19 de December de 2014 12:10

Un riesgo muy difícil de controlar

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Víctor Vizuete Editor
vvizuete@elcomercio.com

Una ligera prospección por donde se levantan edificios (residenciales o de oficinas) o se ejecutan diferentes trabajos de obras públicas, basta para darse cuenta la inequitativa situación de los obreros de la construcción.

Mientras que en unos lugares laboran equipados como exigen las normas y cumplen con las previsiones en cuanto a la colocación de andamios y mallas protectoras; en otros, los albañiles no tenían más protección que la bendición del santo al que se encomiendan al inicio de cada jornada.

La prospección rompió con una creencia que está muy arraigada: que el obrero de la construcción trabaja totalmente desprotegido. En 20 de los 26 sitios visitados, los trabajadores contaban con el equipamiento apropiado: cascos protectores, arneses de seguridad, botas, guantes de cuero...

Las construcciones en las cuales los trabajadores no tenían protección eran pequeñas e informales. Y no hubo quién dé la cara para dar explicaciones.

De todas maneras, corresponde al profesional o la empresa encargado de la obra contemplar todas las medidas de seguridad correspondientes para evitar accidentes.

Por lo general (con sus excepciones), los constructores y promotores cumplen con las normas que exige el Departamento de Riesgos del Trabajo del IESS, ya sea en cuanto al equipamiento del personal como en las protecciones para prevenir accidentes a terceros.

El problema se agudiza en las construcciones informales e ilegales que, en el caso de Quito, es del 70%. Muchas de estas edificaciones no tienen ni siquiera los planos aprobados, peor van a equipar a los trabajadores.

Ese es otro desfase urbano que ninguna administración municipal ha podido controlar. ¿Podrá hacerlo la actual?

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