16 de September de 2012 00:02

El rock te paga con rock, ‘world tour’ con el Pika

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iguzman

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Tiene la pinta de un skater cool que acaba de salir de la pubertad. Es la facha completa y no solo una cara-de-niño, con ese cutis blanco/rosadito casi fragante que me da un poco de envidia. Juan Fernando Andrade (Portoviejo, 1981) también tiene uno de los males cliché del escritor: insomnio. Condición ocasionada, en su caso, por el mal cliché del músico: tinnitus (un pitido que no lo deja dormir). Juan Fernando es cronista, ha escrito una novela, también el guión de una película, y ha grabado tres discos.

Me entero de que sufre de ambos males en la sala de espera del aeropuerto de Manta, cuando me ofrece una pastilla para dormir. Ambos tenemos mil cosas en la cabeza y estamos agotados; el Pika –como le dicen algunos de sus amigos– más que yo, porque viene de una gira de cuatro días, que terminó la mañana de ese mismo domingo en Portoviejo.

–No puedo creer, lo logramos, maricón: cuatro noches, cuatro ciudades.

Le dice a El Colorado –Nelson Coral, guitarrista y vocalista de Los Pescados, la banda de ambos– el sábado, a eso de las seis de la tarde, cuando el paisaje anuncia que Portoviejo ya está a tiro de piedra.

Para entonces ya llevo un día intentando seguir su ritmo. Imposible. En ‘Hablas demasiado’, la novela que publicó con Alfaguara en el 2009 y ya va por la quinta edición, Miguel, el protagonista, dice: “El rock te paga con rock”. Cierto, en la ficción y en la vida real; lo que Juan Fernando y El Colorado no ganan en plata, se lo llevan puesto. La tocada y la farra dejan muchas cosas para contar, para saberse vivos.

Miércoles, Quito; jueves, Guayaquil; viernes, Cuenca; sábado, Portoviejo. Lo logran, como aparece en los créditos de su último disco, ‘Por la boca muere el pez’ (2012), gracias a “todas las personas que nos han dejado dormir en sus casas”. En Cuenca, el anfitrión es André Astudillo, un profesor de inglés, fanático del rock.

En la sala de su casa, mientras él y Lucas Alemán (integrante del grupo cuencano Los Zuchos del Vado) preparan unos tacos para ir bien comidos al concierto, el Pika y yo conversamos de cómo empezó esto de ser pescado. Lo típico: un adolescente “vaguísimo”, que se interesaba más por la música que por la tarea; un hijo de buena familia, castigado, por razones varias, con la prohibición de tocar con sus amigos; ninguna instrucción musical formal, puro oído, puras ganas; un pelado deslumbrado con el mundo que veía a través de MTV (descubrimiento que le debía a la reciente llegada de la televisión pagada a Portoviejo a mediados de los 90).

Nelson y él hacen música desde la época del colegio Cristo Rey; eso se nota cuando uno los ve en el escenario y parece que hubiesen nacido para tocar juntos. Mientras Nelson se prepara un té de jengibre (ambos vienen sobrellevando la gira con la garganta hecha pedazos y por eso comparten un frasco de Notusín expectorante, que toman a discreción en todo momento), Juan Fernando toca la guitarra, “fogateramente, nomás”, y sigue hablando.

Se llaman Los Pescados porque ambos son costeños viviendo en Quito, en donde a su llegada eran como peces fuera del agua. La banda que formaron en el colegio se llamaba Noise. Su primer disco fue ‘El año del pescado’ (2007) y el segundo ‘No somos siameses’ (2009). Este es el último concierto antes de un ‘break’ largo que van a hacer; cada uno tiene planes que van por caminos distintos. El Colorado se nos une en la sala, le pide la guitarra y entona ‘Every rose has its thorn’, en onda fogata.

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–¡Poison y té de jengibre! No puedes contar eso.

Se ríe mientras me lo dice. No entiendo el prurito de Juan Fernando hasta dos horas después, cuando los escucho por primera vez. Su onda es dura, cero glam, puede llegar a tener un matiz blusero pero hasta ahí. Siendo el cronista que es, con un premio Jorge Mantilla en su CV y sus textos rodando en las revistas más prestigiosas e interesantes del país, cuando un par de horas antes le dije que no los había escuchado me regañó amablemente y siguió armando su batería, como de memoria. Para compensar el error de procedimiento en la pre-reportería, ahora tengo sus tres discos.

En Welcome to the Machine, el bar cuencano ‘under’ en el que tocan, la fanaticada está más cerca de la adolescencia que de ningún otro grupo etario. Se pasea entre ellos, con su última adquisición al hombro: un bolso con la cara de Charles Bukowsky estampada, que compró en la Feria del Libro de Lima a la que fue como invitado; lo veo moverse entre los chicos y parece uno más. Entonces lo aborda Pablo Galindo, que es fan de la banda desde que la escuchó tocar en La Merced (cerca de Cuenca), hace tres años. Juan Fernando le presta toda su atención, genuinamente. Pablo vuelve con sus amigos y se le acerca Delia Bravo, para pedirle que le autografíe el último disco. Firma, va al camerino, toma Notusín y se despide de los amigos convocando a la buena suerte con un: “¡Mucha mierda!”. Y empieza el concierto.

