26 de marzo de 2017 00:00

¿En qué se parecen la Internet y la democracia?

El presidente Francois Hollande (izq.) posa para una selfie durante una visita a Vaulx-en-Velin, el martes último. Foto: AFP

El presidente Francois Hollande (izq.) posa para una selfie durante una visita a Vaulx-en-Velin, el martes último. Foto: AFP

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Gonzalo Arias
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La red social más utilizada del mundo, Facebook, alcanzó este año un total de 1 860 millones de usuarios activos, mientras que Twitter superó los 310 millones, y con tan solo cuatro años de “vida”, Instagram acaba de anunciar los 500 millones de usuarios.

La asombrosa revolución tecnológica de las décadas de los ochenta y los noventa sucumbió ante los volúmenes de datos que millones de usuarios producen cada día. Pareciera que aquellas innovaciones tanto en hardware como en software que cerraron el siglo pasado, quedan minúsculas ante la actividad que cada red social acumula diariamente.

Internet logró conectar y hacer dialogar a más de 3 500 millones de personas. Diariamente se están enviando casi 7 billones de correos electrónicos, escribiendo más de 500 millones de tweets, publicando casi 500 000 nuevos artículos en sitios como WordPress y subiendo más de 95 millones de fotografías a Instagram.

Un gran proceso de comunicación y conversación que solo es posible dimensionar a partir del uso de herramientas de análisis de la dimensión del Big Data. Inclusive, en algunos casos, es necesario complementar el análisis con un diccionario, para entender que dos billones, es decir el total de búsquedas anuales que se hacen a través de Google, significan 2 000 000 000 000 (dos más 12 ceros).

Como sucede con Internet, aquella herramienta creada a fines de los 60 para intercambiar información académica, la democracia no sería posible, y realmente no tendría sentido, sin el vínculo con el “otro”. La diferencia respecto al siglo XX es que actualmente, tanto los ciudadanos como los usuarios de Twitter, están expresándose, manifestando sus disconformidades y creando tanta o más información que la que reciben. Este hábito deja así en ‘off side’ las pretensiones arcaicas de muchos políticos, que intentan llegar a los corazones de los votantes, y eventualmente ganar elecciones, solo dando grandes y elocuentes discursos en la plaza pública. A veces emociona más una imagen en Instagram que un distorsionado discurso en altavoz.

La comunicación política, como vínculo estratégico que busca generar una relación entre los políticos y los ciudadanos, apunta cada vez más a influir en la conversación. Es en ese ámbito cotidiano de conversar donde muchas opiniones individuales se consolidan, reformulan o refuerzan.

A mediados del siglo XVII, John Locke escribía sobre la importancia que tienen este proceso y la influencia de los círculos familiares/sociales en las decisiones de los votantes. Es en esas charlas de sobremesa, en los momentos de descanso en el trabajo, en las esperas o momentos de ocio con amigos, donde la opinión está tomando forma.

Naturalmente que la “materia prima” o las cuestiones de las que hablamos en nuestras conversaciones no surgen de otro lado, más allá de lo que percibimos. Ni siquiera se puede afirmar que hablamos de lo que es real o irreal, de lo que existe, pasó o no, sino que simplemente hablamos de lo que percibimos que fue importante. Es en esas conversaciones donde se manifiestan la preocupación por el desempleo, la exclusión de un sistema que no distribuye justamente, donde los jóvenes no se sienten incluidos a una sociedad anclada en el siglo XX, que apenas es consciente de las revoluciones que aplastaron el siglo pasado, como la tecnológica, la sexual y la multicultural.

Actualmente, la comunicación política revaloriza el papel que las relaciones personales tienen en la formación de la opinión pública. Se pondera el valor que cada elector tiene para expresarse. La de hoy es una persona cualitativamente diferente a la que votó por primera vez allá por los 80.

Hoy en día quizás escribe posts en su blog, participa por periscope de una manifestación en Nueva York, hace un snapchat desde su departamento en Palermo, o simplemente tuitea que el legislador de su distrito es un corrupto.

A la hora que el lector esté terminando estas líneas, muchos de los datos señalados al comienzo habrán sido víctimas de lo efímero que caracteriza al “timeline” de las redes sociales. Millones de nuevos usuarios habrán abierto cuentas nuevas en Facebook o Instagram, y subido muchísimas fotos de momentos “únicos”. Se habrán producido miles de conversaciones nuevas entre tweets que van de un continente al otro, y escrito nuevos artículos en blogs, para que cientos de personas los comenten y compartan.

Pero lo que permanece allí incólume es el creciente papel que los ciudadanos adquieren en la formación de la opinión pública.

* Sociólogo y consultor político. Autor de “Gustar, ganar y gobernar. Cómo triunfar en el arte de convencer”, Aguilar, 2017.

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