4 de February de 2012 00:03

‘Todo lo que tengo lo llevo conmigo’

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iguzman

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Lo que Herta Müller (Nobel de Literatura 2009) nos cuenta en ‘Todo lo que tengo lo llevo conmigo’ no es solo un regalo -soberbio, sin duda-, es también una invitación a observar aquello que nos rodea, sobre todo lo nimio, y así mirarnos y construir una historia.

Desde las barracas de un campo de concentración stalinista, el personaje central, Leopoldo Auberg , relata la vida en y a pesar del encierro. Una vida que transcurre gracias a las pequeñas trampas, las mezquindades o las ilusiones que no nos pueden ser arrebatadas pese a cualquier autoritarismo y que siempre, en cualquier lugar, se las arreglan para sobrevivir. ‘Todo lo que tengo...’ está basado en las experiencias que vivió un amigo suyo, el poeta Oskar Pastior.

Si bien la poesía que impregna cada frase de la prosa de Müller en este libro es una delicia para leer, no se trata de su único atributo. La serenidad con la que es capaz de relatar el horror es pasmosa y cautivante. Y recuerda de alguna manera a ‘Fatelessness’ del Nobel 2002, el húngaro Imre Kertész; en la cual es también un adolescente quien guía al lector por los abismos de un campo de concentración.

Comparada con otra prosa poética de Müller, como la de ‘La bestia del corazón’, por ejemplo, la de ‘Todo lo que tengo...’ es sumamente accesible. Leerla supone un ejercicio muy recomendable para encontrarse con elegantes e inteligentes imágenes literarias.

Lo humano, en varias dimensiones, se dibuja en las escenas de la fila para recibir un mendrugo, en las conversaciones de la peluquería, en las sesiones de despioje, en los ‘saqueos’ póstumos, en el presentimiento resignado de la cercanía de la muerte... Y, así, Leopold, con sus 17 años y su estar manso, es uno de esos testigos anónimos de la historia que vale la pena escuchar.

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