Luego de dos canciones, coincido con Pablo en que “tienen power”, como los White Stripes. Otro fan prefiere compararlos con Led Zeppelin. A mí me suena bien. Parafraseando a Juan Fernando cuando algo le gusta: Los Pescados rockean.

De Cuenca a Portoviejo, en clave de road movie

Mientras el pequeño auto serpentea atravesando El Cajas, rumbo a Manabí y conmigo al volante, Nelson duerme en la parte de atrás, acomodado en el espacio mínimo que dejan la batería (una Ludwig Fab 4, “igualita a la de Ringo”), la guitarra y el equipaje. Vamos a tope, sin poder mirar por el retrovisor. Pero eso no importa, Juan Fernando y yo no paramos de hablar. Conversar con él es fácil y tremendamente agradable. Debe ser porque hace un montón de cosas a la vez y por eso sabe de esto y de lo otro…

–Me meto en muchas huevadas.

Las ‘huevadas’ de turno son: una antiguía turística que se llama algo así como Quito Bizarro (ya existen sus versiones de Bogotá, Santiago, Buenos Aires, México DF; la de Quito se hace en coedición entre Dinediciones y Santillana); colaboración en el consejo editorial de la revista Diners; una crónica sobre los tramoyas por los 125 años del Teatro Sucre; y la residencia para terminar el guión de una nueva película, con el auspicio del Fonca (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) de México. Este será su segundo guión; ya escribió el de ‘Pescador’, película que dirigió Sebastián Cordero.

Además, Juan Fernando parece que no puede parar. Si estamos en El Cajas, se pregunta por Pachi Talbot (la vidente de los 90); poco antes de pasar por Nobol, me menciona a Lorena Bobbit, y nos acordamos de su ex marido castrado devenido en estrella porno. Quiere saber qué será de ellas, quiere escribir sobre ellas.

Las casi tres horas que separan Cuenca de Guayas dan para hablar de todo. Entran en escena: la fauna literaria local, a veces tan inteligente que es ilegible; su llegada al periodismo luego de sus pininos con reseñas de discos y una nota en Soho sobre por qué un hombre no debe escuchar a Tranzas (sí, los de ‘Plástica’ y una saga de hits románticos noventeros); el semestre de administración de empresas que hizo antes de decirles a sus papás que se quedaba en Quito y en la San Francisco, pero a estudiar cine y video; Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Julio Villanueva Chang, todos leyendas vivas de la crónica latinoamericana, todos amigos suyos.

En un punto de la Costa, donde me debo sacar la chompa porque el calor arrecia, caemos en terreno político. Tal vez la enorme cantidad de propaganda vista en el trayecto nos ha llevado al tema.

– Yo sigo teniendo con la política la misma relación que tenía a los 12 años: es eso aburrido de lo que hablan los papás. Pero cuando el 10 de agosto Correa sale con esto de la firmas, eso ya es otra cosa. O sea, según él todos los partidos son unos tramposos y solo en el caso de Alianza País las firmas falsas son un error. ¿Tú lo puedes creer? Chucha, eso ya no es política, ¡eso es literatura! Así como cuando Kaviedes no va a entrenar al enésimo equipo que lo contrata, porque está chuchaqui… eso ya no es fútbol, eso es literatura.

Paramos a comer. Después de almorzar como que todos nos achatamos y vamos hasta Portoviejo la mayor parte del tiempo callados. Recién pasada la medianoche, la energía incombustible que lo caracteriza, sobre todo cuando está al mando de la batería, está de regreso. Y ya no es ni Juan Fernando ni Pika, es Juancho, un rock star portovejense.

–¡Vamos Portoviejo, chucha!

Los fans/amigos, que lo va a ver a La Fábrica, devuelven su arenga con algo muy parecido a un aullido y luego corean sus canciones: “Al final del mar, somos todos pescados” o “Hazme todo el daño que me puedas hacer”. Gritan: “¡Olé, olé, olé, oleee… Pescados, Pescados!” , con la emoción propia de una general de estadio. Como se nota y él mismo me cuenta, luego de más de una hora de concierto, Los Pescados tienen seguidores a lo Rolinga, “súper de corazón”. Le piden las baquetas y las regala, llega un periodista local a entrevistarlo, le buscan para brindarle cerveza. Juancho demora varios minutos en cruzar los escasos tres metros que separan el escenario de la barra, porque todo el mundo lo saluda, le dice algo, lo abraza...

La madrugada se alarga hasta convertirse en día. Pero no logro coger el ritmo y me voy al hotel mucho antes de que eso suceda.

La próxima vez que nos vemos es en el aeropuerto, cuando me cuenta lo del pitido y ya los dos tenemos la cabeza en lo que se viene cuando aterricemos en Quito. Él tiene que llegar a meter la ropa en la lavadora y la secadora, para volver a empacarla para el viaje que emprenderá en pocas horas (tiene que estar en el aeropuerto a las 04:00) hacia México, donde estará tres meses trabajando en su guión. Y yo tengo que enfrentar la presión de escribir sobre alguien que escribe, y lo hace muy bien.

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