23 de enero de 2015 17:03

Dos ecuatorianos repasan la irreverencia y la ternura de Lemebel

Pedro Lemebel, escritor chileno, murió en una clínica de Santiago de Chile a causa de un cáncer de laringe. Foto: Archivo EL COMERCIO

Pedro Lemebel, escritor chileno, murió en una clínica de Santiago de Chile a causa de un cáncer de laringe. Foto: Archivo EL COMERCIO

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María Gabriela Toro, para EL COMERCIO

Siempre de frente, irreverente, de voz firme y actitudes imponente. Pedro Lemebel (1952-2015) será recordado por miles de lectores y amigos en toda la extensión del planeta. Escritor, artista visual y performer, uno de los cronistas chilenos más leídos y admirados, Lemebel falleció la madrugada de este viernes 23 en la Fundación Arturo López Pérez en Santiago de Chile, tras luchar contra el cáncer a la laringe; que casi lo dejó sin voz.

Nunca fue un escritor huraño, ni rehuyó de las cámaras ni de los eventos con su público lector. Por eso Ecuador también lo pudo conocer de cerca, cuando visitó Quito en más de una ocasión.

Ya en el 2008 formó parte de las actividades de la primera edición de la Feria Internacional del Libro de Quito (FILQ); a inicios del 2013 regresó invitado a un programa del Ministerio de Cultura, y volvió en noviembre para la FILQ de ese año.

Lo recuerda con especial gratitud el docente universitario y periodista ecuatoriano Óscar Molina. Para quien uno de sus sellos inconfundibles era “la pirotecnia de la palabra”. Pues Lemebel hacía de la palabra “una cuchilla para diseccionar”, con ella conmovió y provocó escosor a más de un político o clérigo.

Su discurso estético y vivencial pasaba desde su herencia mapuche, la afinidad política feminista y comunista, hasta el asumirse sin regodeos como una loca y no un homosexual.

Según Molina, la incorrección política, el espíritu festivo y la literatura como un campo abierto y no un terreno “acartonado y célebre” fueron también las derivas de un Lemebel que vivía como escribía.

Esa actitud acompañó a Lemebel desde el inicio de su vida artística. En los años 80, en plena dictadura de Augusto Pinochet, formó con Francisco Casas el grupo Yeguas del Apocalípsis. Así, Lemebel y Casas irrumpían en los espacios públicos de la capital chilena; extravagantes, provocativos y decididos, en un tiempo que el conservadurismo moral y social se imponía.

A decir del escritor y dramaturgo guayaquileño Juan Carlos Cucalón, el mundo de Lemebel lleva en sí la ruptura. Desde el mismo nombre y apariciones de Yeguas del Apocalipsis, así como sus crónicas descarnadas y sus discursos honestos, el cronista chileno proponía la destrucción total del mito bíblico y, por lo tanto, también el quiebre de una masculinidad afirmada desde los valores nacionales.

Por ello Lemebel, además de loca, se reivindicaba como mapuche. Su obra siempre estuvo vinculada a la marginalidad, a los grupos más oprimidos por el poder.

No obstante, aquello no significó que Lemebel se ubicara en una línea política de pesado discurso. Molina señala que otra de las características que distinguían a su obra era la ternura; en el sentido de una trascendencia del amor como afecto propio de todo ser humano, como un motor que no conoce identidades de género, ideologías o clases económicas.

Y esto, apunta el periodista, sin caer en “lo acaramelado, lo ingenuo”; sino desde una voz que en alto hablaba de las injusticias, y con rabia.

La figura de Lemebel se perfila casi como un hijo maldito de Chile, aunque autoridades políticas reconozcan ahora su trayectoria, pues en él se juntan un discurso político subversivo, una estética irreverente plasmada en el performance y la escritura, siempre cercanas a la memoria mapuche y la experiencia de la diversidad sexual que no se conforma con políticas públicas.

Estas órbitas estilísticas y de vida, confirman que sí se puede hablar de una estética Lemebel. Sin embargo, volviendo al país, no se puede decir que este artista chileno haya dejado tras de sí una escuela, o fuertes influencias en las letras ecuatorianas.

Pero sí dejó un fuerte estímulo creativo en escritores como Juan Fernando Andrade, Javier Lara Santos y el mismo Cucalón. Quien escribe para su amigo, a manera de despedida: “Todos los besos que saltan de mi boca a la de Sarita, la Montiel. Llegan como rosas sobre tu corazón de Capote, torero Lemebel”.​

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