27 de November de 2011 00:05

‘Perros’, un salto de Tarantino a Tamariz

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Antes de ver la obra, la primera gran pregunta que surge es ¿cómo hará Jaime Tamariz para transportar tanta sangre del cine de Tarantino al teatro? La segunda, ¿puede David Reinoso hacer un papel dramático sin hacer reír? Y, la tercera, apenas se pisa el lugar: ¿es posible que un local viejo, aún en construcción y dentro de un centro comercial, en la vía a Samborondón, funcione como sala de teatro?

Adaptar es tomar riesgos. Es ajustar algo de un formato a otro. Hacer que las piezas calcen, a como dé lugar, en una plataforma para la que no nacieron. Eso intenta ‘Perros’, que narra la historia del mafioso Joe y su hijo Eddie. Ellos reúnen a cuatro delincuentes que no se conocen entre sí. Los juntan para conformar una banda que asalte una joyería. Pero el robo no sale de la misma manera como lo planearon y, por eso, luego del fallido atraco, los ladrones se ven obligados a refugiarse en una bodega abandonada.

Jaime Tamariz tuvo el gran desafío de acomodar al teatro una película que, como todas las que llevan la marca de Tarantino, centra su valor en la manera cruda en que presenta las escenas. En la película hay un pasaje de la historia en el que se observa a uno de los delincuentes, al ‘Señor Blanco’ (Alejandro Fajardo), torturar a un policía (Marcelo Varas).

Luego de golpearlo, ayudado de una navaja, raspa sus cachetes, arranca su oreja y la tira al suelo. Todo en primer plano. El teatro de Tamariz recrea o, más bien, simula el acto de manera muy sutil, a lo lejos, sin la cercanía del cine.

Otro de los retos que tuvo que afrontar Tamariz es el manejo del tiempo. Quentin Tarantino no gusta de contar historias que respeten los órdenes clásicos: principio, intermedio, fin. Su película comienza por la mitad, continúa con el inicio y, recién ahí, termina con un final que estremece a todos. El guayaquileño hizo lo más fácil: dio un orden cronológico a las acciones. Rompió la magia de Tarantino con sus saltos de tiempo y regaló una obra lineal.

Su obra comienza con los cuatro delincuentes y sus dos jefes -‘Sr. Blanco’ (Andrés Garzón), ‘Sr. Rosado’ (David Reinoso), ‘Sr. Rubio’ (Alejandro Fajardo), ‘Sr. Naranja’ (Víctor Arauz), ‘Eddie’ (Danilo Estévez) y ‘Joe’ (Fernando Gálvez)– conversando, mientras juegan billar, sobre mujeres blancas y negras, embargados de un lenguaje coloquial, muy ecuatoriano.

En la película estadounidense, todo o casi todo transcurre en un garaje. En su traspaso al teatro, Tamariz es fiel y hasta original al emplear el local grande de un centro comercial, sin enlucir, sin pintar, que transporta al mismo ambiente seco y sombrío.

En cuanto a la actuación de Reinoso, que interpreta a uno de los delincuentes, no convenció en los momentos dramáticos: el público rió con cada una de sus posturas, frases, e incluso en las escenas en que, en serio, quería ser serio.

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