22 de May de 2011 00:02

Técnica y contra narcisismo

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En una de sus últimas aportaciones teóricas, Jorge Eines, maestro argentino radicado en Madrid, habla de la dignidad técnica del actor como un único lugar con el cual conciliar la posibilidad del arte, que para unos y para otros, se ha visto pervertido a favor de ideas apolíneas y también en desprestigio de reputaciones personales sufridas ampliamente por las mujeres de la escena -nombradas putas- y los varones, a quienes la deshonra los ha feminizado.

Y es que, más allá de la desaparición del teatro en nuestro medio, gracias a nuestro propio descuido, a manos de los monstruos de la ignorancia y el bien hacer televisivo, más allá, dice Eines, está la dignidad con la que un actor puede enfrentarse a un trabajo de manera técnica. Su oficio, pues se convierte en dignificante y solo un proceder digno es una puerta clara a la creación de públicos y, ni qué decir tiene, la construcción de discursos estéticos.

Esto no ocurre en Ecuador. Hartamente estamos acostumbrados a la ignorancia que nos ha aburrido en la butaca del teatro, de tal manera que, ya, casi ni teatros hay. La negación de nuestras excelentes escuelas nacionales (de la Universidad Central del Ecuador, o de la Universidad de Cuenca, por ejemplo), ha abierto la brecha de cientos de actores profesionales que han abandonado para siempre las tablas, casi sin pisarlas y, por otro lado, una pequeña docena de entusiastas actores talleristas, que se han formado en el famoso invento del taller de teatro de un mes.

Tenemos que incorporar una mirada de autocrítica que reconozca esta malsana ignorancia. Ese es el lugar de refundación que el teatro ecuatoriano necesita; la dignificación del espectáculo, que no puede convertirse en una atolondrada exposición a cualquier ambiente y lugar, sino a un adecuado convenio con un espectador que debiera de empezar a reclamar calidad técnica.

Si en alguna de las esporádicas visitas a alguna de las obras de teatro, usted, lector, se preguntó por el frío o el ruido que acompañaba a dicha obra. Una pregunta sana, que lejos de distraer, podría convertirse en una demanda desde la butaca. Las gentes de teatro, y en esto incluyo a quienes no se consideran y esquivan subrepticiamente el bulto, como el Ministerio de Cultura, nosotros, digo, podríamos empezar a contar con ciertas demandas que justifiquen nuestra presencia. Así como el actor, la actriz, quien antes de la obra trabaja técnicamente, para que su aparición en las tablas tenga que ver con algún aspecto técnico y no con la defensa de ninguna reputación personal, con dignidad técnica.

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