17 de diciembre de 2017 00:00

La expectativa incumplida agudiza el ‘mal del siglo’

El fin de año y los cumpleaños nos enfrentan al paso del tiempo. Si la expectativa -propia  o ajena- no se cumple, el resultado es la depresión. Foto: Ingimage

El fin de año y los cumpleaños nos enfrentan al paso del tiempo. Si la expectativa -propia o ajena- no se cumple, el resultado es la depresión. Foto: Ingimage

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Nancy Verdezoto.  Editora (O)
nverdezoto@elcomercio.com

El tiempo siempre ha sido una obsesión para el ser humano. Los filósofos más importantes de la historia emprendieron cruzadas para tratar de entenderlo y definirlo.

Uno de ellos, Martin Heidegger, hizo una de las descripciones más ‘realistas’ y ‘crudas’. Para él, la vida (el tiempo que estamos en la Tierra) es una carrera anticipada hacia la muerte. Precisamente, es esa carrera la que despierta un sinnúmero de angustias y miedos, que desembocan en el llamado ‘mal del siglo XXI’: la depresión, profundizada cuando nos enfrentamos al implacable paso del tiempo.

Cuando nos acercamos a un fin de año, muchos sentimos que tenemos muchas cosas pendientes por cumplir y ese sentimiento desemboca en una sensación de ansiedad, porque se nos acabó el plazo que nosotros mismos -u otros- nos hemos impuesto. En algunos casos, estos pensamientos podrán contrarrestarse con una buena dosis de autoayuda, pero en otros, se convertirán en la peor pesadilla que nos podamos imaginar. Nos sentiremos mediocres y frustrados, por haber dejado temas inconclusos.

El fin de año y la Navidad también pueden desencadenar el llamado ‘Desorden Afectivo Estacional’ (SAD por sus siglas en inglés). Según las descripciones de los expertos, es un tipo de depresión que se relaciona con los cambios de temporadas, por lo general ligada a las estaciones del año.

Los meses más fríos, como octubre, noviembre y diciembre, despiertan emociones negativas. Este Desorden tiene una explicación científica: la falta de sol, que produce serotonina, que a su vez provoca las endorfinas, hormonas encargadas de la felicidad. Se estima que cerca del 5% de las personas en Estados Unidos padecen de SAD.

Si a estos factores externos se suman los emocionales, el último mes es el más delicado para la salud mental de las personas. De hecho, diciembre se considera el más depresivo en el hemisferio norte.

Según un estudio realizado por el Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos, en la época navideña se experimenta una mayor incidencia de depresión en las personas. Esta investigación se basó en los reportes elaborados por los hospitales y la Policía sobre suicidios e intentos de suicidio.

Asimismo, una encuesta realizada en Norteamérica determinó que en las festividades decembrinas, el 45% de las personas se sentía deprimida, por lo que aumentaban las consultas en la especialidad de psiquiatría.

Una de las razones de este bajón anímico está en el ambiente navideño. Esta festividad se la asocia con la perfección: paz, amor y unidad. Nos imaginamos una cena con decenas de familiares, muchos regalos bajo el árbol, reconocimientos en las empresas y reuniones entre amigos... Quienes no tienen una o todas estas cosas, piensan que su vida no es suficiente y adoptan una mentalidad de ‘víctimas’, al compararse con los demás.

Para ellos, no tener lo que anhelan o no haber cumplido con las expectativas que se habían puesto para el año que concluye, puede agobiarlos y causar una profunda depresión.

Un estudio realizado en 1988, por la Universidad de Scranton, revisó el comportamiento psicológico de las resoluciones de Año Nuevo, para determinar cuánto tiempo la gente los cumplía. Los investigadores encontraron que el 77% de los participantes cumplía con sus resoluciones sola una semana luego de iniciado el nuevo año, y apenas el 19% las mantenía por dos años luego de habérselas propuesto.

Las más comunes son bajar de peso, viajar, encontrar un nuevo trabajo y pareja. Muchas de estas expectativas que nos planteamos tal vez no dependa de nosotros enteramente, pero si no las logramos satisfacer, se nos cae el cielo.

A pesar de que la Navidad y el Fin de Año son consideradas fechas alegres, la realidad puede ser otra: el estrés se intensifica porque hay que comprar regalos en centros comerciales abarrotados, buscar el lugar en donde pasarán las fiestas, asumir los costos de las celebraciones y recorrer la ciudad tratando de cumplir con todos los compromisos previos a las festividades, según la organización Psychology Today.

Sin embargo, a pesar de que los sentimientos negativos afloran en esta época, la cifra de suicidios se reducen. Según datos del Centro Nacional de Estadísticas Sanitarias de EE.UU., los suicidios en ese país (más de 40 000 al año) caen en la época navideña, pero se incrementan en enero, cuando llegan las deudas y las familias se separan de nuevo.

Lo contrario sucede en otros países como Australia, cuando los números de suicidios aumentan en la víspera de Navidad y de Año Nuevo, de acuerdo con informes recogidos entre 1990 y 2009.

Las crisis emocionales de las fiestas de diciembre son similares a las que se viven en los cumpleaños. Porque un año de vida que se termina es una etapa que se cierra y nos obliga a hacer evaluaciones y revisiones de lo que hemos hasta entonces. Ahí aparece la llamada crisis de la mediana edad, que implica un cambio radical en todo lo que no les guste.

Si se considera que en el mundo más de 300 millones de personas sufren de depresión, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la incidencia social que tiene este tema cobra relevancia. La misma entidad ha estimado que esta enfermedad es la mayor causante de discapacidad en todos los países.

Una persona con este desorden mental es incapaz de trabajar normalmente, porque tendrá crisis paulatinas, que la obligarán a recluirse en su casa para tratar de superarla. Aunque se ha estudiado y tratado mucho la depresión, todavía existe un estigma social y se prefiere no hablar del tema.

El famoso cómico estadounidense Kevin Breel confesó en una Ted Talk que él padecía depresión y que el humor era su forma de esconder sus verdaderos sentimientos. “Hace dos años yo era un suicida, pero hace cuatro era el capitán del equipo de básquetbol de la universidad, estuve en el cuadro de honor, era popular. Pero tenía miedo de que la gente supiera que era depresivo porque temía que me vieran distinto, que supieran que debajo de mi sonrisa y de mi personalidad había tristeza”, relató Breel en su conferencia.

Según los estudios científicos, las personas que sufren de depresión atraviesan por una modificación en la estructura de su cerebro y sus reacciones químicas son distintas a las de quienes no la padecen. Para ellos, la producción de las llamadas hormonas de la felicidad y del amor tienden a desaparecer paulatinamente y los momentos de euforia son esporádicos y se terminan rápidamente.

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