2 de February de 2014 00:02

En el mes del amor

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Juan Fernando Andrade. Narrador y cronista. Autor de la novela 'Hablas demasiado' (Alfaguara)

Mi papá está en la televisión. El programa es un noticiero en horario estelar. Lo entrevistan. Le preguntan sobre la economía nacional. Lo hacen cuestionar y predecir el futuro del país. ¿El Ecuador tiene futuro? Nadie lo sabe, pero todos tratan de averiguarlo y el periodista que conduce el noticiero quiere saber si mi padre tiene alguna pista.

Mi madre está acostada en la cama, concentrada en su celular. Cada tanto, levanta la mirada y se acomoda los lentes para atender las intervenciones de mi padre, que son básicamente respuestas a preguntas que no tienen respuestas. Segundos después su celular suena y ella recibe un mensaje que responde con velocidad y atención, como si estuviera escribiendo un poema inevitable.

Estoy sentado frente al escritorio donde mi padre, cada semana, escribe los artículos de opinión que hacen que lo inviten a los noticieros y le pregunten lo que nadie puede responder pero, al parecer, él sí. Veo a mi padre en la televisión y me parece un hombre inteligente, racional, honesto. Veo a mi madre en la cama, el celular entre las manos, mandando y recibiendo mensajes mientras mi padre trata de salvar al Ecuador. Me pregunto si está cansada, aburrida, si alguna vez pensó en separarse y empezar de nuevo, en otro lugar, con otro hombre, con otros hijos. ¿Alguna vez quiso mi madre tener otra vida que la que tiene? Quizás el ver a su esposo en la televisión ya no le causa asombro ni orgullo porque lo ha visto tantas veces y tan de cerca que la rutina ha terminado por convencerla: ya no hay más que ver, ya no hay dónde más mirar, lo has visto todo, lo sentimos, eso es, eso era, eso fue.

La entrevista termina como de costumbre, sin mayores certezas, acaso la sensación de que todos estamos en la lucha y que mientras sintamos que hay algo por qué luchar vale la pena intentarlo.

Mi padre agradece al periodista por la invitación y se despide de los televidentes con un mensaje optimista. Veo, en mi padre, a un hombre que lucha. Apenas el noticiero pasa a cortes comerciales, mi madre se levanta de la cama, entra al baño y cierra la puerta. Su celular queda tendido en la cama. No creo que tenga un amante, pero me ofende profundamente que mientras mi padre estaba dando lo mejor de sí en la televisión ella haya estado chismeando con una comadre o algo así. Agarro el teléfono y empiezo a chequear sus mensajes.

Todos los mensajes que hay en el buzón de entrada son de mi padre y fueron recibidos durante la última media hora, mientras él daba la entrevista. Me imagino que los escribió entre corte y corte porque en ellos pregunta cosas como, "¿qué tal?, ¿se entiende lo que trato de decir?", y mi madre responde cosas como, "muy bien, pero estás moviendo mucho las manos", y "estás hablando muy rápido y eso te hace parecer nervioso, tranquilo".

Mis padres han estado casados por más de treinta y cinco años. Los he visto sacarse los ojos, roncar en coro, reírse viendo el programa de Eugenio Derbez, desayunar en completo silencio leyendo cada uno una sección distinta del periódico, sufrir por mi culpa. Nunca los he visto besarse, pero he visto lo que les acabo de contar. Y no me parece nada menos que un milagro. Y me dan ganas de seguir luchando.

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