8 de octubre de 2017 00:00

Eliécer Cárdenas: ‘Hay un maleficio con los premios’

Eliécer Cárdenas posa en la Biblioteca Municipal de Cuenca. En medio de sus múltiples trabajos, se da tiempo para conversar sobre los reconocimientos literarios. Foto: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

Eliécer Cárdenas posa en la Biblioteca Municipal de Cuenca. En medio de sus múltiples trabajos, se da tiempo para conversar sobre los reconocimientos literarios. Foto: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

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Santiago Estrella
Editor (O)

Es un mes de premios. Es inevitable que la entrega de los Nobel cause una expectativa enorme cada año. Pero entre todos ellos, el de Literatura es la estrella. Los lectores que están al día dicen que es una merecida distinción. Pero usualmente ocurre que muchos tienen que preguntarse quién diantre es el feliz galardonado.

Pero los premios también pueden ser un problema para el escritor. Lo sabe bien Eliécer Cárdenas, uno de los grandes narradores nacionales. Y si bien hay que saber guardar distancias respecto de un premio que como el Nobel reconoce toda una trayectoria, sabe bien sobre los condicionamientos de los autores tras ganar un premio. En 1978 su novela ‘Polvo y Ceniza’ ganó el Nacional de Novela y desde entonces ya nada fue igual para él.

¿Hay una obsesión por los premios, no solo en la literatura, sino en cine y otras áreas?

Lo que pasa es que los premios están formando parte del marketing. Ahora, por ejemplo, las grandes editoriales, no solamente de lengua española, promocionan determinado tipo de autores, incluso por cuestiones de edad o temáticas. Los premios están direccionados.

Beatriz Sarlo decía que para ganar premios hay que tener un agente…

Por supuesto. En Ecuador no se da por lo casera que es nuestra industria editorial, pero Argentina, México o España, los agentes de cada autor desempeñan un papel importante porque van olfateando por dónde va el mercado editorial. Es un poco ingenuo creer que un autor de cualquier país diga que va a optar por un premio y al ganar diga que su obra es valorada porque los caminos al premio ya han sido trazados.

¿Cuál es el camino de aquellos jóvenes para quienes los premios ayudan a difundir su obra si ya están direccionados?

Creo que hay que dejar los premios de las grandes casas editoriales. Se podría plantear, por ejemplo, que entidades que tienen otros fines que vender, puedan instituir premios con jurados que no se vean obligados a decantarse por cualquier exigencia de las casas editoras. Incluso a nivel nacional, el Ministerio de Cultura puede crear premios, anuales, bianuales, trianuales, y que se comprometan, aparte del premio económico, a difundir la obra porque, lamentablemente, algunos han sido premiados y sus libros han permanecido embodegados en alguna institución.

Pero, ¿qué garantiza que en Ecuador, los lectores se vuelquen a leer un premio?

Falta marketing. Las grandes casas usan todas las herramientas para eso; el sector público-cultural no. Quizá pudiera haber alianzas estratégicas, por ejemplo, para que la editorial se dedique a publicar y distribuir, no para que elijan al ganador del premio.

Sí ha habido premios que han causado efecto, como ‘La Linares’, de Iván Egüez, o la suya, ‘Polvo y Ceniza’...

Por supuesto. Han tenido suerte, pero son libros que fueron publicados hace más de 30 años. Pero los autores jóvenes y que han ganado premios no han tenido tirajes importantes. En ese sentido, los premios quedan debiendo en continuidad. Esto ha hecho un grave mal. Hay un daño colateral de los premios de las grandes casas editoriales: se editan y, luego de haberse vendido, desapareció el libro, desapareció el autor. ¿Quién se acuerda del Premio Planeta de hace seis años? Nadie lo sabe y las librerías no tienen ya esa obra. Ese es el perfecto ‘boom’. Desapareció, como autor o autora, y su obra posterior queda también en la penumbra. Habría que romper con eso.

Como la Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards, que ganó el Planeta en el 2008 y en el 2009 estuvo en la sección saldos de las librerías de Buenos Aires...

Así es, y es una muy buena novela. Se puede citar decenas de premios acertados que quedan en el olvido.

Entonces, ¿pensar que un premio consagre una obra con futuro de clásico se vuelve un imposible?

