6 de April de 2011 00:00

Símurgh va en busca de la tradición

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El teatro como un camino para encontrarse con ese ‘yo oculto’ que todos (individuos o sociedades) llevamos en alguna parte. Esta es la propuesta alrededor de la cual Teatro Símurgh ha levantado seis obras en cinco años de trabajo, las mismas que se muestran hasta el próximo 12 de abril.

‘Cantores’, ‘Madame Aissata’, ‘El niño de maíz’, ‘Del agua y del fuego’, ‘Camino al manantial’ y ‘Pulcinella’ han ocupado desde el 2006 el genio creativo de Fiore Zulli (director, italiano) y Carla Robertson (actriz, boliviana), quienes están al frente de la compañía y comparten un taller permanente de creación con las otras nueve personas que conforman Teatro Símurgh.La leyenda surgida alrededor de ese pájaro mítico que los antiguos persas bautizaron como Símurgh es la base de donde parte esta experiencia dramatúrgica. “Es como un largo viaje que se realiza para finalmente encontrarse con uno mismo –cuenta Fiore–. Este nombre para mí es una guía de lo que es el trabajo teatral. ¿Por qué se hace teatro? Esta es la pregunta sobre la cual trabajamos”.

Junto a Carla y Fiore, desde el inicio han estado Jaime Boada y Adriana Herrera. Ellos se iniciaron en la compañía con el TEIT (Taller Estable de Investigación Teatral), que se abre periódicamente y además de la investigación y formación continua del elenco busca encontrar “gente interesante para el teatro e interesada en el teatro”, asegura el director. Solo Jaime y Adriana cuentan al momento con un unipersonal (monólogo); el de Adriana se llama ‘El niño de maíz’.

Cuando está en el escenario interpretándolo, Adriana parece estar completamente sola en el mundo. Como si no hubiese nadie frente a ella, mueve lentamente sus piernas y los sonajeros que lleva en los pies anuncian su movimiento. El sonido de un pingullo (instrumentos andino de viento, semejante a un flautín) la acompaña en esta obra, que habla sobre el alimento, tanto material como espiritual.

Este texto, como los restantes cinco del repertorio de Símurgh, lo escribió Fiore. Es la adaptación de un cuento de la tradición Totonaca, de México, que narra cómo nació el maíz; en la versión que interpreta Adriana se habla más de qué es el alimento y sus múltiples significados.

Las obras de esta compañía están basadas y enfocadas en la tradición de varias culturas del mundo. “Nuestra fuente para crear es todo aquello que encierra un conocimiento ancestral”, dice Fiore mientras envuelve una soga alrededor de una especie de aro de metal, sentado en el frío piso de baldosa del subsuelo dos del Centro Cultural de la Universidad Católica, que es donde tienen su oficina y espacio de ensayos.

En este lugar, el elenco del Teatro Símurgh hace sus investigaciones y atesora el variado material (desde máscaras, hasta alfombras) llegado de todas partes del mundo, que completa esa visión y vocación multidiversa.

En ‘El niño de maíz’, por ejemplo, se juntan las tradiciones mexicanas con las chimboracenses. Adriana hizo una investigación sobre los mitos antes de montar la obra. Esta fusión es natural dentro del grupo, pues la propuesta precisamente es “no quedarse exclusivamente con elementos de una tradición, sino combinarlos para crear algo con sentido”, cuenta Fiore con su indisimulable acento italiano.

Otra de las ideas que rige el teatro que hacen es la de proponer historias para un público universal, pues “la realidad del mundo ya no es nacional ni regional y el lenguaje tiene que ser el resultado de esta contaminación”. Por eso están abiertos a utilizar un canto andino junto con una percusión africana; y trabajar un texto que viene de Asia para ponerlo en un contexto local.

La contemporaneidad es otra marca de su propuesta; para ello, si bien sus historias suelen tener origen en las tradiciones, las trabajan de tal manera que tengan que ver con las necesidades, las lógicas e ideas que emanan de la sociedad contemporánea.

Todo, según Fiore, con un fin: “Que la gente se divierta y que no salga del teatro apaleada”.

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