17 de julio de 2016 09:58

Surge la nación

Calle y habitantes de Quito en la época de la Colonia

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Roberto Aspiazu* (O)

El surgimiento de Ecuador como nación, al igual que otros países hispanoamericanos, fue un proceso lento de identidad y pertenencia de sus habitantes a una patria distinta al imperio español que gobernó durante tres siglos. La pugna de poder entre la burocracia y clero peninsulares con sus contrapartes criollas blanco-mestizas, presente desde principios de la Colonia, condujo a la postre al movimiento de independencia basado en la proclama de un autogobierno.

La primera semilla de la independencia provino de la elección de superiores y definidores (supervisores) de las órdenes religiosas, en particular de agustinos, dominicos y franciscanos. Desde inicios del siglo XVII, los continentales comenzaron a ser mayoría de modo que prevalecían ante sus adversarios peninsulares, que optaron por impugnar el proceso ante la corona y el Consejo de Indias. Como fórmula transaccional se impuso la denominada Alternativa, que suponía una rotación cada tres años, aunque la medida originó malestar.

El Consejo de órdenes fue el foro donde los criollos pudieron expresar por primera vez su preferencia con respecto a un gobernante. Cabe destacar que jesuitas y mercedarios evitaron la pugna de facciones manteniéndolos en minoría.

Esta rivalidad se extendió a los cabildos civiles que elegían anualmente dos alcaldes ordinarios, uno de los cuales tenía que ser español. En teoría se exigía para el ingreso a estas corporaciones- al igual que sus semejantes eclesiásticos, consulados (cámaras de comercio), gremios de artesanos y universidades, etc.- “limpieza de sangre”, aunque el mestizaje penetraría casi todos los estamentos de la sociedad.

En 1514, al inicio de la Conquista, Fernando El Católico expidió una cédula real autorizando formalmente los matrimonios mixtos. Más pragmático, el cardenal Jiménez de Cisneros, regente de Castilla, ordenó que los españoles tomaran por esposas a las hijas de los caciques indígenas, previendo en el futuro mestizo un instrumento de control político sobre las colonias.

Empero, el cruzamiento racial prosperó rara vez cobijado bajo el manto de la legitimidad, siendo lo común el amancebamiento que multiplicó una bastardía objeto de discrimen en una sociedad de castas.

En su obra “La Tierra Siempre Verde”, el escritor Jorge Carrera Andrade refiere que la Real Audiencia de Quito estaba dividida en once clases sociales: la primera constituida por los blancos y la segunda por los mestizos; después venían siete clases de mulatos y cholos de distinto color de piel; la novena era de los indios, la décima de los negros y la última de los zambos, producto del cruce de estas dos.

Danza de indios disfrazados en día de Reyes

Danza de indios disfrazados en día de Reyes

En la cúspide de la pirámide estaba la burocracia profesional de la Audiencia compuesta por el presidente, ministros superiores, fiscal, oidores, corregidores y oficiales reales. Generalmente provenía de la baja nobleza, aunque también era gente ordinaria que hallaba en las colonias una posición social que le resultaba imposible obtener en España. Muchos pretendían poseer títulos nobiliarios y eran prepotentes y arrogantes en su trato con los naturales, que los apodaron despectivamente “chapetones”, es decir, bisoños.

El reducto de poder de los criollos fue el cabildo municipal conformado por los alcaldes y ocho regidores con derecho a la repartición de tierras y la propiedad de pulperías, aunque no podían disponer de la fuerza laboral indígena que era una prerrogativa audiencial. La corona permitió que pudieran comprar sus cargos, de modo que su ejercicio reunió a personajes pudientes.

El número de mestizos que llegaron a ocupar cargos de regidores, encomenderos y ministros fue en aumento, motivando la protesta de la comunidad española en Quito. En 1601 el rey Felipe III dispuso que no se puede otorgar ni vender estos cargos a los mestizos, “porque son alborotadores descontentadizos”. La respuesta fue la misma que con la mayoría de Leyes de Indias, según el dicho popular de época: “Obedezco pero no ejecuto”.

