11 de marzo de 2017 00:00

La comunidad indígena de Ñamarín recibe en sus casas a los visitantes

La familia estadounidense que vistió Ñamarín conversó con los  Cartuche sobre sus costumbres y prendas de vestir típicas.

La familia estadounidense que vistió Ñamarín conversó con los Cartuche sobre sus costumbres y prendas de vestir típicas. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO 

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Lineida Castillo
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

La comunidad indígena de Ñamarín es una vitrina para conocer las tradiciones de los saraguros. Allí, 18 familias impulsan -desde hace 12 años- el turismo comunitario y tienen buenos resultados.

Ñamarín es una las cinco comunidades del cantón lojano de Saraguro y está ubicada a tres minutos del centro de la ciudad. Es un valle visitado por turistas nacionales y extranjeros. Tiene huertos reverdecientes con sembríos de maíz, hortalizas y cereales, principalmente.

Las familias comparten sus viviendas con los visitantes para que conozcan a fondo su forma de vida, costumbres, cultura y conocimientos ancestrales. El sábado 4 de marzo de 2017, dos familias estadounidenses compartieron con la familia Nastacuaz-Cartuche.

Los seis extranjeros llegaron por coordinación de la operadora turística Saraurku y se quedaron un día. Fueron re­cibidos con un almuerzo típico: sopa de quinua, mote, ensalada de verduras, yuca y jugo de frutas. No hubo cuy porque los visitantes son vegeta­rianos, comentó la indígena Delfina Cartuche.

En la tarde del sábado, los estadounidenses caminaron por la comunidad y compartieron con la gente de la zona. Aprendieron sobre los cultivos, crianza de cuyes y gallinas y actividades artesanales.

De ese recorrido, las familias Nagler-Mordhaorst y Aumack-McCormick quedaron fascinadas, porque tuvieron la suerte de ver nacer a una cría de alpaca. “Nunca hemos estado tan cerca de estos animales. Fue un privilegio y una alegría”, señaló Lupine Aumack, de 10 años.

Lupine y su hermana Cassidy, de 8 años, estaban contentas corriendo entre las huertas y recogiendo flores. “En nuestro país hemos comido la quinua, pero no conocíamos la planta”, señaló la madre, Amy McCormick, mientras tocaba esta planta en la huerta de la ­familia Cartuche.

A los visitantes también les llamó la atención que las familias cultivaran la tierra de forma amigable con el ambiente, usando abonos orgánicos. En este poblado siembran brócoli, arvejas, lechugas, zanahoria, papas, tomate, hierbas aromáticas, entre otros. Esos productos son utilizados en cada una de las comidas para los visitantes.

Más tarde los turistas visitaron los talleres artesanales de elaboración de textiles y tejidos de collares en mullos y el museo de piezas arqueológicas de la familia Cartuche-Macas. “Para nosotros el turismo es un instrumento socioeconómico e intercultural”, señaló Delfina Cartuche.

La comunidad está preparada para ofrecer los servicios completos. Para el hospedaje, las familias han acoplado una habitación en sus casas. Como servicios adicionales hay talleres artesanales, grupos de danza folclórica y música andina, guías turísticos, museo, cabalgatas… que están disponibles por otros valores.

La operadora turística cobra USD 33 por persona y por día, por el servicio de la convivencia con la familia, incluida la alimentación. De esa cantidad, el 70% recibe la familia acogiente y el resto se divide entre la operadora y la comunidad. La última reinvierte los recursos en obras y trabajos de mantenimiento.

Lauro Guaillas, gerente de Saraurku, recomienda por lo menos dos días para conocer lo básico de la riqueza de esta comunidad, incluida la visita al Baño del Inca, un sitio arqueológico compuesto por una cueva y una cascada que se cree fue un espacio ceremonial ­para los incas.

Según Guaillas, la práctica de esta actividad brinda la esperanza de una mejor calidad de vida de las familias y comunidades y revalorizar la cultura. “En la convivencia no hay una folclorización de las actividades. Con sus prácticas habituales diarias, las familias se acercan a lo más auténtico”.

Para Juana Cartuche, guía nativa de Ñamarín, el éxito de esta experiencia es que las familias integran a los visitantes en sus actividades, como la preparación de los alimentos en cocina de leña, elaboración de tejidos, el cultivo de la tierra y el ordeño de las vacas.

Las familias se turnan para recibir a los visitantes, pero también pueden escoger la permanencia en una de las casas. “Lo importante es que lleguen a Ñamarín, porque el beneficio es para todos”, dijo Juana Cartuche. Los indígenas han recibido capacitación en la preparación de alimentos y atención al cliente.

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