que la tumba y que deben ser expuestos sin por eso exponerlo necesariamente a él; y los cientos de personas que, sin saberlo, sirvieron como objetos de observación para construir el testimonio que ahora podemos sostener entre las manos.

*Editor adjunto de la revista Mundo Diners

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