18 de junio de 2017 00:00

El ensayo y el valor moral de la palabra

Losdos volúmenes de ‘Brújula del tiempo’ se presentaron el martes.

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Juan Valdano
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Liliana Weinberg define al ensayo como “prosa no ficcional preponderantemente expositivo-argumentativa en la que, a partir del punto de vista del autor, se ofrece una interpretación de algún tema o problema en diálogo abierto con una comunidad hermenéutica”. Para que un texto en prosa con los rasgos formales aquí señalados adquiera la categoría de literario debería, en mi opinión, insistirse en un aspecto y añadirse otro. Lo primero: construir el discurso a partir de un yo reflexivo; y lo segundo: la voluntad de estilo. Lo literario apunta a lo subjetivo de la visión y lo sugestivo de la forma. Mientras más rica es la mirada del ensayista, más sugestiva será su palabra.

América y el ensayo

El ensayo es un género reciente, surge con la modernidad. Más aún, su aparecimiento en el mundo de las letras está enlazado a un hecho histórico: el arribo del europeo a América, ese ‘Mundus Novus’ al que aventureros como Colón y Amerigo Vespucci se dieron a la tarea de admirarlo, conocerlo e interpretarlo llamando a cada cosa nueva que encontraban con su nombre americano. En los testimonios y noticias del descubrimiento germinaba el ensayo como una novedosa forma de comunicación de ideas y experiencias. No es de extrañar que, por esos años, en la aún ruda lengua de Castilla (a la que Nebrija buscaba darle una gramática) irrumpiera desde el Nuevo Mundo un turbión de voces exóticas como caníbal, huracán, hamaca, canoa o cacao.

La insólita realidad americana pasa al imaginario europeo y nace el ensayo como crónica de conquistas (Bernal Díaz del Castillo), como alegatos en defensa del indio (Bartolomé de las Casas) o como irónicas reflexiones acerca de lo relativo de la moral (Montaigne, a propósito de los caníbales). La verdad es que frente a la singularidad de América, el europeo empieza a reflexionar sobre su propia cultura. Al hacerlo, rehúsa reconocerse en el espejo cóncavo de la humanidad americana y se descubre a sí mismo. Aquello no había ocurrido desde los tiempos de Heródoto. Luego de América y de la Reforma, la cristiandad europea ya no será la misma.

Antes que hablar de un “descubrimiento de América” por Occidente, habría que hablar de un descubrimiento de Europa por parte de los propios europeos. Aquel fue un hecho mental, el inicio del “nosce te ipsum” socrático que transformó al hombre del Renacimiento. En este proceso discursivo, el género del ensayo pronto encontró su camino: ser un ámbito para el debate, la forma idónea para difundir teorías y experiencias.

El yo y el mundo

De este proceso ideológico nace el ensayo moderno como singular dialéctica entre el Yo y el Mundo. El ensayo literario es un género en el cual la par­ticular visión del ensayista nos remite a una interpretación del mundo y, a su vez, el mundo así interpretado nos restituye a la mirada del ensayista. La interrelación de estos dos elementos conforma lo privativo del ensayo literario.

“La actitud ensayística parte, creo yo, del asombro y la admiración frente al mundo, admiración que despierta en el escritor la necesidad de comprenderlo y luego, el deseo de explicarlo, para lo cual, desde su experiencia y emoción, ensaya acercamientos a la realidad, intentos de descifrarlo a partir de la lógica y la estética, aunando en ello, pensamiento y emoción. Su objeto es dar respuestas (provisionales, claro está) a los grandes problemas del ser humano.

El ensayo enlaza lo particular con lo general, la experiencia privada del escritor con la tradición universal. El ensayo no puede abstraerse del contexto del que surge aunque tampoco debe reducirse a su entorno” (J. Valdano). ‘El ensayo como tentativa’, en ‘Brújula del tiempo’ Vol. I).

La moral y las formas

Disposición recurrente del ensayismo hispanoamericano ha sido el juicio moral de la sociedad. La historia, la cultura, la política, la economía, la literatura han sido analizadas desde una percepción ética. Las posturas ideológicas desde las cuales parten nuestros ensayistas, por lo general, son diferentes, sin embargo, todos confluyen en una visión deontológica de la realidad. La naturaleza dúctil y proteica del ensayo latinoamericano (ese “centauro de los géneros”, como lo llamó Alfonso Reyes) permite que al interior de sus fronteras hallen cabida todos los discursos posibles. El ensayo de interpretación es esa forma propia de la prosa hispanoamericana que ha estado ligada al mundo de los valores. Desde Mariátegui hasta Octavio Paz, desde Alfonso Reyes hasta Benjamín Carrión, desde Germán Arciniegas hasta Carlos Fuentes y Vargas Llosa la reflexión ensayística ha ahondado en el análisis de los procesos políticos de la sociedad, los límites del poder, los derechos de los pueblos, la ­vigencia de la democracia.

Frente a los cambios radicales que hoy imperan en el espacio público, el ensayista recurre a nuevas formas de llegar a los lectores: el ensayo corto, el ensayo periodístico, el blog… El ensayo corto es el antagonista de “la tentación de agotar el tema”. Julio Torri habla de él como “la expresión cabal, aunque ligera, de una idea. Su carácter propio procede del don de evocación que comparte con las cosas esbozadas y sin desarrollo”. El ensayo y la narrativa son dos géneros con fronteras comunes. Se complementan y enriquecen mutuamente cuando el discurso parte de una fuerte experiencia vivida que, luego, busca ser explicada y discernida por una voz narrativa.

En resumen, el ensayo latinoamericano ha sido el portavoz de nuestras ideas, utopías y experiencias comunes; en él confluyen modos de vida, costumbres y lenguajes; resume nuestra filosofía, pasión e identidad. Ha sido, además, la permanente actualización de la memoria, un juicio del pasado y la conciencia del presente. El ensayista testimonia de lo que ve y de lo que piensa. Antes que proporcionar respuestas, siembra inquietudes. Quien busca en él bálsamos y alivios mejor no lo lea. Todo gran ensayista nos desvela, nos intranquiliza.

 *Escritor. Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. ‘Brújula del tiempo’ recoge 150 ensayos cortos.

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