Francisco Coreal, un viajero que recorrió buena parte de las colonias en el siglo XVII denunció con ojo avizor: “Los indios nos miran como usurpadores y los criollos como extranjeros; si se entendieran entre ellos, hace mucho tiempo que nos hubiera hecho volver a España”. Advertía como fuentes de malestar, la ignorancia de los magistrados y la corrupción de los jueces, la avaricia eclesiástica, la incapacidad de los soldados que “más parecen salteadores de caminos”, y sobre todo el lujo y la ociosidad de los poderosos, que habían minado en el pueblo la autoridad y el prestigio del rey.

La primera rebelión contra la autoridad se produjo en 1592 con la Revolución de las Alcabalas, producto de un impuesto del 10 por ciento de las ventas en beneficio del virreinato del Perú que la población quiteña se negó a aceptar. Estuvo capitaneada por personajes del cabildo, criollos y mestizos. Siglo y medio después, en 1765, la imposición del monopolio del aguardiente en favor de la corona motivó la Revolución de los Estancos que, en medio de una violencia salvaje, obtuvo como satisfacción que los jóvenes “chapetones” abandonaran la ciudad para que no disputen el favor de las mujeres a los nativos.

Dos instituciones, la encomienda y la mita, fueron instrumentos fundamentales de la política de dominación colonial. Ambas tenían como denominador común el cobro del tributo de vasallaje a los indígenas. Resultó una especie de adaptación del trabajo forzado que había impuesto el incario a los pueblos sometidos.

La encomienda era una cesión feudataria que hacía el rey para el cobro de dicho impuesto, a cambio de ocuparse de la evangelización e instrucción de los indios, a la vez de conformar milicias en el evento de alguna amenaza a la paz. No suponía la concesión de tierras.

La mita, en cambio, como indica el significado de la palabra quichua, turno, tanda, tiempo, en lo que a trabajo se refiere, no fue empleada en explotaciones mineras, que fueron escasas, sino en el funcionamiento de obrajes textiles y cultivo de granos, así como crianza de ganado vacuno y caballar.

Según constataron los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que acompañaron a la Misión Geodésica Francesa (1735-43), el trato que recibían los indígenas era frecuentemente inhumado, bajo el poder de corregidores, curas y hacendados.
Los jesuitas fueron los más influyentes en el método educativo colonial basado en la filosofía escolástica de la Contrarreforma, cuya doctrina era la unidad de fe y ciencia, que cuestionaba el método empírico de observación de la naturaleza a través de los sentidos. Recién en 1757 permitiría liberar la doctrina del movimiento de la tierra alrededor del sol.

El médico mestizo Eugenio Espejo sería la figura más emblemática de la época; recibió el poderoso influjo del pensamiento de la Ilustración y el enciclopedismo francés, con sus ideas de libertad e igualdad entre los hombres y de formas republicanas de gobierno. Incluso jóvenes criollos que provenían de casas con títulos nobiliarios otorgados por la corona, participaron de la corriente crítica donde fue surgiendo el sentir antimonárquico.

Las reformas borbónicas implantadas a inicios del siglo XVIII que favorecieron el libre comercio con Europa, significaron la pérdida del mercado cautivo que tenían los obrajes quiteños en el virreinato del Perú, con el consiguiente empobrecimiento de la población. A la vez medidas restrictivas para el comercio del cacao a fin de favorecer la producción de Centroamérica y Venezuela, no hicieron sino acentuar el creciente malestar.

Sucesos como la independencia de Estados Unidos (1776), la revolución indigenista de Túpac Amaru (1780), la revolución francesa y la Declaración de los Derechos del Hombres (1789), ejercerían un efecto catalizador.

En Quito, la universidad confesional fue unificada y a la vez secularizada en 1787, como un reflejo de la demanda social por una mayor adaptación de las instituciones al espíritu de modernidad que conmovía al Nuevo Mundo. De sus aulas surgirían muchos de los líderes del Primer Grito de la Independencia del 10 de agosto de 1809, hito fundacional de la nación ecuatoriana. 
*Ex periodista y empresario, dedicado a los estudios históricos.

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