25 de June de 2012 00:02

Parricidio, una posibilidad para crear

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La literatura también ha tenido lo que podría decirse fue su crónica roja. Querían matarlos. Aunque sin armas, a los padres literarios querían matarlos. En los años 70, el movimiento literario infrarrealista de México se infiltraba en las presentaciones de los libros de Octavio Paz, toda una vaca sagrada de la literatura mexicana, para boicotearlo: le lanzaban tomates podridos, risas burlonas, insultos. Eran parricidas, negaban a sus ancestros de peso. Se divertían.

“Actuaban como guerrilleros literarios contra sus padres”, dice el escritor quiteño Abdón Ubidia, quien en su momento también conformó un grupo literario autodenominado parricida en los 60: los tzántzicos de Quito. Este movimiento estuvo conformado, además de Ubidia, por los entonces veinteañeros escritores Ulises Estrella, Rafael Larrea, Marco Muñoz, Raúl Arias, Antonio Ordóñez, Simón Corral, Alfonso Murriagui, Marco Velasco, Humberto Vinueza, Alejandro Moreano e Iván Carvajal. Algunos de ellos eran militantes de partidos políticos de izquierda, como el Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador y el Partido Comunista del Ecuador.

Los tzántzicos se oponían a la figura del escritor quiteño Gonzalo Zaldumbide. Si bien es cierto que la presencia de Zaldumbide en Ecuador no era tan fuerte como la de Paz en México, el ecuatoriano tenía sus seguidores. Además, y esto era lo que más encolerizó a los tzántzicos, como hacendado y diplomático que era, tenía una concepción aristocrática de la literatura. “Nosotros, en cambio, le apostamos a una literatura más popular”, cuenta Ubidia. En efecto: leían sus textos en sectores marginales como cárceles, cementerios y fábricas.

“Fueron notables referentes de una actitud cultural que rechazó los rezagos aristocráticos que en los años de 1960 subsistían en el país. Ejercieron el parricidio de modo frontal”, explica el crítico literario Fernando Balseca. Para el escritor imbabureño Huilo Ruales, sin embargo, “la obra literaria de los tzántzicos fue muy débil, estaban más enfocados en hacer política que en realizar una escritura de calidad”.

Ruales es tajante: en Ecuador no se puede hablar de parricidio porque el país carece de un padre literario. Considera que sí se han tenido grandes referentes como los lojanos Pablo Palacio, Benjamín Carrión y algunos escritores de la Generación del 30, pero que no se los puede elevar a la categoría de ‘papás’. Los tzántzicos en ningún momento boicotearon con dureza a estas figuras. Todo lo contrario, admite Ubidia, hasta los vieron con admiración.

Los tzántzicos fundaron la revista Pucuna, en la que publicaron la mayoría de sus trabajos y manifiestos. La revista mexicana El Corno Emplumado, fundada en 1961 por la escritora norteamericana Margaret Randall, fue un referente en la publicación de los trabajos de estos movimientos parricidas en Latinoamérica.

Paralelamente, en la costa ecuatoriana, en los años 70, surgió el grupo literario autodenominado Sicoseo, al que muchos críticos de la época también tildaron de parricida. Pertenecían a este movimiento los escritores Fernando Nieto Cadena, Fernando Artieda, Jorge Velasco Mackenzie, Jorge Martillo, Raúl Vallejo, Fernando Itúrburu, entre otros. El guayaquileño Velasco considera que su grupo no negó a sus antecesores. “En la Costa el parricidio no ha tenido protagonismo. En la Sierra sí, con los tzántzicos, que se revelaron contra las élites que en ese entonces manejaban la política cultural y alcanzaron a democratizar la Casa de la Cultura”, dice.

Contemporáneos a los tzántzicos y a los sicoseos, surgían en Latinoamérica otros grupos de vanguardia como los nadaístas de Colombia, que se opusieron a la literatura del emblemático escritor colombiano Jorge Isaacs. Entre otras acciones desenfadadas, se inmiscuían en las reuniones de la aristocracia colombiana, pero solo para vomitar en sus elegantes alfombras. En los años 70, en Perú, surgió el Movimiento Hora Zero, que se negó a seguir la lista de lecturas nacionales “obligadas”.

¿Sigue vigente el concepto de parricidio en la nueva generación de escritores ecuatorianos? “No”, considera el escritor Miguel Antonio Chávez. “Pensar en eso da hasta risa. Si quieres ‘matar’ a tus ‘padres literarios’ primero mátate tú mismo escribiendo una obra memorable durante toda tu vida”, propone el narrador Chávez.

El escritor uruguayo Mario Benedetti alguna vez señaló a la nueva generación de escritores que lo criticaban sin proponer nada nuevo. “Para que exista parricidio, necesariamente tiene que haber una nueva propuesta”, cree Velasco Mackenzie.

Con ese mismo criterio coincide el crítico Balseca. “Creo que un signo de madurez es superar al padre con la propia obra pero no necesariamente combatirlo hasta matarlo”. Además, asegura que “no es indispensable que un país tenga una vaca sagrada. Pero no se puede desconocer que siempre hay otros antes de uno”.

Para el escritor guayaquileño Augusto Rodríguez, actualmente, un padre literario no necesariamente lleva la bandera de un país. “Pertenecemos a la era de las comunicaciones. Los padres literarios pueden ser de otras tierras. Borges podría ser un papá”.

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