Difícil. Se acaba de dar el premio Nobel para Kazuo Ishiguro. Para quienes tenemos alguna familiaridad con la literatura, es conocido desde hace años. Desde los 80 las editoriales españolas lo traducen. En este caso y en otros, pero no en todos, el Nobel es una ratificación de una trayectoria sólida y ampliamente conocida a nivel mundial.

Ahora, por ejemplo, en el cine, toda película tiene en sus créditos algún premio. No importa cuál, pero necesitan aclararlo…

Ya sería la tragedia para la literatura que hubiera tantos premios como en el cine. Hay películas premiadas en un festival de la última población de España. Esas cosas pueden pasar, pero es difícil porque hay mucho menos lectores que espectadores de cine. En todo caso, se corre el riesgo de banalizar los premios. Algunos grandes premios de grandes editoriales han sido puesto bajo sospecha por direccionamiento y artimañas y no garantizan a un lector que hay calidad.

¿Y la gran pasión que nos genera el Nobel?

Creo que es el máximo referente mundial pese a las omisiones, comenzando con Jorge Luis Borges, al que no le dieron, y terminando con Bob Dylan, un cantautor. El premio se da incluso por ingredientes extraliterarios, pero no deja de ser el máximo referente.

Un direccionamiento políticamente correcto...

Políticamente correctos hacia Occidente. Este rato dar el premio a un musulmán radical o a un cubano no sería políticamente correcto.

¿Puede ser una condena ganar un premio?

Claro.

¿Le pasó?

Yo gané el Premio Nacional de Literatura con ‘Polvo y Ceniza’, cuando tenía 28 años. Fue mi segunda novela publicada. Cualquiera diría que me saqué la lotería, pero el premio a mí me condicionó a sacar otro ‘Polvo y Ceniza’. Mi obra posterior se mira bajo la lente de un prejuicio, como que el autor está obligado a seguir ganando premios como un caballo de carreras. Si ya ganaste el premio nacional, hay que ganar el Rómulo Gallegos. Incluso me ha pasado a veces que sin haber leído el resto de mi obra, dicen que no se compadece con ‘Polvo y Ceniza’. Eso es negativo para un autor joven porque tiene que estar luchando contra la sombra de su propio premio.

¿ Y cómo luchó usted?

Con uñas y dientes. Tengo una veintena de novelas. Unas serán más buenas, más malas, o mediocres, pero sigo en el oficio.

No debe ser fácil...

He obtenido otros premios, menciones, como ser finalista del Rómulo Gallegos con la novela ‘Que te perdone el viento’. He ganado el premio del diario El Universo, el Joaquín Gallegos Lara, pero siempre quedan bajo ‘Polvo y Ceniza’. No me comparo con García Marquez, pero a él le exigían otro ‘Cien años de soledad’. Y algunos hasta decretaron su muerte literaria. Hay una especie de maleficio con los premios.

Y sin embargo, se sigue pensando en los premios...

He concursado, pero no mucho. Algunas veces he ganado y otras no, pero no pasa nada. Un escritor profesional tiene que seguir trabajando.

Pero hablamos de Ecuador...

¿Por qué las grandes editoriales no premian a un autor ecuatoriano, hondureño, paraguayo? Porque simplemente somos países de pocos lectores. Colombia tiene una gran industria editorial; el Ministerio de Cultura promueve su literatura como si fuera su café. Aquí no pasa nada. Aquí tenemos que hacernos del partido para que cuatro viejos nostálgicos canten.

¿Qué necesitamos?

Una estrategia de marketing de nuestros autores para ganar lectores. Hay muy buenos escritores que pueden parangonarse con argentinos, chilenos o mexicanos. ¿Los ecuatorianos estamos condenados a escribir obras mediocres? ¿Qué sucede? Es marketing. Hay encuentros en donde se han quemado los sesos con por qué la literatura ecuatoriana no llega al exterior? Es solo cuestión de marketing.

¿Solo marketing?

Obviamente no. También se requiere una tradición.

Eliécer Cárdenas

Nació en Cañar, el 10 de diciembre de 1950. Ha sido, además de escritor, periodista y profesor. La segunda de sus más de 20 obras, ‘Polvo y Ceniza’, ganó el Premio Nacional de Novela de 1978, y se ha convertido en uno de los mejores textos de la narrativa ecuatoriana del siglo XX. También fue finalista del premio Rómulo Gallegos con ‘Que te perdone el viento’ (1992).

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