16 de August de 2010 00:00

Teatrando Quito presenta tres obras con trasfondo histórico

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Redacción Cultura

El patio de la casa 760 de la calle García Moreno, en el Centro Histórico de Quito, luce distinto por estos días. Alrededor de la pileta central y de los dos árboles que hay en la antigua casa se levanta un escenario negro. Una silla y una imagen de San Antonio sobre una mesa con un mantel rojo están sobre él.

En esa tarima se representarán, desde el 19 de agosto hasta el 18 de septiembre, tres obras de teatro histórico, interpretadas por el grupo Quito Eterno.Cuentan que la casa, que actualmente es un museo, es del siglo XIX y perteneció a María Augusta Urrutia. Su arquitectura e historia encajan perfectamente con la idea del grupo.

Quito Eterno se dedica, desde hace ocho años, a presentar recorridos teatralizados a los turistas nacionales y extranjeros en las calles del centro colonial. Pero desde hace tres años se han planteado posicionar el teatro histórico como una opción cultural en la ciudad, según Javier Cevallos, quien representa al seminarista Gaspar de Mogrovejo, en la obra ‘El danzante’.

“Nosotros entendemos el teatro histórico como obras que han tenido investigación histórica tanto en la estética como en los discursos”, afirma Cevallos. La obra en la que él actúa fue la primera apuesta dramática de Quito Eterno, bajo el concepto de teatro histórico, hace dos años.

El año pasado montaron ‘El santo que da marido’, una obra protagonizada por Carmen Ruiz y María Isabel Ruiz.

Y este año completaron el ciclo con el montaje ‘La Brava’, una farsa titiritesca, original de Yolanda Navas. Es una pieza para público adulto sobre la vida de Manuela Cañizares y que cumple con otro propósito de Quito Eterno: desmitificar a los personajes de la historia patria.

Se trata de trabajos independientes que desde este jueves se unirán en el ciclo Teatrando Quito, mes del teatro histórico, que durará cinco semanas a partir de este jueves. Según Lucía Yánez, miembro del grupo, “el componente que los une a todos es la historia de Quito y la creación de los personajes, que ha llevado muchísimo tiempo”.

El trabajo que cada actor hace con sus personajes es profundo, según cuenta María Isabel Ruiz. “Cada uno ha logrado una empatía y una pasión con los personajes que interpreta. Los que más me gusta son los que he conocido más a través de lecturas, investigaciones, conversaciones con historiadores... He representado a Manuela Sáenz, por ejemplo, y me volví fanática”, dice.

Siente un encanto similar por conocer la historia de Ana Luisa Muñoz Jiménez, la mujer a la que representa en ‘El santo que da marido’. Ella vivió también en el casco colonial, en La Ronda, y su casa del siglo XVII aún está en pie. “La obra fue un pretexto para hablar de las mujeres a inicios del siglo XX, de las opciones que tenían: ser monjas, beatas, quedarse solteras y demás”.

La experiencia de relacionarse a fondo con la historia ecuatoriana y sus personajes ha sido enriquecedora para el grupo. Javier Cevallos dice que “es una aventura representar un personaje, porque nunca sabemos cómo va a terminar funcionando”.

Y su fórmula ha funcionado en la medida en que han encontrado la manera de dar un uso diferente a los espacios y tratar de articularlos con la historia. Lucía Yánez cuenta que al definir el escenario ideal para presentar las obras tenían varias opciones. Y poco a poco se dieron cuenta de que cada espacio se transforma.

A Javier Cevallos le atrae la experiencia europea de teatro total, donde hay altos presupuestos. Allí, dice, “Ariane Mnouchkine decide botar media pared de su Teatro del Sol y cubrir el resto con piel de oveja para presentar ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca. Obviamente en nuestra realidad no hay eso, pero en vez de echarnos a llorar por eso, hay que ser creativos”.

Al final, los actores se adaptaron al lugar y vieron que la casa misma es una escenografía. “El entorno nos ayuda a crear ese ambiente, esa evocación, y que el público salga de alguna manera tocado, conmovido o nostálgico”.

Montar estas obras, encontrar los personajes con los que la gente se identifique y ver sus reacciones es algo que disfrutan. “Es bacansísimo el poder evocador que tienen los personajes”, dice Cevallos.

Con un trabajo constante de investigación, que es como prepararon este ciclo para recorrer la vida de Quito a través de las artes escénicas. “La idea es divertirnos con nuestra historia, pero también que sea una reflexión de un conflicto para el público”, concluye.

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