9 de December de 2012 00:02

El virtuosismo del joven Van Dyck

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El primer cuadro de la exposición ‘El joven Van Dyck’ -en el Museo del Prado hasta marzo de 2013- es un autorretrato. Lo pintó con 15 años y ya hay técnica, energía y virtuosismo en él. Una combinación nada habitual en un pintor de esa edad.

Precisamente la muestra se centra en la producción del pintor belga hasta los 22 años, cuando parte a Italia para formarse. En esa época ya contaba con 200 obras a cuestas. 90 de ellas, entre cuadros y dibujos, están exhibidas en el museo madrileño.

“Es muy raro en el mundo de la pintura que un artista pinte tanto y tan bien desde tan pronto. La plástica es un arte que tarda en madurar, por ejemplo hay menos pintores prodigios que músicos prodigios”, dice el comisario Alejandro Vergara al intentar explicar la genialidad del pintor barroco. Un talento excepcional combinado con el lugar y el momento preciso -el auge entre el final del Renacimiento y el principio del Barroco- hacen de Van Dyck un referente pictórico universal.

Anton Van Dyck nació en Amberes en 1599. Aunque existen poco datos biográficos, su pasión por el arte habría empezado con 10 años. Pronto se convierte en discípulo de Peter Paul Rubens, cuya influencia marcaría toda su carrera. Van Dyck era ambicioso, quería ser rico y famoso, pintor de cortes y reyes. Era hipersensible y muy creyente. Es el pintor barroco de la elegancia y de las formas sinuosas, el mayor retratista del siglo XVII. La corte de Carlos I de Inglaterra lo tuvo como pintor oficial y su influencia definió la pintura inglesa durante siglos.

El comisario de la exposición analizó con EL COMERCIO cuatro obras clave para entenderla.

El prendimiento de Cristo

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Es el cuadro de mayor  formato del Van Dyck joven. Se lo entregó a Rubens cuando dejó Amberes a los 22 años. y él  lo guardó  hasta su muerte. El rey de España se lo compró a la viuda de Rubens, por eso pertenece al Museo del Prado. En él se ve un estilo muy personal,  y será el que marque su carrera en lo que le queda de vida, otros 20 años. Nos indica también que Van Dyck cambia de estilo muchas veces en  su juventud; quiere experimentar. Aquí se ven formas más estilizadas, elegantes. No son las figuras robustas y poderosas de Rubens ni las pinceladas venecianas, sino fluidas, como si fuesen banderas que ondea el viento, como si las figuras formaran una llama. La estilización de las formas le van a caracterizar el resto de su carrera. Además, muestra  un sentimiento religioso profundo, gran intensidad emocional. Aquí Van Dyck capta el momento preciso de la traición de Judas. El artista se interesó en la energía de la agresiva muchedumbre.


Autorretrato

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Lo pinta con 14 o 15 años. Muestra un artista con mucha personalidad y fuerza,  mira al espectador con intensidad. Se pinta despeinado, con aspecto genial, inspirado y con estilo. Más que la técnica, que es de pincelada densa, lo interesante es la imagen de confianza en sí mismo que da el artista, algo que sobrepasa su edad. Van Dyck tiene el hombro ligeramente echado hacia adelante y con la cabeza girada hacia el espectador; como si estuviera pintando delante del caballete y en ese momento hubiera girado la cabeza por encima del hombro para mirarse en un espejo colocado fuera del cuadro, en el espacio del espectador. Este autorretrato se relaciona con la tendencia pre Romántica de los artistas de buscar su propia identidad e individualidad y como una forma de comunicar las pasiones a través del gesto.


San Jerónimo

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Aunque la obra se  acerca a Rubens y titubea, se trata, sin lugar a dudas, de una obra muy personal. Sobre todo por la pincelada expresiva, ya no descriptiva, que solía distinguir a sus pinturas. Es una forma de pintar originaria de la tradición veneciana de finales del siglo XVI. Aquí  se ve al pintor alinearse con ella y ya no tanto con lo aprendido de  Rubens. Van Dyck pinta un segundo cuadro muy similar ‘San Jerónimo en el desierto’.  De cerca se aprecia en el primero un manto sobre las piernas del santo hasta los tobillos, pero posteriormente lo repinta y retira el manto  para que se viesen las extremidades inferiores. En el segundo lienzo no se ven correcciones. Por ello sabemos que pintó inicialmente ‘San Jerónimo con un ángel’. Esto nos demuestra también que en ese momento se hacían réplicas de las obras para poder ganar más dinero. La imagen de San Jerónimo fue muy recurrente en la pintura de Van Dyck, quien era muy católico, pues su familia lo era; tuvo tres hermanas monjas.


Cristo con la cruz a cuestas 

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Es su primer cuadro  público, no lo ejecuta para aprender, sino por encargo para la iglesia de los dominicos de Amberes.
Es 1618, año en que el gremio de pintores de la ciudad le nombra maestro pintor, es decir artista independiente. En esta obra, Van Dyck se acerca mucho a Rubens, que no es solo es su mentor sino el pintor más importante de Europa en ese momento, y a la vez muestra una forma muy personal de pintar. Esta tendencia  se basa en el gusto por unos rostros expresivos de apariencia tosca o rústica y la vez por perfiles sinuosos. Esta combinación marcará su carrera: la necesidad de acercarse a su maestro por un lado y por otro el deseo de mostrar su propia personalidad. El catálogo de la exposición destaca el interés y la capacidad intensa y patética del hecho religioso que se mantendrá en el trabajo posterior de Van Dyck.

Dentro de la exposición también se puede ver que Van Dyck solía realizar numerosos dibujos preparatorios.

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