Un novelista que se permite las orejas largas

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Arturo Cervantes. Redactor

Hay que acuñarle un término: literatura 'orejuda'. 'Conejo ciego en Surinam', la última novela de Miguel Antonio Chávez, se embarca en el ingenioso tren de narrativas que persiguen los saltos de estos mamíferos de orejas largas.

Existe un mito japonés sobre un conejo que convive en la superficie de la Luna, donde machaca arroz para preparar mochi (postre japonés). El mito mutó a convicción nacional. Los japoneses creen ver en la Luna, la silueta de un conejo.

Julio Cortázar, en su cuento 'Carta a una señorita en París', relata la historia de un hombre que vomita conejos. Y -para mayor desgracia- los arroja en el interior de un departamento que le fue prestado. No sabe cómo deshacerse de ellos, no sabe cómo evitar que sus peludas texturas suban por su garganta como una efervescencia y desbaraten toda la vivienda.

Mario Levrero nos introduce en su obra 'Caza de conejos' en un bosque atestado de cazadores sin pudor, de guardabosques asechados y conejos misteriosamente erotizados.

Y Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, 1979) es consciente de esa tradición. En 'Conejo ciego en Surinam' presenta a un mamífero engreído que analiza con derroche de mordacidad a B. y M.: los humanos perfilados como sus propietarios y que comparten un patio, el diminuto escenario desde el cual el conejo ejecuta sus inquisidoras miradas.

Y si el sitio físico, la morada del conejo, resulta limitado, el campo de visualización se nos muestra infinito. 'Conejo ciego en Surinam' es un ejercicio narrativo que se resiste a encasillarse en un género. Hay una ebullición de propuestas que se insertan una tras otra, como hipervínculos, y que ostentan erudición: desde referencias al video de humor masivo titulado 'Amor, comprensión y ternuras', hasta otras elitistas como la que se hace del compositor alemán Karlheinz Stockhausen o del cineasta italiano Roberto Benigni.

La diversidad de narradores obliga al lector a estar atento a los giros inesperados que cambian, de un momento a otro, las voces. A ratos, la historia está narrada a manera de documental de Discovery Channel. Como un reportaje consagrado a la cunicultura: el esmerado arte de crianza de conejos. El mismo tono solemne, educado, dispuesto a los datos curiosos, al derroche de información. Entonces se nos dice que el promedio del ritmo cardíaco de un conejo va de los 130 a los 325 latidos por minuto; que su estiércol, una vez deshidratada, sirve para alimento de cerdos y pollos; que Francia es el primer productor mundial de conejos… Poco importa corroborar la veracidad de los datos pues, al interior del argumento, resultan verosímiles y entretenidos.

Pero en el menor descuido, el relato olvida ese tono televisivo-formal y se sitúa 200 años después, con un aliento muy propio de la ciencia ficción, en una nave que posee una inteligencia artificial y en el que transcurre una versión futurista del Edén bíblico. En ese contexto ciberespacial, el conejo reaparece en el rol de la serpiente y, por 'inducir' a los tripulantes a comer de un hongo prohibido, es condenado a perder la vista. La historia de la humanidad se nos ha presentado de manera unidireccional. La mejor forma que Chávez ha encontrado para cuestionar lo que no admite segundas versiones es, precisamente, reinventando su sentido.

Y no hay que sorprenderse si repentinamente se insertan fotografías para completar argumentos o la tipografía cambia drásticamente. La narrativa de Chávez se toma las licencias que desea, no distingue fronteras en el mundo de un conejo peligroso, tan peligroso que es capaz de descobijar la idiotez de toda la humanidad.

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