15 de April de 2012 00:01

Ojos que pueden leer lo que escribían nuestros antepasados

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A primera vista parece una doctora. Guantes de látex, mascarilla. Si no fuera por el chaleco azul de oficinista que lleva puesto sobre una blusa blanca, jamás nos desayunaríamos de que la guayaquileña Gladys Cisneros (46) trabaja desde hace 19 años rodeada de libros en una biblioteca. En el Archivo Histórico Camilo Destruge de la Biblioteca Municipal de Guayaquil, para ser más precisos.

Es una paleógrafa. Así se les llama a las personas que dominan la técnica de leer textos antiguos. La tarea es más difícil de lo que parece. Los documentos que revisa datan del siglo XVI, XVII, XVIII y XIX . No solo que, ante el inexorable paso del tiempo, en las hojas amarillentas van quedando huellas inocultables -extractos rotos por las polillas, tintas desgastadas-, sino que el castellano antiguo que Cisneros examina parece proveniente de otro planeta.

Melvin Hoyos, director de Cultura del Municipio de Guayaquil y paleógrafo, considera que en los últimos siglos “el castellano ha evolucionado con el fin de hacer más fácil la lectura”. Hasta antes del siglo XIX, algunos textos se escribían de corrido, sin separar las palabras, todo encadenado.

Para ejemplificar esto, Ezio Garay (60 años), historiador con 42 años de experiencia y paleógrafo independiente, nos muestra un extracto de la manera en que está redactado un juicio civil del siglo XVII que se conserva en el Archivo Histórico del Guayas.

“Atresediazdelmesdeseptdemillseicientostreintaiunociendotestigoeldoct (..)”. Eso, redactado como está: en escritura caligráfica, asegura Garay, “implica pasar días enteros trabajando, separando las palabras”. Otra característica de estos textos es que carecían de una ortografía. La Real Academia Española recién publicó su primera edición en 1715.

Hasta entonces, los plumarios que eran quienes escribían los documentos civiles, penales y los testamentos en la época colonial, de independencia y de inicios de la vida republicana, carecían de lo que hoy conocemos como ortografía. Eran pocos los letrados.

Mirella Fernández es otra paleógrafa. Al igual que Cisneros, trabaja en el Archivo Histórico Camilo Destruge de la Biblioteca Municipal de Guayaquil. Carga unos lentes de miope con 4,5 de graduación para su ojo izquierdo y 6,5 para su derecho. Fernández, quien hizo una maestría en bibliotecología, señala que una de las trabas con las que se tienen que enfrentar los paleógrafos son las abreviaciones, también llamadas contracciones.

“Mtro”, para abreviar la palabra ministro; “VS”, para reducir la frase “Vuestra Merced”; o algunas más raras, imposibles de representarlas en la letra imprenta de este Diario, como la que sintetiza “Servidor”: “Serv” y, a continuación, arriba de la “V”, la “o” y la “r”.

Hoyos explica que estas contracciones se daban con el afán de ahorrar papel que, a diferencia de ahora que tienen muchos químicos, antes era orgánico. Ese material, de buena calidad, ha permitido que algunos escritos perduren hasta nuestros días.

Como en tiempos coloniales el papel llegaba de España, el afán por ahorrar el material era tan grande que, a veces, las respuestas se daban sobre la misma hoja en la que se remitían las cartas. A la tinta de ave se le echaba arena para que se seque en el papel.

Los paleógrafos consultados coinciden en que los formalismos son una característica recurrente en los textos con los que se topan. Frases de cajón, como “Su alteza”, “Su señoría”, “Con la vista a Dios”, daban muestra de lo predominante que era la Iglesia durante la Colonia, la Independencia e, inclusive, en la época republicana. Recién a mediados del siglo XX estas veneraciones quedaron en desuso en los textos públicos.

“Se nombraba a Dios sobre todas las cosas”, cuenta Garay, quien ha transcrito, respetando el lenguaje original, las actas del Cabildo de la ciudad de Guayaquil.

Él critica que en Ecuador la mayoría de universidades carezcan de una carrera de historiografía. Tan solo la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y la Universidad de Loja, esta última con modalidad a distancia, tienen una maestría en esta área y, dentro, una materia llamada Paleografía. “Por eso, la mayoría de paleógrafos en este país, simplemente, somos autodidactas”, añade.

Una lámpara de luz ultravioleta para poder leer las frases desgastadas o una lupa de 100 milímetros para agrandar las letras son algunas herramientas que también suelen usar estos expertos en el arte de leer lo oculto, lo antiguo.

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Los paleógrafos en el Ecuador y el mundo

En el  Ecuador,  pocos investigadores  son paleógrafos. Muchos han aprendido el oficio de manera autodidacta . Tan solo dos instituciones   superiores enseñan la materia.       

Los ecuatorianos   Juan Freile Granizo,  Rafael  Euclides  Silva y Rafael Pino Roca   fueron los primeros paleógrafos que transcribieron las actas del Cabildo de Guayaquil.

Las universidades   de Sevilla  y la de Salamanca, en España, son reconocida  instituciones que dan  la carrera de Historiografía y, en sus  mallas, la materia de Paleografía.


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