La revitalización de la crónica en el país

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Diego Ortiz. Redactor

La historia de la crónica en el país es bastante similar a los grandes pliegos de papel que salen de los sismógrafos. En ciertos momentos hay un movimiento incesante, fuerte, que motiva a los cronistas a salir a las calles para luego narrar sus aventuras. En otras ocasiones, en cambio, aquellos se recluyen en pequeños círculos editoriales, apenas mostrando la realidad.

Ya en la década de 1930, cuenta la escritora Gabriela Alemán, en una entrevista dada a El Universo tras haber ganado el primer lugar del premio de Crónica de Ciespal, días atrás, hubo una gran producción de crónicas en el país. Los suplementos literarios se convirtieron en los espacios predilectos para este tipo de textos. Fueron, en sí, grandes columnas de autores como Pablo Palacio o Joaquín Gallegos Lara, que permitieron conocer parte del pasado ecuatoriano (sobre esto, el editorialista Philip Graham diría que "el periodismo es el primer borrador de la historia").

Pero en la segunda mitad del siglo XX la crónica atravesó por una suerte de crisis. Ya no se producía con tesón. Académicos como Esteban Franco deducen que parte de la culpa nació gracias a la novela, el cuento y la poesía, tres géneros que arrastraron consigo a cientos de escritores en su afán de publicar textos que vayan en sintonía con el llamado 'boom latinoamericano'.

El cierre de un siglo en el que constantemente se puso a prueba a la libertad de expresión supuso una revitalización de un género que se construye a partir de las voces de todos los implicados. Desde 1990 en adelante, la crónica ha ido adquiriendo mayor protagonismo en revistas nacionales y, en menor medida, en periódicos ("tal vez porque no responden a la brevedad de la noticia", dice Franco). Y en esa curva de crecimiento, el 2014 posiblemente resulta un año especial: durante los cuatro primeros meses han sido publicadas algunas antologías con los trabajos de cronistas ecuatorianos.

Uno de estos es 'Premio Ciespal de Crónica 2014', en el que se incluyen, además del trabajo ganador de Alemán, titulado 'Los limones del huerto de Elisabeth', otros 19 textos que hablan del país y del mundo. Ya sobre el territorio específicamente ecuatoriano, Alicia Ortega, jurado de este certamen, comenta que aún se percibe que los cronistas relacionan a este género con los bajos mundos. Basta revisar textos como 'En el Guasmo suena Mozart' (Ileana Matamoros), 'El maquillador de los muertos' (Isabela Ponce) o 'Farrear en kichwa en plena Mariscal' (María Fernanda Mejía), en los que se habla de las situaciones de ciertas personas que viven al margen de la sociedad.

En este auge de la crónica, la construcción de una única identidad nacional se convierte en una utopía antes que en un hecho. Esto bien lo dejan por sentado los tres tomos de 'La invención de la realidad' (La Caracola Editores), que reú­nen obras de 16 autores. Son piezas que invitan a conocer a las personas de Vilcabamba, a gritar en un festival con lo más popular de la Internet, o bien a sentarse cerca de la arena de una pelea de gallos. Aquí hay historias de quienes forman parte de un país diverso.

Dos muestras más de que la crónica nuevamente se ­quiere posicionar en el país son los dos libros de 'El alero de las palomas sucias', con textos del escritor Huilo Ruales. En estos hay, más bien, un aire cosmopolita. Y si Ecuador está presente, lo hace en las formas de comportarse de sus ciudadanos, en las manías que estos demuestran cuando se enfrentan al mundo, en ­cómo una nación abre sus puertas al extranjero.


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