9 de agosto de 2017 00:00

El fuego es un elemento clave en los rituales tsáchilas

El chamán tsáchila realiza una ceremonia para atraer las energías positivas, con el uso de varios elementos. Foto: Juan Carlos Pérez / EL COMERCIO.

El chamán tsáchila realiza una ceremonia para atraer las energías positivas, con el uso de varios elementos. Foto: Juan Carlos Pérez / EL COMERCIO.

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María Victoria Espinosa

El fuego es uno de los elementos más importantes en los rituales tsáchilas. Para los chamanes de esa nacionalidad, radicada en Santo Domingo, el fuego es la luz que les permite ver a los dioses, quienes muestran el camino de la sanación.

También, ayudan a conectarse con el espíritu del paciente para conocer el origen de la enfermedad y cómo combatirla.

El exgobernador tsáchila, Manuel Calazacón, señaló que hay ocasiones en las que el paciente enfermó tras haberse divorciado.
“A través del fuego puedo ver el estado anímico de los pacientes, ya que en la actualidad la mayoría de enfermedades son ocasionadas por el estrés, la depresión o el cansancio”, señaló el poné (sabio).

En los rituales curativos, la cantidad de fuego depende de la enfermedad. Para combatir el cáncer en la primera etapa o la trombosis, los tsáchilas hacen la curación en la noche y en el centro del consultorio chamánico se prende una fogata. Para enfermedades de los bronquios, artritis y problemas de infertilidad en cambio se colocan velas en los rincones de la habitación.

En los rituales para la buena suerte, en cambio, los chamanes sostienen una vela en su mano y la pasan rápidamente por el cuerpo del paciente. De esa forma el fuego absorbe las energías negativas.

El gobernador tsáchila, Javier Aguavil, señaló que para la cosmovisión de la etnia, el fuego representa luz. Para los ancestros, el sol era considerado un dios y de este emergían poderes como el fuego. “Era tan grande su poder que los bosques podían quemarse si el dios así lo quería”.

De hecho, para los tsáchilas el dios del sol es tsáchila. Cuenta la leyenda que hace más de 1 000 años, el espíritu de una tigre se comió al sol y los tsáchilas debieron vivir por muchos años bajo la oscuridad y con el temor de que ese malvado espíritu acabara con la etnia. Ellos intentaban hacer fuego, pero el viento apagaba las llamas, señaló el historiador tsáchila, Augusto Calazacón. “El fuego no podría existir sin el sol”.

Así que los chamanes decidieron convertir a un joven en sol. Para eso, hicieron un ritual en el que vistieron de algodón a un tsáchila, hijo de una madre soltera. El joven tomó ayahuasca (bebida alucinógena) y poco a poco su cuerpo fue cubierto por una luz y luego desapareció. Al siguiente día hubo luz y el espíritu se fue de la comuna indígena.

El exgobernador tsáchila, Héctor Aguavil, sostiene que el fuego es un elemento clave, porque al unirse con el aire, la tierra y el agua se otorgan poderes especiales al chamán que está a cargo del ritual.

El tsáchila asegura que esas tradiciones ya no se conocen y que por eso los rituales han perdido credibilidad. “No se trata de utilizar los elementos como decoración o para inspirar confianza. Deben usarse correctamente para atraer nuestros poderes ancestrales”.

En su consultorio, Aguavil solo reúne a los cuatro elementos cuando los casos son extremos. “Hay personas que vienen poseídas o llenas de una carga energética muy fuerte. Ahí debo ser más fuerte para que no nos afecte”.

La chamán tsáchila María Calazacón señala que el fuego se debe poner afuera de los consultorios para evitar que las malas energías entren e impidan la sanación. Ella afirma que su padre, el chamán Orlinto Calazacón, utilizaba el fuego antes y después del ritual. “Se prendían velas hasta tres horas antes del ritual para que se fueran las malas energías y se creara un ambiente de confianza entre el paciente y el curandero”, recuerda.

El historiador oral, Flavio Calazacón, de la comuna El Poste, comenta que el fuego se utiliza a diario en los rituales, pero originalmente solo se hacía en grandes rituales como el de la fiesta Kasama (nuevo amanecer). En esa celebración se reunían los poné más poderosos en el bosque, cerca del río, y prendían antorchas antes de tomar la ayahuasca.

Luego de media hora de oraciones, bailes y cánticos, un chamán soplaba al fuego trago y a través de las llamas se podían leer los mensajes que enviaban los dioses.

Según Calazacón hace unos 30 años, antes de que los ríos se contaminaran, en las imágenes que sobresalían de las llamaradas se veían a los peces muertos en las redes. “También, podíamos ver si alguien iba a romper las normas tsáchilas”.

El chamán cree que el líder Abraham Calazacón era uno de los poné que más sabía interpretar esos mensajes. Ese ritual ya no se practica.

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