9 de abril de 2017 00:00

Eugenio Espejo, 'Una luz en las tinieblas' 

Espejo fue declarado ‘apto para curar enfermos’ en 1772. Óleo de C. Villacrés, de 1926. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Espejo fue declarado ‘apto para curar enfermos’ en 1772. Óleo de C. Villacrés, de 1926. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Amílcar Tapia Tamayo*

Reinando España Carlos III, el 15 de abril de 1785 emitió una Orden para que en las colonias americanas se estudiara detenidamente la propuesta de Francisco Gil, médico del Real Monasterio de San Lorenzo y miembro de la Real Academia de Medicina de Madrid, acerca de un método seguro para preservar a los pueblos de las viruelas, disposición que fue publicada en 1784.

El Presidente de la Audiencia, una vez que recibió esta disposición, la dirigió al Cabildo de Quito para su cumplimiento. Para su ejecución, la corporación convocó el 1 de octubre de 1785 a los médicos de la ciudad para tratar sobre la grave epidemia de sarampión que afectaba a la ciudad, enfermedad que se había propagado en la urbe “...desde los fuertes aguaceros e invierno despiadado que se apoderó de la ciudad entre los meses de abril y mayo deste año y complicado con el tiempo de vientos fuertes, soles insoportables y temporal impensado a partir de julio hasta la presente…” (Informe del alguacil Luis de Sánchez al Cabildo de Quito, septiembre de 1785. Archivo Histórico del Municipio
de Quito, f. 176)

El 7 del mismo mes, el Cabildo solicitó a los galenos que expusieran sus comentarios por escrito con el fin de tomar correctivos en la materia.

Para la fecha, Eugenio de Santa Cruz y Espejo ya ejercía la profesión de médico. Hubo de sufrir humillantes situaciones por su condición de mestizo, lo cual le impedía el acceso a la Universidad, por lo que debió luchar con denuedo para lograr sus fines. Para ello presentó su expedientillo de nobleza, con escudo y todo, basado en los apellidos de su progenitora, hija natural de un noble navarro.

Los de su padre no le servían en absoluto, en razón de su procedencia aborigen. Con paciencia, perseverancia y un denodado empeño logró sus fines: obtuvo los títulos de médico, abogado y doctor en Derecho Canónico. Cubrió con soltura todas las carreras universitarias que había en el Quito del siglo XVIII, logrando además un gran dominio del latín, francés, griego, inglés y quichua, amén de su propio idioma, el castellano. Se convirtió en uno de los personajes más destacados de su tiempo, lo cual vino acompañado, desde luego, de una gran dosis de envidia, malquerencia y desprecio de los chapetones.

Sus estudios de Medicina fueron obstaculizados de manera permanente por los médicos del Hospital de la Caridad de Quito, quienes, incluso, saliéndose de la norma común de la época, exigieron que Espejo rindiera prueba de sus conocimientos de anatomía y otras materias médicas en latín, requisito que fue cumplido con solvencia; sin embargo, le impusieron dos años de práctica hospitalaria, que luego fue reducido a uno, hasta lograr que a fines de noviembre de 1772 se lo declarara apto para­ “curar enfermos”. Tenía para entonces 25 años.

Ya en el ejercicio libre de su profesión, nuestro personaje fue objeto de absurdas vejaciones, tales como la propiciada por María de Villagómez, esposa de un oidor de Lima, que estaba de paso a la capital virreinal. Sintiéndose enferma, no aceptó ser curada por Espejo, según la afirmación de Juana de Monteagudo, su anfitriona, quien se quejó ante el Cabildo por la falta de médicos en Quito, señalando que “...ante la ausencia de graduados y no habiendo en la ciudad otro médico que no sea el indio Espejo, cuyas fórmulas causan desconfianza entre los nobles, debido a que está preparado para curar a gentes de su clase miserable, pero no para poner sus toscas manos en gente noble y distinguida…”( Juan Francisco Flores, Quito colonial, s/e, s/a, p. 45, BAEP). Este y otros testimonios demuestran la grave situación que Espejo debió vivir y afrontar.

A pesar de las afrentas, el Cabildo de Quito lo invitó para que presentara sus opiniones sobre tan delicado tema. Es así que el 11 de noviembre remitió a la Corporación un memorial titulado ‘Reflexiones sobre la utilidad, importancia y conveniencias que propone Dn. Francisco Gil, Cirujano del Real Monasterio de San Lorenzo y su sitio, é individuo de la real Academia Médica de Madrid en su disertación Físico-Médica, acerca de un método seguro para preservar á los Pueblos de Viruelas’. En sesión del 13 de diciembre, los miembros del Cabildo agradecieron a Espejo por su aporte; sin embargo, fue rechazado de inmediato por los religiosos betlemitas del Hospital de la Caridad, así como por los médicos Bernardo Delgado y Miguel Morán, aduciendo que sus conclusiones eran “satíricas e injuriosas”.

En cuanto Espejo fue informado del particular, sobre todo acerca de la necesidad de corregir su propuesta, decidió solicitar el criterio de varias personalidades de la ciudad, quienes en su mayoría aplaudieron y reconocieron su aporte. Uno de los más entusiastas fue fray Joseph de los Ríos, fraile mercedario, el cual, al término de leer las ‘Reflexiones’, remite su opinión a fray Matías Burgos: “… informo a S.P.R. que dando cumplimiento al mandato de Vm. he leído con sumo interés el manuscrito de D. Eugenio X. S y Espejo sobre sus reflexiones respecto al gravísimo mal de las viruelas que afectan a nuestra ciudad y a todo el contorno llevando dolor y muerte… no encuentro en él ninguna ofensa a nuestra moral cristiana y menos que se diga hay injuria alguna contra los Vbls. Fr. Betl y menos los med. que se toman la puja, al contrario, veo abundantes luces y cualidades que permiten tomar en cuenta sus apreciaciones que son benignas y sabias, por lo que suplico a S.P.R. si fuere menester dar por acogida y favorecida tan brillante exposición, ya que sus observaciones son una luz en las tinieblas…” (Archivo del Convento de La Merced de Quito, Libro del Convento Máximo, Tomo III, 1780-1794, fol. 65).

Más tarde, el 18 de noviembre de 1785, Juan Pío Montúfar remite una copia de las ‘Reflexiones’ a su primo N. Montoya en Madrid, con el encargo de entregarla Ministro del Consejo de Estado y Despacho Universal de las Indias, Don Joseph de Gálvez, marqués de Sonora, a quien iba dedicada. Se conoce que el Ministro “oyó leer con gusto” el trabajo de Espejo, “celebrando repetidamente su talento y vasta erudición”, entregado posteriormente el manuscrito al Dr. Francisco Gil, que después de su lectura, decidió publicarlo parcialmente en la segunda edición de su libro ‘Disertación Físico-Médica’, que salió a la luz en 1786.

(Eduardo Estrella, en ‘Apuntes para una discusión sobre el pensamiento médico de Eugenio Espejo’, Quito, Nueva Editorial, 1993, p 25)

La lectura de su trabajo resulta admirable si comparamos el retraso al que estaba sujeta la medicina del siglo XVIII. Sus observaciones son profundas, metódicas y llenas de pragmatismo.
La historia de la medicina en el Ecuador se halla en deuda con este gran maestro, erudito en las artes de la lucha por el servicio a sus semejantes.

*Doctor en Historia. Especialista en temas nacionales. Autor de varios libros sobre historia ecuatoriana.

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