4 de marzo de 2018 00:00

El prejuicio, una mala influencia

Belén Santillán, en una de las terrazas del Centro de Arte Contemporáneo ubicado en el barrio San Juan, en el Centro de Quito.  Coordina la institución desde el 2017. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Belén Santillán, en una de las terrazas del Centro de Arte Contemporáneo ubicado en el barrio San Juan, en el Centro de Quito. Coordina la institución desde el 2017. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O) gflores@elcomercio.com

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Belén Santillán está en la antípodas de los influencers, esas personas con gran visibilidad y protagonismo que se han convertido en la novedad de las redes sociales. La coordinadora del Centro de Arte Contemporáneo (CAC) no tiene cuenta de Twitter, Snapchat o LinkedIn. La única que abrió, hace unos meses, es una de Facebook, a la que accede con muy poca frecuencia.

Desde ese otro extremo, Santillán, una persona con un fuerte influjo en el mundo de la gestión cultural de la ciudad durante los últimos años, reflexiona sobre las posibilidades de influencia más allá del mundo del Internet.

¿Quién es la persona que más ha influenciado en su vida?

No puedo hablar de alguien específico. Pienso que son comunidades de personas. Tal vez una de las comunidades más presentes en mi vida es la de los compañeros con los que estudié artes. Con ellos he mantenido un diálogo permanente a lo largo del tiempo. Hemos compartido reflexiones y un campo de trabajo que, de alguna manera, se vuelve tu vida. También pienso en los estudiantes que he tenido, aunque no pueda nombrar a uno en específico, porque no sería justo, creo que su presencia ha sido importante.

¿Cree que es inevitable influenciar, de alguna manera, en la vida de los demás?

Creo que lo deseable en la vida es que, de alguna forma, toquemos la vida de los otros. Que de alguna manera algo de lo que hacemos o decimos empate con lo que hacen, o les genere preguntas. Así como la presencia de los demás cambia mi presente, lo deseable sería que uno pueda contribuir, de alguna manera, en la vida de quienes le rodean.

¿Cuándo la influencia pasa a ser una forma sutil de ejercer control?

Cuando tiene un carácter prescriptivo. Hay varias formas de influir y de ejercer control. Personalmente no creo mucho en el liderazgo de opinión.

Se habla mucho de los hombres influyentes, ¿por qué no sucede lo mismo con las mujeres?

Creo que hay mujeres muy influyentes en distintos campos. En la cultura local, por ejemplo, hay personas que han dejado un legado importante. Pienso en Ana María Armijos, sobre todo, en relación con el trabajo en los museos, o en la labor que hace la Escuela Mujeres de Frente. Son influencias que la historia pondrá en su lugar, dependiendo quién escriba esa historia. Creo que el trabajo y el hacer continuo es lo que va dejando un rastro que uno pueda considerar como influyente o como generador de cosas e ideas.

En las redes sociales están de moda los influencers, ¿cree que es necesario ser popular para ser influyente?


Depende de para qué. Pienso que si uno le apuesta a las mercancías tiene que ser, necesariamente, popular para ser influyente. Tiene que interactuar con naturalidad con las cosas y debe ser creíble interactuando con mercancías.

¿Y si le apuesta a la ­cultura?

La cultura como la pienso no es una mercancía sino un derecho. En ese sentido, la influencia cambia de tono, desde un carácter prescriptivo a pensar cómo tocamos la vida de los otros, cómo creamos espacios, cómo dejamos un legado por los lugares por los que pasamos. Como te decía al inicio, tiene que ver con esta idea de crear comunidades que cambien la vida de las personas de distintas maneras. En ese sentido, lo importante no es ser popular sino lograr que lo que uno haga tenga una capacidad de transformación en otros.

Hace unas semanas, el New York Times publicó un reportaje sobre cómo los influencers compran ‘likes’ para tener más seguidores.

¿Ya no se necesita tener credibilidad para ser influyente en la sociedad?

