El drama de caminar por las aceras

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Víctor Vizuete E. 
Editor
vvizuete@elcomercio.com

Solo cuando a alguien le suceden las cosas se da cuenta de las carencias que soportan las ciudades. Falencias que en especial perjudican a las personas que tienen algún impedimento físico-motor o de otro tipo.

Caminar por ciertos tramos de la avenida Abdón Calderón de Sangolquí se ha convertido para mí, que sufro la inflamación de una rodilla, una tarea complicada.


¿Por qué? Porque las veredas parecen montañas rusas, pues los propietarios las han arreglado a su gusto y conveniencia.
No queda más que bajarse a la calzada y asumir otro riesgo: que algunos conductores pongan en serio peligro la existencia de más de uno.


Si alguien que solo tiene una rodilla con problemas afronta esos contratiempos, ¿qué se puede esperar para una persona con una discapacidad mayor? La respuesta no necesita explicación. 
Y el caso de la mencionada avenida no es la excepción, sino la regla.

Y no solo en Sangolquí, sino en la mayoría de las ciudades ecuatorianas, incluida Quito.
En la capital existe algo más de conciencia sobre el asunto, pero falta un montón por hacer.

Hay barrios enteros donde las veredas son remedos y parecen trampas, porque están rotas o las han convertido en exageradas rampas que posibilitan a los dueños guardar sus vehículos.


Controlar toda la ciudad para que no se alteren los trazados originales de las veredas y calzadas debe ser una ingente tarea para los organismos municipales dedicados a ese control.

Pero algo hay que hacer para frenar este atropello urbano.
También es un problema de falta de solidaridad. Es necesario que los ciudadanos estén enterados de las normas y que las apliquen, so pena de sanciones.

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