24 de agosto de 2014 00:34

Flor Castillo: 'Si uno pone ganas, nada es difícil'

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Ivonne Guzmán. Editora

Introducción:

Después de hablarun rato largo y sin que nada indicase que la conversación derivaría en eso, Flor Castillo me cuenta que acaba de tener una cita médica en la que le han detectado un bulto en un seno; aún no tiene detalles.

La noticia me pasma, por el hecho y por su serenidad. Cuando antes de yo tener este dato le pregunté por su mayor preocupación, me dijo que era que su hijo menor tuviera apenas 3 años y ella 40. Nada más. Es feliz y está agradecida. Flor es una mujer alegre y algo formal, que entró a trabajar en Pinto hace 20 años y ha pasado por varios puestos: planchadora, rematadora, confeccionista hasta llegar a ser instructora de corte.

Testimonio:

Siento que ahora que tengo 40 años recién estoy aprendiendo a vivir cosas en las cuales ya tenía alguna experiencia. O sea ya las viví antes, pero ahora puedo hacerlas mucho mejor, pensando.

Me casé a los 17 años; a mi marido lo conocí en Pimampiro, pero cuando estaba embarazada de mi primer hijo (Romel, de 22 años) nos vinimos acá, cerca de Otavalo, por el trabajo de él.

Tenemos tres hijos varones. El último, que tiene 3 años (Mateo), fue de chiripa. Vivimos en San Rafael de la Laguna, que queda a unos 15 minutos de la fábrica.

Todos los días a las 05:30 ya estoy en pie. Y a eso de las 07:30 o 7:45 salgo para el trabajo. A mí me encanta lo que hago. Desde niñita me gustó la costura. Hacía ropa para las muñecas. Talvez tenga que ver que mi mamá era costurera. También me gusta tejer y bordar. Creo que tengo una habilidad natural, porque nunca he estudiado costura ni  nada parecido.

Yo soy bachiller en Ciencias Sociales porque mis hermanas siempre me exigieron que acabara el colegio. Lo hice más por ellas que porque a mí me gustara; a mí me gustaba la ropa.

Recién estaba hablando con mi esposo de que quiero estudiar algo que se relacione con mi trabajo. Talvez me meta a estudiar Diseño de Modas; él me dijo que me va a apoyar.

Empecé planchando, luego pasé a rematar (a hacer los toques finales, cortar hilos de las prendas listas), de ahí a empacar las prendas de exportación. Como soy curiosa, y hasta metida se puede decir, me quedaba fuera de mis horas viéndoles a las señoras que cosían. Cogía trapitos y pedía permiso para quedarme practicando. Ahí la señorita Teresa Paredes (supervisora) me decía: “Claro, siga nomás”. Sí tuve una buena actitud, pero también fue que aquí me dieron la oportunidad.

Aprendí poquito a poquito; primera una máquina, luego otra. Me daba cuenta de que ya podía manejar la overlock y pasaba a la recta, luego a la recubridora y así… Una de esas, la señorita ‘Tere’ me dijo: “Bueno, Flor, usted va a pertenecer a un módulo”. Y empecé en el módulo de pijamas y de bividís.

Ahora soy instructora de corte, porque me fui perfeccionando como confeccionista y pasé por todos los módulos: pantalones, blusas, yo puedo hacer de todo. Si uno pone ganas nada es difícil; cuando uno quiere, aprende. Soy metida y me gusta siempre saber más y más.

A veces mis hijos me dicen que soy perfeccionista, que exagero. Trato de no serlo, pero es que nunca me gusta dejar lo que tengo que hacer hoy para mañana; no puedo. Debe ser por eso que soy estricta y bien exigente en el trabajo, porque tengo que cumplir con lo que esperan de mí.

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