2 de julio de 2017 00:00

Hay que evitar reincidir en política

Fernando Albán es lingüista, filósofo, ensayista y catedrático universitario. La lectura y la escritura se han convertido en las reincidencias que más disfruta en la vida. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Fernando Albán es lingüista, filósofo, ensayista y catedrático universitario. La lectura y la escritura se han convertido en las reincidencias que más disfruta en la vida. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O) [email protected]

La reincidencia más gozosa de Fernando Albán está en la literatura, específicamente en el autor alemán Franz Kafka. A él ha vuelto decenas de veces. El gusto que ha encontrado en la repetición de las lecturas del autor de ‘La metamorfosis’ o ‘El proceso’ lo llevó a orientar su cátedra, en la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la Universidad Católica, a un seminario dedicado a este escritor. Encerrado en un cubículo de la biblioteca de la PUCE, luego de una de sus clases, intenta dar pistas de otros tipos de reincidencias, unas que a su criterio son menos gozosas que otras.

¿En qué piensa cuando escucha la palabra reincidencia?
Pienso en el amor. La reincidencia es una de las circunstancias a la que los amantes siempre se ven abocados. Creo que, en general, el ser humano es un ser de reincidencias. Otra cosa en la que pienso es en el arte y en el juego. Toda obra da lugar a una reincidencia, a una nueva puesta en juego cuya cualidad es la repetición. En estos casos la reincidencia abre la posibilidad de lo otro, de lo distinto.

¿Reincidimos por desmemoria, masoquismo o por las dos cosas?
Ahí nos estaríamos metiendo en el ámbito de la política. En nuestro medio han existido algunos llamados a la memoria como si aferrarnos al pasado o al recuerdo nos librara, de manera automática, de que esos eventos se repitan. Ensayando una posible respuesta desde el psicoanálisis si fuéramos masoquistas significaría que encontramos satisfacción en flagelarnos, en hacernos daño a nosotros mismos.

¿Por qué cree que nos cuesta aprender de nuestros errores?
El principio del aprendizaje es el error pese a que usualmente se lo considere como un medio para evitarlo. Habría que pensar que cuando el error no es suficiente para disuadirnos de reincidir quizás es porque hay algo que no está en nuestras manos.

¿En las manos de quién entonces?
Si nos referimos a la política no creo que habría que cargar la responsabilidad a las personas. Más bien hay que pensar que hay circunstancias que se mantienen idénticas y que estas son las que propiciaron el surgimiento de determinado tipo de situaciones.

¿Nos acostumbraron a vivir en el error?
Vinculándolo a nuestra situación social, creo que se tiende a instalar la responsabilidad en la gente. Kant decía que el pueblo no se equivoca, entonces posiblemente lo que pasa es que la gente es inducida al error. En política se parte del supuesto de que el pueblo forja su destino pero la mayoría solo es un espectador, con mayor o menor nivel de participación, que no deja de asistir a una especie de espectáculo previamente montado.

A veces sirve tropezarse dos veces con la misma piedra, pero ¿qué pasa cuando tropezamos más de lo que caminamos?
Parafraseando al Quijote, si los perros ladran es porque estamos caminando. Si hay tropezones es porque se ha caminado. El problema es que en el país no se ha caminado y se nos ha pretendido inculcar la idea de que sí se han dado pasos. Lo que en realidad hemos estado haciendo es dando vueltas en nuestro propio eje.

¿Qué reincidencias son imperdonables?
La reincidencia que hay que evitar es la que está vinculada a la política porque se vuelve una farsa, un espectáculo, una tramoya. En la política local la reincidencia no deja de estar ajena a un cierto llamado a la memoria, a aferramos a figuras del pasado de manera dogmática.

¿Hay algo bueno en ser reincidente?
Sí, fuera del ámbito de la política me parece que es importante. La reincidencia es un elemento fundamental en la vida de los seres humanos y en los distintos ámbitos en los que se mueve. Vuelvo al mundo del arte porque más allá de si es bueno o no siempre está suscitando nuevos encuentros. La reincidencia también es importante si se quiere forjar una institucionalidad.

