8 de octubre de 2017 00:00

¿Por qué los economistas buscan hoy la felicidad?

Los países nórdicos están en el ‘top’ de los países más felices del mundo; latinoamérica está en el medio.

Los países nórdicos están en el ‘top’ de los países más felices del mundo; Latinoamérica está en el medio.

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César Augusto Sosa
Macroeditor (O)

El dinero no es todo en la vida, pero sin dinero es impensable mejorar la calidad de vida de una persona. ¿O no? Algo similar ocurre con el crecimiento económico. No es suficiente para lograr el bienestar de una población, pero sin crecimiento no se puede crear riqueza, construir escuelas o reducir la pobreza.

Esta realidad ha hecho que el indicador estrella en economía: el Producto Interno Bruto (PIB), se haya mantenido vigente por décadas, desde que fue creado en los años 30. Sin embargo, en los últimos años han aparecido indicadores que le hacen competencia, ya que son más eficientes para medir el desarrollo o incluso la felicidad de los países, incorporando variables que van desde el cuidado ambiental o la religión hasta la ausencia de corrupción.

De todas formas, el PIB ha reinado en el mundo por cerca de 90 años. Su aporte se limita a valorar la producción de bienes y servicios de un país durante un período determinado, por lo general de un año.

Eso es suficiente para causar una revolución en el mundo económico, pues llegó en el momento preciso, cuando la economía lo necesitaba.

En la década de los 30 se había instalado la Gran Depresión en Estados Unidos y no había muchos indicadores que permitieran entender el problema para hallar una solución a la crisis.

Para salir de un período de depresión se necesita que la economía crezca, lo cual demandaba de un termómetro para medir ese crecimiento. Eso fue posible gracias al PIB.

El mentalizador de este indicador fue Simon Kuznets, un economista de la Universidad de Harvard, quien ganó el premio Nobel en 1971.

A inicios de los años 30, Kuznets presentó al Congreso estadounidense un informe denominado ‘Ingreso Nacional 1929-1932’, que dio origen al PIB, que en ese entonces era un sinónimo de bienestar.

El informe de Kuznets era lo que las autoridades necesitaban, pues ofrecía datos confiables sobre qué producía la economía de Estados Unidos, cada año. Con esta información ya se podía aplicar medidas para salir de la recesión.

“Simon Kuznets fue un gigante en la economía del siglo XX”, dijo Paul A. Samuelson, profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts y también Premio Nobel de Economía. Su aporte se difundió por todo el mundo, al punto que en la actualidad todos los países producen estadísticas sobre el Producto Interno Bruto. Eso permitió hacer comparaciones, ubicar a los más exitosos y ponerlos de ejemplo para el resto, lo que volvió más influyente a este indicador, el más usado por gobiernos y entidades como el Fondo Monetario o el Banco Mundial.

Pero el propio Kuznets se encargó de matizar su aporte. Dijo que es muy difícil deducir el bienestar de una nación a partir de su ingreso nacional. Y añadió que se debe tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento.

Así se anticipó a las críticas sobre este indicador, que no refleja, por ejemplo, la desigualdad ni los daños ambientales, no distingue entre la producción de alimentos o de armas y no considera si un país vive en democracia o no. En 1968, Bobby Kennedy dijo que el PIB “mide todo… excepto lo que hace que la vida valga la pena”.

Con esta frase reflejaba las nuevas corrientes de pensamiento económico, que consideraban que el crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo. Desde entonces se comenzaron a construir otros indicadores como el Índice de Bienestar Económico y Social, en 1989; el Índice de Desarrollo Humano, en 1990; el PIB verde, en el 2004; el Índice de Planeta Feliz, en el 2006, el Índice de Progreso Social, en el 2010; o el Informe de la Felicidad Mundial, que se publica anualmente desde el 2012.

Detrás de todos ellos está el concepto del desarrollo humano, basado en buena medida en las ideas de Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, así como de Joseph Stiglitz, quien obtuvo similar galardón en el 2001.

El trabajo de Amartya Sen dio paso al Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, que abrió la puerta a la construcción de indicadores orientados a ampliar las lecturas del desarrollo. “Ya no se contabilizó solo el crecimiento económico, sino que aparecieron otros elementos dignos de valoración: salud, educación, igualdad social, cuidado de la naturaleza, equidad de género y otros”, explica el economista Alberto Acosta en su libro ‘Buen Vivir-sumak kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos’.

Uno de esos mundos es Bután, un territorio fronterizo entre China e India, donde se utiliza, desde 1972, la Felicidad Interna Bruta (FIB) como medida de su riqueza. Para esto considera conceptos que van desde la calidad de vida hasta las presiones psicológicas que afrontan sus ciudadanos.

En el Informe de la Felicidad Mundial 2017, la jefa del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo habló en contra de lo que ella llamó la “tiranía del PIB”, argumentando que lo que importa es la calidad del crecimiento. “Prestar más atención a la felicidad debe ser parte de nuestros esfuerzos para alcanzar el desarrollo humano y sostenible”.

Esto se debe a que la gente valora cada vez más temas como la libertad para tomar decisiones, la generosidad o tener a alguien en quien confiar. Pero de todas formas, estos nuevos indicadores no han prerscindido del PIB, pues la riqueza es parte del bienestar. Basta ver a Noruega, un país rico y feliz.

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