4 de junio de 2017 15:50

Nuevas y viejas formas de entender la muerte en Quito

El primer cementerio de la capital fue el de El Tejar, que abrió sus puertas en 1789. Posteriormente se habilitaron  el de La Merced y el de San Diego. Foto: Archivo EL COMERCIO

El primer cementerio de la capital fue el de El Tejar, que abrió sus puertas en 1789. Posteriormente se habilitaron el de La Merced y el de San Diego. Foto: Archivo EL COMERCIO

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Evelyn Jácome. Redactora (O)

No es fácil hablar del final de la vida. Nunca lo fue. La sociedad prefiere dar la espalda e ignorar que, desde el instante mismo del primer respiro, lo único seguro que una persona lleva bajo el brazo es que le llegará la muerte.

Es ahí, en medio del tabú, de la vista gorda, de la fantasía de que los que se van para siempre son los otros y no los nuestros, donde Javier Gomezjurado Zevallos lanza un dardo y da en el centro con su libro ‘Historia de la muerte en Quito’.

Gomezjurado junta anécdotas con hechos históricos para narrar cómo ha sido ese encuentro cara a cara entre la ciudad y la muerte, con sus ritualidades, sus misterios, sus llantos e incluso con sus más perturbadores casos. Hace un paneo de los escenarios, ritmos y personajes que protagonizaron (y protagonizan) el Quito de los muertos.

En 340 páginas desenreda, minuciosamente, los tejidos sociales, culturales y artísticos que se arman en torno a la muerte. Sin quitarle el halo sagrado que la envuelve, logra aterrizar sus prácticas populares, comunales e individuales y las presenta a manera de escenas para que el lector sea ­testigo de cómo han mutado con el paso de los siglos.

Poco se ha publicado sobre la muerte en la capital. Las indagaciones han ido más bien encaminadas a la historia de algún cementerio antiguo o a alguna práctica indígena que aún se mantiene en parroquias como Calderón y que se han vuelto patrimonio intangible, como llevar alimento al difunto el 2 de noviembre. Pero Gomezjurado va más allá, y en seis capítulos pone sobre la mesa un minucioso trabajo de investigación, en el que olfatea, rastrea y revela el día a día de los ritos fúnebres, detalladamente documentados.

La muerte deja, entre los que se quedan, costumbres para contemplarla que perduran siglos. Por ejemplo cuando moría un ser querido, las mujeres puruhaes tiznaban sus caras y caminaban descalzas por los cerros y lugares a los que solía ir la persona, para buscarla y llamarla por su nombre. El llanto y el canto eran parte del rito fúnebre. Hoy, a las afueras de la morgue de Quito, aún es posible escuchar y sentir cómo las personas que pertenecen a comunidades indígenas conservan la costumbre de cantar
versos improvisados con alaridos, para dejar ir el dolor.

Mientras hoy, en pleno siglo XXI, la velación y el entierro toman como máximo 48 horas, antes de la llegada de los españoles las ceremonias fúnebres duraban más de cinco días, se paseaba al muerto por las casas de los amigos y el licor formaba parte del ritual.

Ya ebrios, los indígenas hacían apuestas y lo que ganaban se lo entregaban a la viuda. Incluso había quienes lavaban los pies y manos del difunto con chicha, que luego era consumida en el velatorio.

Hasta antes del siglo XV, los indígenas eran enterrados en sus propias casas o en cerros apartados, en tumbas circulares o en sepulcros de piedra. Se los sentaba con sus pertenencias y joyas valiosas, lo que incluía a su mujer más querida.

Otro ejemplo, ya en la sociedad mestiza, es el fervor cató­lico traído por los españoles. En la Colonia aparecieron rituales que acompañan a la muerte hasta hoy, como los santos óleos y las misas.

Los adultos pudientes eran enterrados en las iglesias envueltos en mortajas, sin ataúd. La clase popular terminaba en un terreno junto al Hospital de la Misericordia, mientras que los criminales maldecidos, suicidas o infieles católicos eran arrojados con odio a las quebradas.

Para el siglo XVIII, Quito contaba con al menos 26 lugares de sepultura. En 1787, la Corona española, ante la aparición de epidemias, mandó a crear un cementerio, ya que se sospechaba que la causa era la costumbre de enterrar en las iglesias. En 1789 se empezó a hacer entierros en El Tejar. Allá fueron a parar los restos de Eugenio Espejo y de algunos de los caídos en las ­batallas libertarias.

En 1866 se habilitó el cementerio de La Merced, para enterrar a los pobres. San Diego abrió sus puertas en 1872.

Gomezjurado también desmenuza lo que hay detrás del luto: una práctica venida de España que aún se conserva. El vestirse de negro tuvo su origen en el temor a la muerte. Fue concebido en un inicio como un intento de disfrazarse de espíritu para que el ánima del difunto no pudiera poseerlo. Las beatas se encargaban de
vigilar que la viuda llevara un velo negro y guardara luto toda la vida. Padres e hijos debían vestir de negro por 10 años. Los hermanos, por cinco. Los tíos y primos, por dos. Luego podían optar por medio luto con colores plomos, lilas y blancos. Pero estaba completamente negado tocar música, bailar o disfrutar de placeres mundanos.

A fines del siglo XIX e inicios del XX, se popularizó el retrato post mortem. Se acostumbraba fotografiar a los difuntos de tres formas: como si estu­vieran vivos (sentados y con los ojos abiertos), dormidos (en sus camas) y muertos (dentro del ataúd).

El viaje para conocer la muerte en Quito lleva al lector hasta el siglo XX, cuando se empezó a servir canelazos, galletas... y se hizo costumbre contar chismes y cachos en los velatorios. Era bien visto que los familiares protagonizaran desmayos y alaridos, a veces reales. Fue cuando aparecieron las lamentatrices: mujeres contratadas que expresaban con mayor fuerza el dolor ante la pérdida. Algunas, incluso, se arrancaban mechones mientras soltaban quejas. Era un oficio que pasaba de madres a hijas y se mantuvo hasta el segundo tercio del siglo XX.

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