1 de enero del 2016 00:00

Ellos dan vida a La Dolorosa de Chilibulo

En el aula virtual del Inepe, los profesores Marco Japa, Andrés Cobos, Andrea Raza (líder), Miriam Heinzl y Dayana Larco. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

En el aula virtual del Inepe, los profesores Marco Japa, Andrés Cobos, Andrea Raza (líder), Miriam Heinzl y Dayana Larco. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

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Agustín Eusse
Editor (I)
aeusse@elcomercio.com

Algo pasa en el barrio La Dolorosa de Chilibulo. Algo que le permite a su gente, el 70 por ciento de ella de escasos recursos económicos, vivir educada y dignamente, cobijada por la solidaridad, el afecto y el respeto mutuo.

A 3 100 metros de altura sobre el nivel del mar, el viento helado de las siete de la mañana que baja por las faldas del cerro Ungüi, suroccidente de Quito, se desvanece a medida que los ejercicios de taichi calientan los pequeños cuerpos de 20 niños. Son escolares de segundo de básica, que un jueves de diciembre se concentran en el patio central del Instituto de Investigación, Educación y Promoción Popular del Ecuador (Inepe).

La práctica, que junto con el yoga, el aikido y la meditación son parte del currículo, la dirige un campeón nacional de judo, Andrés Cobos, de 25 años. Él y otros 14 docentes entre 18 y 29 años de edad, la mayoría exegresados del Inepe, son la legión de talentosos jóvenes que integran este modelo holístico de educación. Este germinó hace 30 años por iniciativa de Lilian Álvaro y Patricio Raza, entonces activistas del movimiento estudiantil de la Escuela Politécnica Nacional.

Ellos acudían a Chilibulo Alto para alfabetizar a los adultos mayores. La pareja de educadores populares sintió, en la década de los 80, que los hijos y nietos de sus alumnos también carecían no solo del derecho a educarse sino de elementales servicios como agua, luz y vías en buen estado.

Allí, palpando de primera mano las necesidades de los habitantes del barrio, decidieron crear este programa comunitario y participativo. La idea era que sirviera para educar a sus propios hijos y a sus madres, la mayoría empleadas domésticas o vendedoras ambulantes que por su pobreza no lograron obtener un título.

Tres décadas después, el impulso impregnado por el Inepe le cambió la vida a La Dolorosa de Chilibulo. Levantado a un costado de la antigua vía a Lloa, el barrio luce renovado, con sus calles pavimentadas y limpias, con servicios de agua y luz. Con huertos e invernaderos, donde siembran productos orgánicos para el comedor, un centro de desarrollo infantil, la escuela y el colegio con aulas tecnológicas; un programa de formación docente virtual y presencial y múltiples proyectos de educación popular y salud comunitaria. El Inepe también protege la reserva ecológica Chilibulo-Hayrapungo de 330 hectáreas, donde los alumnos convirtieron a un exretén de Policía en un museo de sitio.

Esta iniciativa humanística y pedagógica -recalca Hozmana Narváez, madre de familia de dos niños estudiantes- le devolvió la vida y la autoestima al barrio. “Los profesores son muy preparados y afectuosos”.

El éxito de este emprendimiento educativo radica en el cuerpo docente -15 jóvenes y 47 de más de 30 años de edad- y en el enfoque humanista que aplican basado en el diálogo y la pregunta del pedagogo Paulo Freire. Esta nueva relación entre los maestros y los 675 estudiantes intenta poner algo de magia a la enseñanza.

Andrea Raza, joven líder del Inepe, de 29 años, con un masterado en idiomas, música y directora del programa de talento musical, explica que el conocimiento se construye respetando las características psicoevolutivas de los niños. Que sean críticos con base en la metodología de la educación popular, conectada con la solidaridad y la participación. Con la minga y la autogestión.

Por eso nada es impuesto. En las clases teórico-prácticas predominan los talleres, que surgen de las necesidades de los jóvenes. En los pasillos del plantel, en las aulas, en la cocina... los docentes y alumnos se llaman ‘compas’, ‘compita’ (compañeros). Lilian Álvaro, ahora maestra de física y quien dirige la planificación, dice que así evitan las jerarquías, lo cual no niega el respeto.

En un segundo patio del Inepe, los árboles de cholán y sus flores amarillas en forma de campanas se mecen mientras tímidos rayos de sol ingresan por uno de los ventanales del salón comedor. En su interior, manos laboriosas de cuatro mujeres, madres humildes y vecinas de Chilibulo, vierten en decenas de tazas una humeante colada de guayaba que, junto con un pedazo de torta, servirán a 160 párvulos de 0 a 6 años. Este sistema de economía solidaria permite que otros 515 estudiantes -desde los siete hasta los 18 años- se beneficien de la alimentación pagando un valor simbólico.

Igual ocurre con las pensiones. Son los papás quienes deciden cuánto pagar, de acuerdo con sus posibilidades. De esta forma los profesores, alumnos y padres siembran esperanza.

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