3 de septiembre de 2017 00:00

La Floresta lucha por preservar su identidad

La imagen muestra la nueva fisonomía del barrio, que nació en 1917 y que se pobló de casonas de uno y dos pisos, con techos de teja y jardines propios. Hoy, los edificios de altura crecen día a día. Fotos: Patricio Terán y Archivo / EL COMERCIO

La imagen muestra la nueva fisonomía del barrio, que nació en 1917 y que se pobló de casonas de uno y dos pisos, con techos de teja y jardines propios. Hoy, los edificios de altura crecen día a día. Fotos: Patricio Terán y Archivo / EL COMERCIO

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Víctor Vizuete
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La Floresta del siglo XXI es bipolar. Es un barrio que navega entre dos aguas distintas que, sin embargo, buscan fusionarse sin causar embrollos, disidencias ni caos urbano.

La primera de las dos corrientes se define por el carácter residencial que siempre ha tenido -desde su creación en 1917- este reducto de las clases medias y que los vecinos más antiguos desean mantener a rajatabla; al precio que sea. Es un sector único, sin duda.

Una urbanización que acoge a unas 12 000 personas, las cuales se ‘acomodan’ en 1 142 predios (casas y edificios), de los cuales, 128 están inventariados como patrimonio arquitectónico y cultural de la urbe. Como en toda barriada con décadas de historia, una ingente cantidad de personas se dedica a facilitar la vida de sus congéneres para que se sientan a gusto.

Hay 112 tiendas, 30 modistas y sastres para todos los estilos y medidas, 15 peluquerías de todo corte, 10 bazares todoterreno, mecánicas a discreción… Y la icónica iglesia católica, como un remate arquitectónico donde confluyen las principales vías. En otras palabras, es un barrio consolidado, con todos los servicios necesarios para vivir sin cortapisas ni sofocos.

La fotografía muestra cómo fue  el parque central de  La Floresta.  Se observa  la pileta, que  sobrevive  pese al ­cambio del entorno.
La fotografía muestra cómo fue  el parque central de  La Floresta.  Se observa  la pileta, que  sobrevive  pese al ­cambio del entorno.

La fotografía muestra cómo fue el parque central de La Floresta. Se observa la pileta, que sobrevive pese al ­cambio del entorno.


Pero La Floresta acogió desde siempre campus universitarios y escolares y se caracterizó por ser una zona de residencia para estudiantes de provincia. Hoy, la bulliciosa irrupción de los alumnos de las cinco universidades que conviven en el sector (Escuela Politécnica Nacional, Universidad Católica, Politécnica Salesiana, La Metro y Andina Simón Bolívar) es parte de la nueva caracterización sociocultural del barrio.

Dio paso, por ejemplo, a la apertura en su entorno de varios ‘trucks’ de comida rápida, encargados de matar el hambre de los jóvenes. Parte de la nueva corriente también es la gente nueva que se acoderó en las tranquilas calles y rúas, con aceras a punto de fallecer pero llenas de arupos, molles y cholanes, de las 76 manzanas que conforman el barrio. Una invasión pacífica que llegó cargada de proyectos y prácticas de vida más liberales.

Y La Floresta dijo sí al emprendimiento comercial, a las iniciativas culturales y a las nuevas relaciones sociales. Las tribus de milenials y hipsters (esa especie de sibaritas del buen vivir contemporáneo), que descubrieron las bondades de esta barriada tranquila, cómoda y cercana a todo, ponen sin embargo los pelos de punta a los residentes más recalcitrantes, especialmente a quienes habitan en la parte más occidental, entre las avenidas 12 de Octubre, Madrid y La Coruña y calles como la Valladolid y la Toledo, escogidas por ese nuevo tsunami sociocultural para asentarse.

Los emprendimientos de autogestión son una característica actual. Al menos existen 12 talleres de diseño y artesanías.

Los emprendimientos de autogestión son una característica actual. Al menos existen 12 talleres de diseño y artesanías.


