29 de abril de 2018 00:00

Daniel Ortega se parece cada vez más a su peor enemigo

Una manifestante contra el Gobierno sostiene un cartel en que Daniel Ortega es puesto al mismo nivel de uno de los más férreos dictadores: Anastasio Somoza. Foto: Infobae.

Una manifestante contra el Gobierno sostiene un cartel en que Daniel Ortega es puesto al mismo nivel de uno de los más férreos dictadores: Anastasio Somoza. Foto: Infobae.

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Santiago Estrella
Editor (O)

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En las últimas movilizaciones en Nicaragua, los jóvenes -porque son mayormente estudiantes universitarios- entonan las letras de una canción de Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, uno de los mayores músicos del sandinismo inicial: “Ay, Nicaragua, sos más dulcita que la mielita de tamagas / pero ahora que ya sos libre, Nicaragüita, / yo te quiero mucho más”.

También recurrieron a otra de las frases más emblemáticas del poeta guerrillero Leonel Rugama, quien, en 1970, acorralado por la Guardia Nacional, se negó a rendirse ante Samuel Genie Lacayo al grito de “¡Que se rinda tu madre!”.

El sandinismo es una persistencia en el imaginario nicaragüense. Y los jóvenes trajeron de vuelta mucho de su carga simbólica, pero ahora con el afán de poner término al cuestionable gobierno de uno de los comandantes de la revolución que el 19 de julio de 1979 derrocó la tiranía de la familia Somoza, que gobernaba el país por 40 años: Daniel Ortega y su esposa -primera dama y vicepresidenta- Rosario Murillo.

Cuando el 19 de julio de 1979 el Frente Sandinista de Liberación Nacional se tomaba Managua, se había inaugurado una nueva idea de revolución latinoamericana. Era, en sí, una revolución democrática y popular (no es una tautología). El FSLN estuvo integrado por el amplio abanico social: campesinos y trabajadores, izquierda marxista, la Iglesia (“el evangelio me hizo marxista”, dijo el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal), mujeres, estudiantes, empresarios, los pobres...

No todo era rojo como se quiso pensar al comienzo, aunque es cierto que hubo consignas socialistas. La familia Chamorro o el mismo Edén Pastora, el mítico ‘Comandante Cero’, se separaron porque, al menos así lo dijo Pastora, el Frente se había llenado de comunistas.

Pero quizá lo esencial, lo que hizo de esta revolución algo tan referencial y tan admirado por un buen sector de los jóvenes del mundo, fue que se trataba de una revolución poética -quizá demasiado- que se manifestó en el antes, el durante y el después de su triunfo.

De hecho, en la película estadounidense ‘Bajo el Fuego’, de Roger Spottiswoode, los somocistas decían con recurrencia, como un insulto, que era una revolución de poetas. La campaña de alfabetización se hacía con música; el mismo Mejía Godoy enseñaba cómo fabricar bombas con música.

Y fue eso lo que hizo que, bajo la lógica de las militancias de los años 70 y 80, las izquierdas de varias partes del mundo llegaran a participar, ya fuera como combatientes antes de 1979, o como brigadistas para la reconstrucción del país.

A diferencia de otras revoluciones, como la francesa, la rusa o la cubana, el FSLN no se caracterizó por las ejecuciones denominadas populares. Somoza fue asesinado en Paraguay, donde se exilió, por un comando del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) argentino, liderado por Enrique Gorriarán Merlo, en uno esos actos de “hermandad revolucionaria”. Los exsomocistas que sobreviven afirman que sí las hubo. Ronald Sampson Osorio, el exjefe de las unidades móviles de la Guardia Nacional, asegura que el gran líder del FSLN, Carlos Fonseca, fue entregado por sus propios compañeros.

Ilusiones y poética sandinistas duraron poco. En su tesis ‘La revolución frustrada: triunfo y derrota del sandinismo’, Imanol Forno Fernández y Fidel Gómez Ochoa señalan que hay dos lecturas para entender el fracaso. La lectura más común y más militante es la presencia de los “contras”, financiados por EE.UU. con la participación de los exmiembros de la Guardia Nacional. Una lectura más contemporánea, sostiene, sin negar la constante amenaza militar que minaba cualquier proyecto, que la corrupción echó por la borda toda esperanza.

Las propiedades de Somoza y sus aliados, que no eran pocas -se calculan unas 5 000, no pasaron a manos del Estado. Fueron destinadas a cooperativas. Unas 200 000 personas se vieron beneficiadas. Pero no duró mucho en llegar “la piñata”, el nombre que pusieron a la repartija que hicieron varios líderes sandinistas. Entre ellos el más favorecido ha sido el presidente Daniel Ortega en su período 1979-1990.

Si los nicaragüenses se habían cansado de la corrupción, las elecciones de 1990 entregaron la Presidencia a una mujer que también fue sandinista: Violeta de Chamorro, hasta 1996. La sucedieron Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños (1996-2007).

Y los “nicas” también se cansaron del liberalismo y volvieron sus ojos al sandinismo, a un viejo conocido: Ortega, que ganó las elecciones. Pero, recuerda el politólogo Decio Machado, ya el FSLN y Ortega habían perdido toda orientación ideológica. “Fue un Ortega reciclado. Ya no habla de socialismo ni de revolución: avala el libre mercado, mantiene el TLC”. Es un país que mantiene el monocultivo, que es un principio del conservadurismo por excelencia. Es, además, fiel cumplidor de las recetas neoliberales. Las reformas previsionales, recuerda Machado, se ajustan a la receta del FMI. Y, paradójicamente, Ortega es aliado de Venezuela y de la Alba.

Las consignas sandinistas de estas marchas ven en la pareja Ortega-Murillo a un Somoza.
En Nicaragua se dice que no es él quien gobierna sino ella; el golpe de Estado que colocó a Anastasio Somoza García en el poder, en 1937, fue instigado por su esposa, Salvadora Debayle. Y queda un dato más: los ánimos de perpetuidad en el poder, a partir de modificaciones constitucionales.

Perpetuidad, corrupción y ahora represión, con más de 60 muertos. Nicaragua se cansó de un Gobierno que ni siquiera ha aliviado en algo la pobreza.

El escritor argentino Julio Cortázar escribió un libro memorable: Nicaragua, tan violentamente dulce. Pero ahora es violentamente amarga.

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