2 de July de 2010 00:00

El pintor quiteño José Unda quiso ser científico y músico

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Redacción Cultura

El olor a pintura es aún fresco en la casa del pintor José Unda, en La Comuna Central en Tumbaco. En una de las paredes blancas del salón está uno de sus últimos cuadros, sin terminar. Es la continuación de la serie El Laberinto del Tao, que tenía previsto exponerse desde ayer en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, a las 19:00.

60 obras hechas desde el 2006 llenan tres salas del espacio cultural ubicado frente al parque El Ejido. Sector en donde precisamente Unda vivió desde 1995. Antes lo hizo en Toronto, Canadá.

10 minutos separan al pintor de Tumbaco. Tierra y piedras señalan el camino a su nueva casa en un campo en donde solo se puede escuchar el sonido de los pájaros. Allí, el artista se inspira.

Por dos grandes ventanales entra la luz de la mañana con la que inicia su jornada. No tiene sala; en su lugar hay una mesa cuadrada cubierta de vinil celeste. Sobre esta coloca los papeles y también los lienzos.Para él, las imágenes de sus pinturas reflejan la búsqueda de sí mismo. En ellas se proyecta y representa sus ideas e investigaciones. Algún día pensó en ser científico y aunque la pintura es su pasión, no deja de leer libros de científicos reconocidos. Los almacena en una estantería que es parte fundamental de su taller.

La música del compositor Heitor Villa-Lobos suena en un Tape Deck 260. Unda confiesa que de niño quiso también ser músico pero no tuvo los medios para alcanzar su sueño. No le molesta, pues por medio de sus cuadros dice sentir cómo sus ideas fluyen. “Los artistas somos un poco locos y plasmamos nuestros locos pensamientos a los que les añadimos lucidez”, dice entre risas.

No pinta con pinceles. Un caballete casi nuevo está en medio del taller. Tampoco lo utiliza. Prefiere crear en su mesa, regando los colores sobre el papel y el lienzo. Les da forma en armonía con la gravedad. “Me gusta el arte fluido, dinámico. No quiero algo rígido, más bien lo abstracto, lo oriental”.

Los estudios sobre el Tao, la biología, la ciencia y la ecología direccionan su arte y proponen el nombre de las Series. Cinco de ellas serán expuestas en la propuesta que estará abierta al público hasta el 31 de julio.

Para ellas utilizó técnica mixta y jugó también con texturas hechas con utensilios creados por él.

Las espátulas y sus herramientas cuelgan de unas barandas de madera. “No siempre están así de ordenadas”, cuenta frunciendo el ceño que acentúa los años.

Junto a ellas están sus otros materiales, acrílicos, óleos, arena, polvo de piedra, gelatina, pegamento... Aprendió a utilizarlos en el 63, cuando estudió Bellas Artes en Quito. Recuerda con cariño a sus maestros, José Guerrero, Oswaldo Viteri, Guillermo Muriel.

Ellos le enseñaron parte de lo que sabe, pero Unda cree que un verdadero artista se hace con el tiempo. Crear una serie -explica- es como enrolar la punta de un ovillo. “La primera obra es la más difícil de hacer, hay que identificar y sobre todo perseverar”.

No le importa estar solo por el momento. Su compañía es el paisaje que mira a través de la ventana, los amaneceres y atardeceres. Dice no ser de muchos amigos y aunque se considera citadino vive “recluido como una hermita”.

En esta ocasión, las salas Miguel de Santiago, Eduardo Kingman y Oswaldo Guayasamín se llenaron con sus pinturas. A lo largo de su carrera ha realizado 35 exposiciones en Ecuador, Colombia, Perú, Venezuela, Chile, EE.UU., Canadá, España y Alemania.

Todavía quedan muchas pinturas en su casa, arrumadas en la esquina de un altillo dentro del salón. Algunas serán expuestas más adelante, en futuros proyectos. Otras recibirán retoques. Eso solo si aún siente una conexión.

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