Ahora mismo, explica Mariana Andrade, directora ejecutiva del cine Ocho y Medio, existen emprendimientos culturales independientes y autogestionados que han multiplicado sus iniciativas en los últimos años. Hay cines, salas de teatro, mercado orgánico, una escuela de cine, bares culturales y literarios. Y un creciente enjambre de artistas -Susana Pautaso, Ernesto Albán, Camilo Luzuriaga y Paco Godoy son apenas cuatro ejemplos- y ejecutivos buscando un departamento en la zona, que se ajuste a sus gustos y bolsillos.

Claro, estos vecinos no son los únicos clientes de los restaurantes de más categoría, que crecen como hongos, porque la demanda es grande y variada y viene de toda la ciudad. Pero no todo es miel sobre el pastel. Según el arquitecto Fernando Flores, la construcción del Hotel Quito, de la residencia de la Embajada de EE.UU., del Hotel Oro Verde, del Complejo Deportivo y del coliseo Rumiñahui, la conexión con la avenida Oriental pero, sobre todo, la ampliación de los campus universitarios han sido, antes que contribuciones, causantes de la pérdida de la paz y la tranquilidad.

Ese es el panorama actual de este barrio quiteño que, según Flores, se convirtió en un barrio exclusivo en las décadas de los años 50 y 60 del anterior siglo, cuando se levantaron villas neoclásicas de dos pisos, techos de teja, aisladas y rodeadas de jardines. De hecho, La Floresta fue un recinto atípico desde su fundación, según Rocío Bastidas, presidenta del Comité Pro Mejoras. Hasta 1917, allí se emplazaba la hacienda Las Mercedes, que pertenecía a la familia Urrutia. Y era una zona donde crecían plantas y flores de todos los portes, olores y colores.

El afiche promocional de los 100 años de fundación del barrio. Se observa la parcelación de la finca Las Mercedes.

El afiche promocional de los 100 años de fundación del barrio. Se observa la parcelación de la finca Las Mercedes.


De allí el nombre de La Floresta, como fue bautizado. Ese año, María Augusta Urrutia optó por repartir sus terrenos entre sus trabajadores. Estos empezaron a construir en sus lotes modestas viviendas, que fueron mejorando con el paso del tiempo. Carlos Meza, un exprofesor universitario de 95 años, totalmente lúcido y consciente, recuerda que en 1935, cuando su tío adquirió un predio en la que es hoy la calle Lérida, esta no era sino un sendero junto a una chorrera que desaguaba en una quebrada que llegaba hasta Guápulo (la avenida De Los Conquistadores de hoy).

Esa estrecha relación con esa parroquia hizo que, por mucho tiempo, una parte de La Floresta fuera conocida como La pata de Guápulo. Y desde allí partían las romerías de mayo hacia el santuario franciscano, para homenajear a la Virgen. Como Meza, existe un buen número de viejecitos que nacieron, crecieron, tuvieron descendencia y, obviamente, morirán en esta ‘Vilcabamba quiteña’. Ancianos que fueron reconocidos por la barriada en una gala en la Universidad Andina, como parte de los festejos por el centenario de la fun­dación barrial.

Desde hace unos 15 años, la fisonomía florestina ha sufrido un cambio radical, con el levantamiento de grandes edificaciones, tanto para oficinas como para departamentos. Este desate inmobiliario y otros argumentos hicieron que el Cabildo emitiera una ordenanza específica para regular el crecimiento de La Floresta, explica Bastidas. Esta es la Ordenanza 135, que regula el uso del suelo en la zona, tanto en el crecimiento en altura como en ítems como la aprobación municipal de sitios de recreación, culturales y adláteres.

¿Qué le falta a La Floresta con más urgencia? Un mejor control de la delincuencia, obviamente, pues la inseguridad ha aumentado con los emprendimientos. Pero también es vital la creación de un buen centro de salud, porque el existente en la colindante La Vicentina es insuficiente para atender a las dos barriadas. Déficit que se acrecentó con el cierre del hospital dermatológico. Y más espacios verdes, porque los dos parquecitos y la plazoleta central son simulacros. Aunque hay planes sucedáneos, como el Biciparquito.

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