4 de March de 2012 00:01

White Boy Funk Sucks!

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Juan Fernando Andrade.
Es narrador y cronista. En el 2010 publicó ‘Hablas demasiado’ (Alfaguara). También es músico.

Nirvana dio su primer gran concierto en el teatro Paramount de Seattle la noche de brujas de 1991. Ese año lo partieron entre la grabación de su segundo disco y un largo pero nada glamoroso tour universitario, tocando para personas extraviadas al comienzo y rockeando con fans entregados al final. La banda era ‘cool’ y desconocida, Guns N’ Roses le daba la vuelta al mundo en un jet privado y Kurt Cobain tenía que remendar su guitarra después de romperla. Días después estábamos viviendo al revés.

‘Smells Like Teen Spirit’, la canción que gatilló el grunge sin proponérselo, había salido un mes antes, en septiembre, pero todavía no reventaba y aún era divertido tocarla (como todos sabemos, luego pasó de canción a trámite burocrático en vivo). En el Paramount, Nirvana se preocupó nada más que por eso, tocar bien, sin salirse de tiempo ni fallar un acorde, duro y rápido y all the fucking way. Ninguno pensaba en las giras por tres continentes que se les vendrían encima, en las diez millones de fotos para las diez millones de revistas, en la depresión post-parto ni en la heroína mezclada con pólvora. Cobain no había escrito en su diario: estoy enfermo por gritar todas las noches hasta reventar mis pulmones durante siete meses.

Live at The Paramount se lanzó el año pasado para celebrar dos décadas del álbum Nevermind. Es el único capítulo de la banda que se filmó en 16 milímetros y verlo-escucharlo es presenciar el momento en que una generación se separa de la anterior rompiendo el cordón umbilical con los dientes. Krist Novoselic salta sin zapatos, aprovecha la parquedad de Cobain para robarse el micrófono y hacer chistes aguados entre tema y tema, Dave Grohl mueve la cabeza y levanta los brazos convencido de que esa noche sí logrará arrancar sus tambores a golpes. Y Cobain come de su sueño antes de que el sueño se lo trague sin masticar.

El Paramount fue el Cavern Club de Nirvana y las personas que los vieron ese Halloween se llevaron puesta la última hora de libertad absoluta que produjo la banda. Música sólida sobre el escenario y mosh catártico abajo. Máximo nivel de poder.

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