25 de septiembre de 2016 00:00

La educación emocional, base de la democracia

La participación ciudadana es vital. En la foto,  elecciones parlamentarias en Rusia, en el 2014. Foto: Maxim Shipenkov

La participación ciudadana es vital. En la foto, elecciones parlamentarias en Rusia, en el 2014. Foto: Maxim Shipenkov

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 1
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 5
Diego A. Jiménez B., SJ. * (O)

La obra de la filósofa Martha Nussbaum debe ser leída a la luz de la idea de vulnerabilidad. Su originalidad radica en que su respuesta a la pregunta por la estabilidad democrática y aquello que los gobiernos han de hacer para garantizarla, está en que adopta como hilo conductor la vulnerabilidad, y a partir de ella piensa y articula su filosofía moral, política y pedagógica.

De los clásicos griegos, sobre todo Aristóteles y los estoicos, aprende que la moral está determinada por el aporte de las emociones. Este concepto lo fortalece con la ayuda de investigaciones, provenientes de la sicología contemporánea, sobre el papel de las emociones en la vida del agente moral. Y, a su vez, esto le permite hacer sólido el argumento de que las emociones juegan un papel crucial en la vida y el desarrollo del agente moral y de las sociedades democráticas, en tanto son decisivas en la racionalidad privada y pública, así como en la deliberación moral y política.

Esta conclusión abre su pensamiento a la que será su compresión original de la democracia como una geografía emocional. En este sentido, estudia la génesis de algunas emociones (vergüenza, repugnancia, compasión…), que luego serán claves en la determinación del destino de la democracia, con la hipótesis de que en estas se evidencian dinámicas de inclusión y exclusión. A partir de estas comprensiones justifica la tesis según la cual la base y la garantía de la democracia tiene una relación estrecha con la textura emocional de los ciudadanos.

Esta reflexión permite que en la obra de Nussbaum se activen dos dispositivos que se desarrollan paralelamente en su filosofía práctica: la reflexión política, que justifica su teoría parcial de la justicia en términos de capacidades; y su propuesta de educación para la ciudadanía democrática, que defiende un tipo de educación liberal capaz de garantizar y promover capacidades fundamentales para la democracia. La respuesta política que Nussbaum da a esta pregunta es su propuesta del enfoque de las capacidades, cuya base es la idea de persona (heredada tanto de Aristóteles como de Marx), según la cual la condición humana está determinada por la contingencia, la riqueza de necesidades, la sociabilidad y la vulnerabilidad.

Estas ideas, combinadas con las intuiciones fundamentales de la tradición liberal, le permiten delinear un liberalismo que, ilustrado por la crítica feminista, es capaz de postular exigencias concretas a los Estados y que cualquier cosmovisión razonable estaría en la capacidad de suscribir.

Las investigaciones en torno a la formación de la racionalidad pública y el papel que en esta cumplen las emociones, la conducen a preguntarse por la educación de los ciudadanos. En este contexto comprende que la otra dimensión de una sociedad democrática es un ideal de ciudadanía concreto, sensible a la complejidad y vulnerabilidad humanas. Así, justifica que el bienestar de las sociedades democráticas no depende solo de ordenamientos jurídicos y económicos, sino más bien de un tipo de formación; pues, como también nosotros podemos advertir, no bastan las instituciones para sostener la democracia. En este sentido, postula el rescate de las artes y las humanidades, cuyo aporte principal es dar una textura emocional acorde con las intuiciones fundamentales de la democracia.

Con su propuesta de las capacidades, Nussbaum justifica una base normativa para garantizar una institucionalidad democrática sensible a la condición de la vulnerabilidad humana. Y con su reflexión pedagógica expone aquello que puede proveer a las sociedades democráticas de un tipo de ciudadanos capaces de promover esta institucionalidad.

En cuanto al cultivo de las artes y de las humanidades, lo considera un medio privilegiado a través del cual los ciudadanos pueden refinar su textura emocional. En este sentido, al recibir Premio Príncipe de Asturias, sostuvo que el papel de las artes y las humanidades en sociedades democráticas es clave porque nos hacen reflexionar sobre la vulnerabilidad humana y la aspiración de todo individuo a la justicia y nos evitan utilizar pasivamente un concepto técnico no relacionado con la persona para definir cuáles son los objetivos de una determinada sociedad.

Ahora bien, la disposición de capacidades para la ciudadanía democrática se justifica porque, de acuerdo con Nussbaum, estas nos permiten modelar tres cualidades específicas a través de las cuales los ciudadanos podemos refinar nuestra textura emocional.
Primero, la capacidad de pensamiento crítico que habilita en los ciudadanos la posibilidad de argumentar las creencias, tradiciones y los asuntos de la vida cotidiana que involucran a todos los ciudadanos que, en virtud de la razón común, pueden argumentar acerca de las cosas que a todos interesan. Esto es decisivo para las democracias porque solo una ciudadanía con capacidad crítica puede deliberar y llegar a la mejor argumentación para gobernar la esfera pública.

Segundo, la capacidad de ciudadanía mundial, que tiene como fin hacer que las personas reconozcan su pertenencia a toda la humanidad. De lo que se trata, siguiendo a los estoicos, es hacer que toda la humanidad forme parte de nuestras preocupaciones y de nuestra comunidad de diálogo, sin abolir las formas locales de identidad y de organización política. Significa aprender a ser un intérprete sensible y empático de aquellos que están distantes y son diferentes, cuestión fundamental para la democracia ya que la experiencia de la diferencia relativiza nuestra perspectiva del mundo y nos hace incluyentes.

Tercero, la capacidad de imaginación narrativa, la cual le permite al ciudadano descubrir y comprender las vidas y las elecciones de otras personas simpatéticamente. Así se le revela al agente moral un hecho crucial para construir y preservar sociedades democráticas: que la vida de otras personas, como la suya, es igualmente digna y que al igual que él, estas tienen que habérselas con su vulnerabilidad. El cultivo de esta capacidad está estrechamente vinculado con el desarrollo del tipo de compasión que una democracia precisa de sus ciudadanos. A través de esta capacidad los ciudadanos pueden acercarse con curiosidad a las vidas de otros, una curiosidad capaz de vincular compasivamente al espectador con los personajes a través del acto de imaginar con simpatía.

*Docente universitario de Teología y Filosofía.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (8)
No (0)