¿Qué hecho internacional en el que se reincide con frecuencia es el que más le molesta?
Un hecho en el que se reincide con mucha virulencia y que me molesta es en el repudio al extranjero. En esa obsesión por construir muros gigantescos e impedir el paso del que viene del otro lado de la frontera. Creo que esa reincidencia es la cuna en la que nace lo peor y lo más peligroso de la política internacional. Me parece que esa reincidencia lleva a lo peor de los totalitarismos.

¿Y el local?
En el ámbito local no hemos parado de reincidir. Creo que estos diez años de revolución ciudadana han sido una constante reincidencia. También, creo que hay reincidencia entre este período y el anterior. No creo que quepa hacer una línea divisoria entre lo que se ha vivido en esta década y lo que llaman la larga noche neoliberal.

¿Cuáles son sus reincidencias más comunes?
La lectura. Leer a autores como Franz Kafka y a algunos escritores ecuatorianos que me gustan muchísimo como Alfredo Gangotena y Pablo Palacio. Para mí hay lecturas, que a lo largo de la vida, se han vuelto reincidentes. El principio que se aplica en este caso es el de lo inagotable.

¿Hay un sesgo paternalista en la reincidencia?
Lo que estaría poniéndose en juego si eso fuera cierto es que hay una cierta voluntad de sometimiento o subordinación de la gente. En la política hay una lógica patriarcal en la que lo que se exige es la fidelidad y la sumisión. En nuestro caso la reincidencia ha sido permanente.

¿Pensamos poco y actuamos más de lo necesario?
Una de las cosas que nos limita la posibilidad de pensar es la condición de necesidad a la que determinado tipo de política nos remite siempre. Vivimos abrumados por la necesidad y frente a eso el pensamiento tiene poco espacio. Estamos abocados a un accionar ciego. La condición para que eso se mantenga así es que los distintos gobernantes reproduzcan esas condiciones de necesidad absoluta de las personas y así las limiten.

¿En ese contexto tendríamos que ser más contemplativos?

No. Lo que habría que hacer es no actuar de forma desesperada con el afán de responder a una necesidad. Habría que buscar un accionar donde nos asumamos como seres no reincidentes en política, que nos pensemos en seres con la capacidad de crear cosas nuevas.

¿En qué momento perdimos el sentido de culpa?

En el momento en el que se terminaron las opciones y en el que la gente tomó una actitud resignada. Uno de los dramas de la política en el Ecuador y que señala su descomposición es esta pérdida de culpa y eso está vinculado al hecho de pensar que no hay otra opción. En la sociedad hay una especie de abatimiento.

¿Qué pasa con una sociedad que no se ruboriza por nada?
En términos filosóficos una sociedad que ha perdido la vergüenza es una sociedad en donde se ha perdido al otro. Porque solo ante la mirada del otro se puede sentir vergüenza. En la política no hay una alteridad real.

¿Qué reincidencias deberíamos enmendar como sociedad?
Tenemos que tratar de no reproducir una política que se base en la sospecha y por lo tanto que esté siempre creando dispositivos de vigilancia y de control. Tenemos que buscar un escenario social que parta de la confianza.

¿Qué se le ocurre que puede ayudarnos a dejar de ser reincidentes?
Olvidar. Eso quiere decir no fincar la premisa de nuestro funcionamiento como sociedad en la memoria, en la venganza, en el resentimiento, o en ciertas figuras que nos anclan al pasado. Es preciso olvidar para inventar.

Fernando Albán  

Estudió literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, filosofía en la Universidad Lyon 3 y lingüística en la Universidad París 10, de Francia. Es autor del libro de ensayos ‘Pasos de frontera’ y del poemario ‘Iris negro’. Actualmente es catedrático en Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE. Da clases de literatura, filosofía y estética.

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