10 de septiembre de 2017 00:00

Eduardo Villacís: Nos enfrentamos a varios futuros

En los talleres de arte de la Universidad San Francisco de Quito, Eduardo Villacís trabaja en torno a las técnicas contemporáneas para abordar el hecho artístico. Foto: Patricio Terán/EL COMERCIO

En los talleres de arte de la Universidad San Francisco de Quito, Eduardo Villacís trabaja en torno a las técnicas contemporáneas para abordar el hecho artístico. Foto: Patricio Terán/EL COMERCIO

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Diego Ortiz
Coordinador (O)
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Eduardo Villacís es de aquellas personas que prefieren planificar en función de lo negativo. Y no porque espera fallar en todo. Más bien, él analiza las posibles problemáticas en lo que planifica, para encontrar soluciones prácticas.

Mientras habla de esta filosofía de vida, su conversación trasluce entusiasmo. Y su bigote se mueve de un lado al otro, como en una suerte de danza en la que las palabras van y vienen, cuando aborda el tema que le proponemos: el futuro y ese temor que infunde en (casi) todos los seres humanos.

¿Por qué es usual que imaginemos un mundo distópico, caótico?

En realidad no pasa siempre. La utopía, que en cambio es imaginar un futuro positivo, también es muy practicada. De hecho, en cierto punto ha habido un exceso, o bien una fuerte presencia. Sin embargo, hay dos cosas a tomar en cuenta. Uno, si nos remitimos al campo de las letras, el conflicto, y no el bienestar, crea mejor literatura ya que vuelve al texto más interesante. En segunda instancia, a partir de cierta época, la gente ya dejó de confiar en los beneficios que deja la tecnología y la ciencia. Hablemos, por ejemplo, del caso de las dos guerras mundiales: una de sus consecuencias directas es que la gente dejó de pensar en el poder de la sociedad para organizarse; la humanidad dejó de creer en la civilización. En ese momento, las tecnologías usadas eran vistas como la herramienta del mal, lo que hizo que la distopía tomara fuerza.

Y las utopías...

La utopía prevalece en las revistas de computación, de autos, de nuevas tecnologías, ya que nos habla de los posibles mejores mundos. Pero en la literatura prevalece el escepticismo, el cuestionamiento a los sistemas. Esta convivencia de las visiones es sana.

En tu caso, ¿en cuál de las dos visiones crees?

A mí me interesa más imaginar los problemas. Me gusta ser distópico ya que me resulta más entretenido. Es importante extrapolar cosas que, de repente, no se te ocurran en los panoramas optimistas de la planificación, y adelantarse a eso, además de utilizar de manera utópica la ciencia ficción o la imaginación para idear soluciones posibles. Aquí hay que tomar en cuenta también que, hasta cierto punto, el hecho de que la distopía sea tan prevalente es un indicio de que la sociedad contemporánea se mantiene en un estado de bienestar. Siempre buscamos una suerte de balance que muestra, que, cuando hay un malestar absoluto, la gente busca esperanza. Lo hemos visto en las dictaduras de los años 70, de las cuales salieron la música protesta que hablaba de armonía, unidad, belleza. En cambio, cuando hay bienestar, la gente busca la otra cara de la moneda. En mi trabajo lo que me gusta es extrapolar de manera absurda las situaciones, y justamente ahí es cuando logro dar en el clavo.

Los grandes pensadores han desarrollado ampliamente la utopía, ¿pero por qué cuesta reflexionar tanto sobre la distopía más allá de la ciencia ficción?

En el mundo de las ciencias, a la gente le pagan por buscar soluciones; y en el caso de los pensadores, ellos siempre se cuestionan por un mundo mejor. Pero yo sí veo que en la crítica de los sistemas existentes sí hay distopía porque nos lleva a imaginar los mundos más monstruosos posibles. Por ejemplo, ‘1984’, de George Orwell, lleva al socialismo al límite, y le atina. ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, en cambio, es la sociedad del futuro donde todo el mundo está sedado por el consumismo y no reacciona, algo que es muy cercano a lo que vivimos ahora. Entonces, me parece que hay dos usos: lo utópico, que usamos en la planificación universitaria, en los planes para encontrar futuros mejores; y la distopía, que sale como un producto de la crítica a los sistemas existentes y que los escépticos utilizan para ver las fisuras en los sistemas. Como humanidad, veo que en la ciencia ficción encontramos este motor a dos tiempos donde se oscila entre ambos criterios, y me parece que el pensamiento futurista precisamente tiene esa alternancia.

