5 de noviembre de 2017 00:00

El día en que las flores se tomaron el Pentágono

Cuando los jóvenes Yippies intentaron subir las escalinatas del Pentágono, la Policía Militar actuó. Hubo cerca de 700 detenidos que protestaban por la guerra de Vietnam, en 1967. Foto: news.go.com

Cuando los jóvenes Yippies intentaron subir las escalinatas del Pentágono, la Policía Militar actuó. Hubo cerca de 700 detenidos que protestaban por la guerra de Vietnam, en 1967. Foto: news.go.com

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Santiago Estrella
Editor (O)

Muy probablemente, la Guerra de Vietnam fue el hecho histórico más trascendente de la segunda mitad del siglo XX estadounidense. Trazó una línea divisoria: uno fue Estados Unidos antes y otro después de esta guerra. Nunca nadie entendió del todo las razones por haber ido hacia el Asia a librar una batalla en la que no tenían nada que ver, en nombre del anticomunismo y el pánico que en Washington generaba la sola idea de la expansión de los marxismos soviético y chino.

Vietnam produjo un cisma al interior de un país cuyo orgullo militar se había trastocado en una derrota, cuando toda una generación de jóvenes hizo suyo aquel ensayo de “la deso­bediencia civil” y “la vida en los bosques”, de Henry David Thoreau.

“La Guerra de Vietnam es el único conflicto estadounidense que se recuerda tanto por la oposición que generó en casa como por sus victorias y derrotas en el campo de batalla”. Así comienza el texto de David Greenberg para el New York Times, sobre los 50 años de la llamada ‘La marcha al Pentágono’.

Unos dicen 50 000, otros que fueron 100 000 los que llegaron a Washington el 21 de octubre de 1967. Fue el día en que las flores quisieron ocupar el lugar de las bayonetas. El día en que, luego de escuchar al trío de folk rock, Peter, Paul & Mary -presumiblemente Blowin’ in the Wind y Give Peace a Chance, los himnos del pacifismo de los ‘sixties’- decidieron abandonar el Lincoln Memorial y dirigirse al Pentágono.

En ese momento, algunas partes del edificio militar se encontraban valladas. Ya se sabía que una masiva movilización, organizada por la National Mobilization Committee to End the War in Vietnam (Comité Nacional de Movilización para Terminar la Guerra en Vietnam), mejor conocido como ‘The Mobe’, se acercaba.

¿Cuál era la intención de estos Yippies (Partido Internacional de la Juventud, por sus siglas en inglés)? No era tomarlo, introducirse a la fuerza en sus instalaciones para terminar la intervención militar. La idea era lograr que el Pentágono levitara. Así como lo lee: “levitar”.

Y para eso recurrió a uno de los más extraordinarios poetas beat: Allen Ginsberg, y a otros escritores de esa generación.

“Teñiremos de rojo el (río) Potomac, quemaremos los cerezos, las embajadas de mendigos; atacaremos con pistolas de agua, canicas, envoltorios de chicle, bazucas (chicle); las niñas correrán desnudas y mearán en las paredes del Pentágono; hechiceros swamis, brujas, vudú, brujos, curanderos y los fanáticos de la velocidad arrojarán su magia a las descoloridas paredes marrones”, dijo Abbie Hofmann, uno de los principales promotores de este movimiento, cofundador de los Yippies, que se diferenciaban de los hippies por ser más intelectuales y, quizá, menos divertidos.

Aunque eso de la diversión es un decir. La marcha al Pentágono deja un legado: el histrionismo en las marchas de protesta. Los Yippies creyeron que la teatralización era algo que llamaría la atención de los medios de comunicación para así tener mayor llegada con su mensaje. También comenzaron a levantar las manos para decir a los uniformados “no disparen, estoy desarmado”, que usó, por ejemplo, Occupy Wall Street.

Si no nació en ese día el símbolo del “poder de las flores” (Flower Power), por lo menos se afianzó. Aún recorre el mundo el mayor símbolo de esta movilización: colocar flores en los fusiles de la Policía Militar apostada allí. Y eso escribió la banda de rock inglesa Led Zeppelin en ‘Dancing Days’: “Tengo mi flor, tengo mi poder”.

Aunque sí hubo cierta violencia. Algunos sectores de ‘The Mobe’ creyeron que había que ser más contundentes, más revolucionarios, incluso hacer explotar una bomba. Y cientos de los movilizados querían subir la escalinata. Y hubo enfrentamientos y detenidos, al menos unos 700.

La historia de esta singular protesta está recogida en una de las novelas de no ficción o del periodismo novelado más emblemáticas de EE.UU. ‘The Armies in the Night’ (Los ejércitos en la noche) es el testimonio de Norman Mailer, uno de los grandes escritores de ese país y uno de los detenidos.

(Un paréntesis necesario: ‘The Armies in the Night’ tiene un acierto narrativo: Norman Mailer es el autor. El protagonista es Norman Mailer. El narrador se refiere a Norman Mailer. Y ese registro sirvió para que Bob Woodward y Carl Bernstein escribieran pocos años después, en tercera persona, a Woodward y Bernestein como los investigadores de Watergate, en ‘All the Presidente Men’, y que llevó a Richard Nixon a presentar su renuncia -antes tuvo que firmar el fin de la guerra en Vietnam.)

Se proclamaba el pacifismo, pero hubo sectores que creyeron que el fin de algunas políticas estadounidenses solamente se podía lograr por el único medio que conoce el poder: la violencia. No en vano, uno puede leer en la canción Safe in My Garden (A salvo en mi jardín) de The Papas & The Mamas: “con una botella en cada mano/ es muy tarde para entender/ no nos importa dónde caigan/ nosotros solamente las arrojamos”.

Había que resistir a la guerra. El impulso del pacifismo, que fue emblemático en este tiempo, pervive hasta ahora con sus variantes. Las guerras son repudiables. Ya nadie desde entonces puede decir, como el poeta francés Guillaume Apollinaire: “Iban con alegría a la guerra” ni que “la artillería destapa sus botellas ardientes” en la Primera Guerra Mundial.

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