El legado del 'Gabo' reflejado en sus pupilos

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Redacción Cultura y Agencias  cultura@elcomercio.com

La partida de Gabriel García Márquez es de aquellas huellas que difícilmente el tiempo borrará enseguida. No solo porque con él muere parte de aquel realismo mágico que puso a América Latina en el ojo de la crítica literaria universal. También está su devoción al periodismo, ese oficio pensado como la 'carpintería literaria' que afina el ojo del escritor para mirar más allá de lo evidente.

Y es que la realidad no es una sola sino tantas, como las que se puedan imaginar. El 'Gabo', como todos le decían de cariño, vio así al mundo. "No sabía si lo que decía era cierto o fruto de su imaginación" son las palabras con las que describe la primera impresión que dejó el colombiano al escritor ecuatoriano Raúl Pérez Torres. A mediados de los ochenta, ellos se habían encontrado por primera vez en Cuba, y ya para esa época García Márquez anhelaba venir al Ecuador y conocer la Mitad del Mundo. Nunca pudo hacerlo por su salud. ­Temía que al estar en la altitud, él pudiese enfermar. Anec­dóticamente, unos años antes, en 1980, él confesaba en el diario español El País sobre su pá­nico a volar, en una columna titulada 'Seamos machos: hablemos del miedo al avión'.

Sin embargo, él siempre fue un hombre lleno de viajes. Y por esto fue, tal vez, la remozada imagen del cronista de Indias; la de un hombre que escapó de la época colonial hasta encontrar su refugio en pleno siglo XX. Esa América sumergida en dictaduras, golpes de Estado y abusos de poder fue descrita por él en su oficio de periodista (mención especial vale 'Crónicas y reportajes', una buena panorámica de su trabajo). Luego, muchos de esos personajes encontrados en las calles de Colombia y Venezuela, por mencionar a dos países que marcaron sus primeros pasos en el género de la crónica, se convirtieron en protagonistas de historias como 'El coronel no tiene quien le escriba'.

Periodistas de todas partes rinden homenaje a quien fundó una de las instituciones más emblemáticas de Latinoamérica, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Jon Lee Anderson, uno de ellos, escribió en Twitter ayer por la tarde: "Descansa en paz, querido 'Gabo'. Te extrañaremos siempre, como a un padre. Tu legado es muy grande".

Del lado de los escritores, la pérdida del 'Gabo' ha significado una de las más grandes pérdidas de este momento. "Ha muerto un gran escritor. Sus obras le dieron gran difusión y prestigio a la literatura. Sus novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier", dijo Mario Vargas Llosa  (cuya relación con García Márquez tuvo su momento más tenso tras el puñete que el peruano propinó al colombiano).

Entre los ecuatorianos, la partida del Premio Nobel de Literatura en 1982 da pie para inmortalizar al 'Gabo' en la memoria. Para la gestora cultural Adelaida Jaramillo, su legado junto con los autores del 'boom' latinoamericano fue, entre otros, "visibilizarnos en el mundo editorial conocido, que se había estancado en el realismo y al cual revitalizamos con la inclusión de lo fantástico". La influencia del realismo mágico garciamarquino -dice Jaramillo- es incalculable, y se ve en escritores de nacionalidades tan diversas como el turco Orhan Pamuk, o el serbio Goran Petrovic. "Hoy algunos sentimos que nos hemos quedado huérfanos, y que el vacío que deja a las letras latinoamericanas es ingente".

Un hombre para la política


Gabriel García Márquez fue amigo personal del presidente cubano Fidel Castro y asiduo visitante de la Isla durante décadas. El autor de 'Cien años de soledad' nunca criticó públicamente al régimen comunista de La Habana, aunque alguna vez, ante una pregunta de la prensa, negó ser comunista.

El escritor colombiano conoció personalmente a Fidel Castro recién a mediados de la década de los 70. Por aquella época, según el filósofo francés Regis Debray, Fidel Castro no estaba muy convencido de la "firmeza revolucionaria" del escritor, a pesar de que el futuro Nobel había pasado de puntillas por el "proceso stalinista" de los años 70 contra el poeta Heberto Padilla.

Su crítico de toda la vida, el también Nobel Mario Vargas Llosa, con quien había compartido la admiración de primera hora por Castro y la Revolución Cubana, llegó a llamarle "lacayo", por su adhesión intelectual y política al veterano líder comunista. Su silencio ante las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos y el éxodo de los 'balseros' le atrajo la crítica de intelectuales como Susan Sontag.

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