¿Crees que los jóvenes siguen atravesados por el pensamiento religioso en el momento de pensar en ese futuro apocalíptico?

La verdad, no lo sé. Siento que en Occidente hay una tendencia fuerte a la secularización; que cada vez el hecho religioso tiene menos importancia, por lo menos en las ciudades donde se genera el pensamiento cosmopolita. En Occidente hay un paulatino desprendimiento de las doctrinas de la Iglesia, y siento que eso es más visible entre los jóvenes. La gente sí tiene miedo a los apocalipsis, pero a aquel que será causado por nuestra estupidez en el campo de la tecnología o de las ciencias, mas no creo que haya un miedo divino en los grandes núcleos urbanos de Latinoamérica. No creo que la religión esté desvanecida, más bien que la gente no tiene institucionalizados esos miedos.

Cuando hablamos del futuro, siempre lo vemos hipertecnologizado. ¿Crees que hemos desarrollado un miedo a las máquinas?
Hay futuros donde la propuesta es meramente tecnológica, pero no se puede perder de vista a aquellos atecnológicos, donde colapsa todo. Obviamente, parte de lo que hace una persona crítica y pensante es cuestionar lo que estamos viendo. A veces la gente tiene esa visión exagerada de un buen futuro, pero hay voces críticas que dicen que esto puede ir mal. En los años 50 había una propuesta tan positiva y ‘naif’ de la energía nuclear que se pensaba en la posibilidad de crear jardines botánicos nucleares, con plantas irradiadas y enormes; se pensaba en la posibilidad de utilizar bombas nucleares en la industria de la construcción para hacer huecos gigantes instantáneos. Y en ese momento también hubo voces de alerta a esos modelos.

Y las voces neutrales...
Aquí también hay una tercera visión que señala que sí es posible un mundo hipertecnologizado, pero que hay que vigilarlo cuidadosamente. En la actualidad, este es el caso de la genética, con personas a favor y con alertas de lo que vaya a suceder en este campo. Si me pongo a vaticinar, pienso que van a haber grandes logros y también accidentes feos.

¿Tienes miedo a ese futuro hipertecnologizado?
Para nada. El problema de ese tipo de mundo es que amplía la estupidez humana. Por ejemplo, tenemos a Donald Trump y Kim Jong-un, dos tipos insensatos con acceso a armamento con un potencial destructivo impresionante para utilizarlo en cualquier momento. No tengo miedo porque siento que siempre habrá catástrofes, pero como humanidad hemos salido adelante de esos fracasos.

¿Tal vez tenemos miedo a un futuro en el que colapsarán los sistemas?
También habrá retrocesos. Es por ello que el futuro implica necesariamente cambios, ya que no funcionarán los modelos anteriores en la manera en que se priorizan las cosas. Por ejemplo, cuando se invierta la manufactura industrial, ciertos modelos de producción ya no podrán sostenerse. Además, hay que tener en cuenta la manera en la cual se distribuye el conocimiento: la información fluye y su accesibilidad cambiará la manera de ver el mundo. Necesariamente se experimentará el colapso de los sistemas en pos de otros.

¿Tienes miedo de que el arte no sobreviva?
El arte siempre ha sido implícito al desarrollo humano. No veo que la pintura, la música o la danza tengan remotamente la posibilidad de desaparecer. Más bien creo que habrá una explosión de estas, gracias a los nuevos formatos. A veces, lo que vemos en la ciencia ficción es que muchos escritores no toman en cuenta otros elementos de la vida humana más allá de lo tecnológico. Al imaginar futuros hay que ser lo más interdisciplinariamente posible.

¿Los ecuatorianos solo imaginamos las utopías?
El ecuatoriano en general es utopista. Veo que la gente sí tiene fe en sus hijos, porque precisamente cuando nos enfrentamos a malas situaciones, queremos lo mejor. Pienso que es mejor pensar en los problemas de las cosas: el pesimista piensa en todo lo que pueda salir mal y prevé soluciones. Si yo alguna vez trabajara en un piso 80, iría con parapente.




Eduardo Villacís ha realizado estudios en matemática, ciencias de la computación, arte multimedia y artes visuales en instituciones de Ecuador y los Estados Unidos.

Actualmente, es docente de la Universidad San Francisco de Quito. Ha trabajado en los ámbitos del dibujo, la pintura, el cómic, la ilustración y la animación 3D. Uno de sus autores favoritos es Stanisław Herman Lem.

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