17 de agosto de 2014 23:51

Ecuador ha enfrentado tres
 epidemias en los últimos 20 años

joffre flores / el comercio
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Elena Paucar.  Redactora (I)

epaucar@elcomercio.com

El cólera, el dengue y la influenza AH1N1 han golpeado al país desde los años 90. Cuando el cólera llegó, Julio Palomeque era epidemiólogo del Ministerio de Salud en El Oro. Fue en febrero de 1991 y un mes antes la epidemia se había diseminado por Perú. Resguardaron la frontera, pero no fue suficiente. “Un vendedor de mariscos entró por mar a La Puntilla, en Tendales -recuerda-. Compró mariscos, dejó agua contaminada y se prendió la chispa”.

240 personas fueron las primeras en contraer la bacteria Vibrio cholerae, causante de esta patología intestinal aguda, caracterizada por diarrea, vómito, deshidratación rápida, colapso circulatorio… 12 horas bastaban para su impacto.

Para enfrentar el cólera se levantaron campamentos con cuidados especiales. Solo en ese año se reportaron 46 320 casos y 565 muertos; y hubo brotes menores en el 92, 95 y 98.

“Atendíamos a los enfermos como lo hacen ahora con el ébola, vestidos como astronautas. Y al identificar el modo de transmisión y las características epidemiológicas se facilitó el control”, evoca Palomeque tras su escritorio en el Servicio Nacional de Control de Enfermedades Transmitidas por Vectores, donde hoy es director.

La detección precoz, las medidas de control, las campañas informativas, más la infraestructura básica y el personal capacitado -tanto desde el Ministerio de Salud como del sector privado-, son para el infectólogo Washington Alemán la estrategia que ha contenido gran parte de las epidemias que se han presentado en el país en los últimos 20 años.

Con ese método, recuerda Alemán, se frenaron brotes de meningitis. Y aunque desde 1988 el dengue es endémico en Ecuador (este año hay 11 303 casos), su tasa de mortalidad es baja. Otros males, como el paludismo, están por ser erradicados -en 10 años redujo en 93% su impacto-.

La pandemia por la influenza AH1N1 es un ejemplo más cercano. Jhon Cuenca dirigió la sala de cuidados intensivos del Hospital de Infectología cuando se reportó el primer caso en Guayaquil, en el 2009.

Él fue testigo de la acción del virus, en especial en quienes tenían enfermedades de base. “Presentaban una gripe común y en menos de 24 horas estaban conectados a un respirador”.

Para reducir el riesgo se activaron cercos epidemiológicos y se suministró el fármaco oseltamivir a todos quienes presentaban síntomas gripales. Entre 2009 y 2010 hubo unos 2 200 casos y 130 fallecidos. Hoy, el virus es estacional y está controlado.

Pero la biomedicina marcó la diferencia en esta pandemia. En 2009, el investigador Washington Cárdenas clonó este virus en la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol). Lo inoculó en huevos de gallina, lo cosechó en laboratorio, extrajo su material genético e hizo la clonación. Así obtuvo las secuencias genéticas Espol 1, 2, 3, 4 y 5, que hoy son parte de una base mundial de datos.

Su hallazgo no quedó allí. En el laboratorio de Biomedicina de la Espol, Cárdenas y un grupo de estudiantes desarrollan un proyecto para hacer vacunas locales contra AH1N1 -también se adelantan ante las alertas por H5 y H7-, y también analizan el dengue.

En la sala de clonación, con la ayuda de células humanas, de mosquito y de perro, hacen un estudio genético del virus y examinan mutaciones que podrían ser únicas en el país.

A futuro, explica Cárdenas, y cuando el diseño de vacunas esté más avanzado, esperan implementar un laboratorio de prueba en animales. El proyecto cuenta con el aporte de la Espol, el Instituto Nacional de Investigación en Salud Pública (Inspi) y la Empresa Pública de Fármacos (Enfarma).

“Si viene una pandemia ya no esperaremos que llegue la vacuna de otros países. En 10 años tendremos la capacidad de hacer vacunas emergentes”, dice Cárdenas.

Otro proyecto es la elaboración de pruebas de detección rápida de chikungunya y ébola. Para hacerlo, solicitaron a una empresa de biotecnología estadounidense una síntesis del virus (un fragmento inocuo del virus, no infeccioso) para poder contar con un método de diagnóstico propio.

La actual alerta mundial por ébola no es el primer contacto entre Cárdenas y el virus. Entre 2003 y 2007 fue parte de una investigación en el hospital Monte Sinaí, en Nueva York. Ahí analizó la proteína VP35 del ébola. “Encontramos que el virus usa esa proteína para replicarse y para bloquear el sistema inmune”.

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