2 de May de 2010 00:00

‘Popeye’, el guardián de las estrellas

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Ana María Carvajal R.

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No importa si asisten 8 000 ó 30 000 fans a un mismo lugar. Para ‘Popeye’, el ‘duro’ de la seguridad en los conciertos, la responsabilidad de cuidar al público y a los artistas es la misma. Siempre. Verlo en acción impresiona. Tiene una aguda percepción sensorial. De sus controles no se escapa nadie. Ni los amigos que lo llaman porque saben que tiene ‘all access’ (paso libre hasta a camerinos) en muchos de los más grandes shows del país.

fakeFCKRemoveCuando trabaja no sonríe. Su mirada está en constante búsqueda. Si ve a su gente despistada o mal ubicada, la llama por radio para poner orden. 10 hombres, cabezas de grupo, son sus ejes. Cada uno dirige a otros 49 para garantizar la seguridad en los shows. “Popeye somos todos. Yo sin ustedes no soy nadie, y ustedes sin mí tampoco”, les dice.

Por exigencias tributarias utilizó su apodo para crear la razón social del grupo hace tres años. Pero asegura que no es una empresa sino un gran equipo de 500 personas que está en sitios estratégicos de estadios y coliseos.

Su tenso oficio no es improvisado. Él diseña planos estratégicos. Esta disciplina nació de su formación como ingeniero mecánico. Trabajó durante 12 años en el mantenimiento de aeronaves del Ejército. Allí afloró una de sus pasiones: crear artefactos con sus grandes y fuertes manos.

En muchos shows ha trabajado con Team Producciones. Diego Jara, del departamento de comunicación, dice que ‘Popeye’ se ha ganado la confianza de la compañía. “En la oficina todo él es sonrisas, buena onda. Pero cuando él está en el trabajo no le sacas una. Siempre está serio y eso transmite al artista, a su equipo y a nosotros”. ‘Popeye’ ha comandado la seguridad personal de artistas como Wisin & Yandel, Rubén Blades, Korn, Carlos Vives, Víctor Manuelle, Guns N’ Roses, Shakira, Ricky Martin... y esta semana cuidará a los miembros de Aventura, los grandes de la bachata, flamantes ganadores de los Billboard Latinos.

Sin embargo, no conserva más que una foto de recuerdo de su trabajo con las estrellas. Un día, en el aeropuerto, Dady Yankee accedió a posar con alguien, pero solo si era con su amigo ‘Popeye’. Muchos lo envidian y si estuvieran en su lugar, la foto sería el primer pedido. Para él, esta no es la actitud correcta.

“En un tiempo, era un bailarín ahí donde me ves. Gané un concurso de música disco. Antes de trabajar en esto decía: bailar como Chayanne, conocerle... Pero el día en que me paré al lado de él no lo regresé ni a ver”. Esto no es un tema de vanidad. ‘Popeye’ dice con firmeza que asumió su trabajo muy en serio desde el primer día. “Estoy para proteger al artista, no para molestarlo”.

Además tiene claro que “un guardaespaldas dice: soy capaz de dar mi vida por esta persona. Yo me valoro mucho y entiendo que por algo estoy aquí. Si protejo a alguien es porque creo que vale tanto o más que yo”.

Ese es el profesionalismo con el cual hace 10 años lo conoció Christian del Alcázar, de Top Shows. El promotor de espectáculos sabe que el trabajo de seguridad es delicado. El artista requiere protección, pero no que el guardaespaldas lo asfixie.

“Se debe tener mucho tino al abrir paso. No es lo mismo proteger a un personaje que a un artista, porque su llegada causa revuelo. Ellos se fijan mucho si empujan o perjudican a los fans”, dice. “Popeye’ empezó con nosotros y poco a poco fue aprendiendo. Hace un gran trabajo, tanto al acompañar al artista como en la seguridad en un escenario”.

Aunque hace tiempo que no trabaja para Top Shows, Del Alcázar valora su profesionalismo. Fue en un concierto de Alejandro Sanz, traído por su firma, cuando el guardaespaldas empezó a ser conocido con el nombre del famoso marino animado.

“Alguien se subió a una torre. Yo le pedí que se bajara y no quiso. Se portó grosero. Yo tenía una botellita de Tampico en la mano. Iba a botarla, pero vi que estaba llena así que me la tomé, la tiré, me subí a la torre y lo bajé. Un amigo dijo que comí espinacas y me volví ‘Popeye’. Eso se regó tanto que cuando me di cuenta ya no era Marco Beltrán”.

