Taky Kamak recupera los sonidos andinos

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Diego Ortiz. Redactor

Militar. Profesora. Ingeniero. Doctora. Abogado… ¿Músico? Tan sólo 11 meses se han necesitado para que entre los sueños de más de 200 niños y jóvenes de Colta (Chimborazo) y sus alrededores, las notas de un pentagrama comiencen a definir sus futuras carreras profesionales. Si bien quieren ayudar a la gente curando sus enfermedades o cuidando a sus animales, también desean aprender a interpretar un instrumento y transmitir sus conocimientos musicales a las próximas generaciones.

Esto es lo que se vive entre las filas de Taky Kamak, una orquesta étnica infanto-juvenil integrada por 144 artistas fijos (60 músicos, 48 danzantes, 36 cantantes), además de otras decenas de aprendices, quienes desde a la orilla de Colta están recuperando el patrimonio sonoro y musical de sus pueblos.

El proyecto arrancó en marzo del año pasado, bajo la dirección del maestro Martín Malán. Músico desde niño, Malán es la digna representación de un hombre-orquesta: canta, baila, dirige a la orquesta, sabe interpretar más de una docena de instrumentos y, asimismo, es profesor de estos artistas. Gracias al apoyo de la Vicepresidencia de la República, del Ministerio de Cultura y Patrimonio y del Municipio de Colta, él ha armado esta agrupación, cuyo único requisito de admisión es sentir verda­dera pasión por el arte.

El nombre Taky Kamak es un juego de palabras, cuya combinación resulta tan especial como difícil de interpretar en otra lengua que no sea el quichua. Las mujeres de la orquesta lo traducen como "el que lleva el ritmo del canto y la música". Los hombres, en cambio, dicen que con el término se refieren "al que cuida, protege y difunde el arte". Dos visiones sobre una misma práctica artística que ha agrupado a gente de diversas etnias: mestizos, coltas, puruháes, etc.

Es esta mezcla de nacionalidades la que ha permitido alimentar las filas de músicos con instrumentos de lo más diversos. Violines, guitarras, charangos y arpas comparten el mismo protagonismo que bocinas, churos, huancaras, pingullos, pífanos… Y a diferencia de lo que sucede con músicos que trabajan siguiendo su memoria sonora, estos niños y jóvenes están aprendiendo lectura y escritura de partituras. Sólo de este modo, opinan varios de ellos, su música logrará resistir al azote del olvido.

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Pero no solo musicólogos e historiadores han desatendido el estudio y la práctica de esta música, también la gente de la comunidad se había alejado. De hecho, la mayoría de los intérpretes, entre los 6 y 20 años de edad, por primera vez conocieron el sonido de una ocarina al formar parte de la orquesta. En las investigaciones arqueológicas se evidencia que este instrumento formaba parte de la América Prehispánica, pero la tradición se rompió.

La inclusión de profesores de localidades como Riobamba ha dinamizado el proceso de elaboración y rescate de las sonoridades estos pueblos. Edison Jacho, un maestro riobambeño que trabaja en este proyecto seis días a la semana, comenta que hay un intercambio con sus estudiantes. "Mientras se les enseña la lectura de una partitura, ellos nos enseñan tonadas propias de sus comunas". Gracias a esto, según Malán, se ha organizado un repertorio con 24 obras (12 de música andina y 12 de autóctona, es decir específicas de cada comuna).

El plan de trabajo de la orquesta, a razón del maestro Oswaldo Huilcapi, encargado de la parte dancística, se encuentra divido en tres partes. Las dos primeras, integración y educación musical, están llegando a su fin, por lo que se alistan para arrancar con la tercera: las presentaciones. Si bien su debut fue en Perú en octubre del 2013 y con la participación de aproximadamente 60 músicos, para este año están planificando una gira nacional. En esta, dice Malán, quieren dar a conocer la incursión de la agrupación por el mundo sinfónico. Además, desde hace unas semanas, los miembros de la orquesta están fabricando sus instrumentos. Si bien ahora cuentan con unos 400, estos resultan insuficientes frente al repertorio que pretenden desarrollar en los próximos años. Al igual que la laguna del Colta, ellos quieren ser un oasis para las melodías de sus pueblos.

Otra de sus metas para este año es encontrar un lugar ­estable para trabajar. Ahora lo hacen en un centro comunitario, al borde de la laguna y a pocos minutos a pie de la histórica iglesia patrimonial de Balbanera. En este espacio tienen clases de lunes a sábado, por cerca de cinco horas. Hacia finales del 2014 esperan hacerlo en la Escuela CEC Santiago, de Quito. Como pasa con las mejores orquestas del mundo, Taky Kamak ya em­pieza a requerir su propia sala de ensayos.

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