1 de febrero de 2016 21:03

La Dieciocho, un proyecto en zonas de tolerancia

Fotografía de la procesión del Viernes Santo, en la zona de tolerancia ­conocida como La Dieciocho, en Guayaquil, por Pedro Freire.

Fotografía de la procesión del Viernes Santo, en la zona de tolerancia­conocida como La Dieciocho, en Guayaquil, por Pedro Freire. Foto: Cortesía

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Alexander García
Redactor (I)

La mayoría lleva los nombres de sus hijos tatuados en los antebrazos. Se repiten los tatuajes de mariposas como una cábala, como la metáfora de una búsqueda de polinización, vuelo o metamorfosis.

Pedro Freire se sumerge en La Dieciocho, una de las zonas de tolerancia más grandes y conocidas del país, con un proyecto de fotografía documental. El fotógrafo independiente se aproxima a la historia de la calle Salinas (La 18), 120 metros entre las calles Cuenca y Gómez Rendón, a través de la vida de sus personajes.

El proyecto consiste en retratar a trabajadoras sexuales en los pequeños cuartos de dos metros por dos, con pequeñas claraboyas en vez de ventanas y ventiladores tan ruidosos como los catres.

Solo en los cuartuchos saca con total libertad su vieja Canon Rebel XT. Va en busca de lo estéticamente logrado en un sitio estrecho, marginal. “Lo que intento es retratar el ambiente, lo pequeño del espacio y tratar de conseguir una foto sugestiva, sin rozar la vulgaridad”, dice el autor.

Otros elementos son las fotos de ambiente de la populosa calle, son las fotos más difíciles, pues nadie quiere ver una cámara en un lugar de comercio sexual y todos rehúyen al foco.

Pero Freire consiguió tomas de las salas de baile erótico y de trabajadoras exhibiéndose en las puertas de los locales. También fotografió la procesión del Viernes Santo en La 18, donde los trabajadores muestran otra faceta: la de devotos, en una fecha en la que la tradición religiosa proscribe el sexo.

El proyecto contempla, además, mostrar a homosexuales que sirven la cerveza en los bares y a las trabajadoras sexuales de edad avanzada, que casi no consiguen clientes y que ahora se ganan la vida vendiendo otros productos.

Freire comenzó a fotografiar el lugar a mediados del 2014, casi de forma encubierta, en un trabajo sobre el que ha dictado charlas y que planea exponer en mayo próximo, en el Museo Nahim Isaías.

Las trabajadoras sexuales le piden hasta USD 30 para que pueda fotografiarlas y le dan los mismos ocho minutos para sus sesiones. Recibió muchas negativas antes de retratar a 10 de ellas, cuenta.

“Me les acercaba para explicarles que estaba haciendo un trabajo con miras a una exposición, diciéndoles que no las iba a tocar y con la condición de que iba a mostrarles las fotos. Si se sentían incómodas, simplemente las borraba”, cuenta el guayaquileño de 35 años.

“Por medio de mi trabajo rindo homenaje a esas personas que habitan en los márgenes de los que nadie se ocupa”, sostiene el fotógrafo.

Freire pretende llevar al espectador a lugares difíciles de registrar, a los que la mayoría no tiene acceso. Y repite una frase del artista británico Lucian Freud: “La tarea del artista es incomodar a los seres humanos”.

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