13 de May de 2012 00:00

La labor y los pasos de Tamara Estupiñán hasta Malqui Machay

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Crónicas de Indias e historias sobre la presencia Inca en el Ecuador son algunos documentos que reposan en los estantes del estudio de la historiadora Tamara Estupiñán Viteri, como prueba de su labor investigativa y de su pasión por conocer más de los incas.

Su labor y su pasión van de la mano, desde los años 80, cuando Estupiñán descifró el testamento del hijo más importante de Atahualpa, Francisco Tupac Atauchi. Envuelta por esos saberes, comprendió que quedaban círculos por cerrar, cabos por atar. A esa tarea se entregó cuando encaró la figura de Rumiñahui, desde un cuestionamiento historiográfico. El líder de la resistencia cumplía la labor de preservar la panaca (descendencia) de Atahualpa; para lo cual necesitaba símbolos de poder tales como el malqui (cuerpo momificado) y el huaoque (efigie que funcionaba como encarnación del Inca, pues tenía cabellos y uñas de este).

Con ese dato, Estupiñán inició un proceso que la llevaría al descubrimiento de Malqui Machay, la última morada de Atahualpa. No fue un descubrimiento azaroso, sino que demandó una década de investigación. Un estudio que siguió la andadura de Rumiñahui y de otros personajes de la resistencia, cuyos caminos confluían en la región de Sigchos, Cotopaxi. Una zona con las condiciones óptimas para el refugio en tiempos de la conquista española; esto por ser área de fuerte población mitimae, leal a Atahualpa; por estar rodeada de fortalezas y por el acceso hacia las zonas selváticas.

Pero en esa región de 5 000 km², ¿dónde empezar la búsqueda? La respuesta vino por un documento, de don Beltrán de Castro, de 1597, donde se menciona un pueblo llamado Malqui, empatando la toponimia y los términos del culto a los ancestros de los incas, la historiadora continuó.

En el 2004 hubo una expedición y un primer hallazgo en Malqui. Becas y estudios de por medio, en el 2010, Estupiñán emprendió otra expedición, pero esta vez buscaba otro lugar: Machay (sitio sagrado donde descansaban los cuerpos momificados). La investigación etnohistórica y las exploraciones en la zona le llevaron a encontrar las ruinas. No era una fortaleza, ni un tambo, tampoco un palacio o un observatorio astronómico; se trataba de un sitio donde los ‘camayos’ cuidaban de su malqui, le bañaban, le sacaban al sol y le cambiaban los vendajes.

El reconocimiento del sitio se dio porque las estructuras estaban orientadas de este a oeste (siguiendo el camino del dios Sol), por la plaza trapezoidal, por la presencia de canales de drenaje, por un estanque y un altar.

Asimismo, desde Machay se puede trazar una línea recta que pasa por el Quilotoa y se extiende hasta Isinche, “una línea sagrada”. Además, en el testamento de Francisco, Estupiñán halló que el cerro de Cuturibí era propiedad privada de Atahualpa. Todos estos datos le llevan a pensar que el culto al niño de Isinche se inició como un culto al huaoque de Atahualpa y que este habría sido cambiado por la imagen del Niño Dios. En ello confluye también la fiesta y la indumentaria de los danzantes de Pujilí.

No se puede asegurar que en Machay se hallen los restos de Atahualpa, pero sí que es un ‘sancta sanctorum’, un lugar sagrado, donde estuvo por última vez el cuerpo momificado del Inca.

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