Antes, ya le habían intentado ‘cambiar’ el nombre por ‘Superbebé’, ‘Bam Bam’, ‘Chiquito’, ‘Piecito’.... Sin embargo, con ninguno se sintió cómodo. “Me identifico con ‘Popeye’ porque es alguien que ayuda. No le gusta el abuso, solo proteger, y eso hago. Es el nombre preciso, creo yo”.

Por eso, cuando alguien solicita sus datos, él pide que lo registren como ‘Popeye’. “Si ponen mi nombre no van a acordarse quién era. Y si en la calle me gritan ¡Marco!, no regreso a ver, pero si gritan ‘Popeye’, sé que es a mí”.

Él es alto y corpulento. Mide 1,90. En su mano derecha luce dos anillos de oro, de piedras rojas, y en la izquierda un aro matrimonial. Es el varón intermedio de tres hermanos. Nuri Beltrán, la mayor, lo describe como alguien tierno y sensible. “Suena contradictorio porque se ve rudo, despiadado quizá, pero es de los hombres que lloran. Es una magnífica persona. A veces confiado, porque no tiene malicia”.

En su adolescencia, Marco era celoso con sus hermanas. Nuri dice que de tanto pedir permiso, sus padres le dejaron a ella y a su hermana, Loly, ir a una fiesta, pero con Marco' “Nos llevó a una del un lado y a otra del otro. Era grandote y nadie se atrevía a sacarnos a bailar. Le dijimos: ¡queremos bailar!. Y nos dijo: ¿ah, sí? Vengan. Parecía un robot bailando con nosotras y luego dijo vámonos. Ahí acabó la fiesta”.

Ese día no fue divertido, pero Nuri ríe al evocarlo. Para ella, no hay nada como un abrazo de Marco. “Si estoy triste y él toma mis manos entre sus manos grandes me siento mejor. Un ‘te quiero’ suyo es mucho para mí”.

Marco suspira al mencionar a su madre, “el regalo más preciado de Dios”, dice. También al hablar de sus hermanas o sus hijos. Esa emoción y las sonrisas que se escapan sin medida cuando no está trabajando son por el corazón que heredó de su madre, Susana Clavijo, quien lo ve como un gigante con alma de niño.

Una cadena colgada en el cuello de ‘Popeye’ sostiene un crucifijo plateado sobre su pecho. Así muestra que Dios es su guía desde que un día decidió verlo.Nació en una familia católica, pero dice que su religión fue una condición y no una convicción. Ahora siente que su vida tomó otro rumbo. “Nunca fui malo, pero no actuaba bien... Por el conocimiento y la fuerza que tenía y por lo violento que era pude matar a alguien a golpes. Yo me cegaba. Veía solo un bulto. Pero en medio de esa locura, creo que Dios siempre estuvo ahí, porque nadie más me podía controlar”.

Hubo un tiempo en que tenía permiso para portar armas. Reconoce sin titubear que en medio de su furia podía haber disparado a alguien. Pero está convencido de que Dios no le dejó.

‘Popeye’ recuerda que desde niño soñaba con ser guardaespaldas. “Mi naturaleza fue proteger”, dice. Tuvo maestros de artes marciales que le enseñaron taekwondo, full contact, kick boxing y otras disciplinas.

“Cuando aprendí, quería ser el vengador. Era un buscapleitos. Me metía y decía: ¡oye, por qué te abusas del chiquito!, ¿le vas a maltratar porque es morenito? Le cogí gusto a pegar, al punto de que cada día debía castigar a alguien. Me sentía un justiciero”.

En medio de la anécdota, ‘Popeye’ suma un elemento a la historia. “Mi papá -de quien heredó el nombre- era muy recto, estricto y fuerte. Yo decía: la única persona que me puede topar o alzar la voz es mi papá. De ahí para allá a todos los entierro yo”.

El hombre relaciona su ira con esto. “Cuando alguien me trataba mal, venía el recuerdo del maltrato de mi casa. La última vez tenía 22 años. Agaché la cabeza. No hice más. Él era mi padre. El respeto a él, que en paz descanse, fue siempre igual”.

Pero en sus palabras no hay rencor. Con el tiempo aprendió a perdonar. “A mi padre no le enseñaron a formar un hijo. Se hizo solo y quería ser un hombre de bien. De él aprendí a ser responsable, trabajador. A tener valores. Soy lo que soy gracias a la formación que me dio, a su manera”.

‘Popeye’ cree que la vida está hecha de ciclos. No sabe cuándo, pero siente que el suyo como guardaespaldas está por cumplirse. Ahora está enamorado. Y por eso tiene el proyecto de poner con su esposa, Alexandra Acosta, una clínica dental. Le ilusiona incursionar en algo nuevo y a la vez volver a eso que desde sus años en un colegio técnico le gustó hacer: trabajar con sus manos, inventar, crear...

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