Según esto parecería que no. Bastaría tener una suficiente cantidad de personas reales o imaginarias que te sigan, pero como prefiero pensar las cosas, para tener credibilidad uno debería tener un conjunto de pequeños hitos en su historia personal, en relación con la comunidad a la que se debe, que respaldan el camino que uno tiene. Pienso, por ejemplo, en el proyecto de la Andotecas, que son una apuesta que pretende influir en un microespacio público, en un vecindario para transformar, de alguna manera, la vida de otros.

¿Puede imaginar una forma de medir la influencia más allá de las redes ­sociales?

No veo la necesidad de hacerlo. Creo que es más interesante fijarse en las ideas que les debemos a otras personas. La tecnología ofrece muchas formas de medir la influencia, de cuánto la gente sigue a unos u a otros, pero tal vez estas herramientas nos dan una cierta ilusión de control. Creo que muchas de las cosas que decimos son posibles porque alguien más las dijo antes.

¿Por qué la opinión de los ‘expertos’ es tan influyente en nuestras vidas?

Creo que le hemos dado mucha importancia a la idea de que existe un discurso donde entran todos los discursos, a esa voz autorizada que nos dice cómo son las cosas, y cómo dar sentido a esta realidad que es supercompleja.

Tal vez es más importante saber que no sabemos todo, que no hay tal cosa como una opinión correcta, que lo que pensamos y opinamos está en relación con nuestras experiencias y a la capacidad que tengamos de expresarlas.

La expresión verbal es muy importante, pero quizás no todos tenemos esa habilidad. Creo que por eso toman fuerza estas voces autorizadas. Yo le apuesto más al diálogo que al seguimiento de lo que dice una voz autorizada.

Hay un dicho popular que dice ‘el que tiene padrino se bautiza’ y que creo que tiene relación con el manejo de las influencias.

Ese dicho dice mucho del funcionamiento de nuestra sociedad. De cómo una cadena de influencias puede propiciar el ascenso social o el ascenso laboral. Es duro aceptar que, muchas veces, si uno no tiene una pertenencia social o un mundo de referencias no va a poder hacer o ser lo que se propuso. En cultura es complejo hacer carrera, porque es una apuesta inversa al del que tiene padrino se bautiza.

¿Hay que dejarse influenciar más por el arte?


Habría que hacerle más preguntas al arte. A veces he pensado al arte como un objeto de conocimiento, otras como una presencia constante en mi vida. No soy artista pero estudié arte y creo que las preguntas que le hagamos al arte son las que, de alguna manera, cambiarán nuestro presente y nos ayudarán a conciliar situaciones del pasado.

¿Sobre qué le gustaría tener influencia?

Me gustaría influir sobre la lectura, para que la gente lea más. La lectura nos abre puertas. Es otra posibilidad de estar en el mundo. También me gustaría influir más en que la gente entienda a los museos como espacios públicos que dependen de su presencia para permanecer en el tiempo. Que la gente comprenda que los museos son espacios que están a su servicio.

¿Hay influencias que ­deberíamos desechar como sociedad?

Seguramente sí, pero quién soy para decirlo (risas). El otro día, al subir por la calle Antonio Ante (Centro Histórico), vi un cartel sobre los 20 años de la despenalización de la homosexualidad y pensé en el odio gratuito que se tiende a expandir en las redes sociales hacia gente que vive su vida como cree que debe vivirla. Creo que eso deberíamos desechar. En el CAC hemos entablado una relación muy significativa con la comunidad trans.

Por las experiencias de ese diálogo, puedo decir que si hay algo de lo que no deberíamos dejarnos influir es por las palabras de odio que hay detrás de los prejuicios.

El odio es una mala influencia, porque nos impide tener esa capacidad de empatía con los demás. No hay que esperar al líder de opinión que nos diga algo sobre el tema. Lo que ayudaría es convivir con las personas y las situaciones, solo así se puede tener una mejor idea de las cosas.

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