11 de May de 2012 00:03

La indisciplina se mezcla con el grupo canadiense LODHO

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Si el surrealismo buscaba la maravilla dentro de la realidad, tomando como base la comparación del Conde de Lautremont: “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”; surge la pregunta de que habrían exclamado Breton o Aragon, al ver a La Orquesta de Hombres Orquesta(LODHO), sobre escena. Seguramente, estarían abrumados al ver no solo un paraguas, una máquina de coser y una mesa de disección, sino un centenar de objetos en situaciones bellas y comprometedoras.

Un ¡wow! sería preciso para hablar sobre lo que hace esta agrupación canadiense con la música que extraen de esos objetos, no solo instrumentos musicales, sino simple y llanamente objetos... cosas. Una agrupación que esta noche y mañana dará color y fiesta sobre el escenario del Teatro Sucre, que con ellos abre su ciclo de ‘Mayo, mes de la nuevas artes’.

El ¡wow! también nos daría satisfacción ante el imperante deseo de querer clasificar toda expresión artística que nos enfrenta; pues la propuesta de LODHO, si bien tiene rock y jazz, circo y comparsa, poesía visual y audible, va más allá de todo eso ensamblado.

Bruno Bouchard, Jasmin Cloutier, Simon Drouin, Simon Elmaleh, quienes son el cuarteto base de LODHO, parecerán estrambóticos y, ciertamente, son algo fuera de lo común. Van en andas sobre lo barroco y lo urbano, pero los complementa un aire canalla y vagabundo. En su música el ruido y la armonía se baten por el protagonismo y en esa tensión dan puerta abierta a la maravilla.

Despojados de esa especie de barroquismo futurista que los envuelve cuando juegan sobre las tablas, los hallamos entre los pasillos adjuntos al Teatro Sucre. No están todos, pero entre los que están buscamos desenredar el ovillo de su propuesta. Se trata de una idea que se concretó con artistas interdisciplinarios (pues tienen trayectoria en artes musicales, visuales, escénicas, performáticas), en Québec, en el 2002.

No hay un líder, cada uno propone y depone, porque sobre la base poética que sostiene su música no cabe el miedo al error sino la seducción de éste, para una vez hundidos en él explorar nuevas posibilidades, abrirse hacia la ruptura de las convenciones.

Incluso echan abajo ese factor interdisciplinario que los compone, pues a pesar de reconocer el bagaje diferente de cada uno, tiran más bien hacia la indisciplina, la siguen como un devoto a su fe. Aunque el caos sea lo más factible ante las epifanías de su dios, ellos saben que no todo puede dispararse indefinida e infinitamente; conscientes de eso, desde la senda distinta que cada uno ha escogido para expresarse, ellos confluyen y se contaminan dentro una misma autopista de sonoridades y visualidades.

Desde la música estructuran una dramaturgia. Es -dicen- como si al principio les preocupara la música de los objetos, pero luego todos sus gestos devienen en algo teatral. Probablemente hay improvisación, pero más que nada es explorar las libertades dentro del espacio limitado de la escena, prestarse para las reacciones, mezclarse y divertirse. Saben cómo empieza cada show, pero no cuál será el siguiente paso. En esos momentos, en esa incertidumbre aflora la creatividad y la comedia.

Ahora, LODHO viene a Quito con las canciones del ícono estadounidense Tom Waits, ese músico áspero y genial, tan poeta beat. El grupo aprecia la complejidad de los temas de Waits, lo extraordinario de sus textos; pero no le rinden homenaje, lo que hacen es una traducción sonora: tomar el material de Waits, pero experimentar con los objetos de LODHO; una interpretación personal de su repertorio; incluso irrespetarlo para luego reencontrarse con el porqué de su respeto.

Es como si una compañía teatral pusiera en escena una obra de Shakespeare; la representación no es Shakespeare, es una manera de hacerlo. Eso hace LODHO con Waits y lo lleva a término explotando embudos a manera de megáfonos, cucharitas tintineando en tazas de té, un palo de golf que golpea un sartén y un libro que se rasga sobre una tabla. Lo hace con burbujas que se revientan a media vida en el aire, con el estruendo de un disparo o un manojo de fideos; con zapatos, globos, chocolate, botellas, pipetas de agua, tijeras, cascos, coches de bebé.... Cosas que saltan al escenario para jugar con banjos, guitarras y armónicas, que acompañan a voces y a acordeones.

Verlos sería como ingresar en una feria vintage, pasear por los puestos llenos de polvo e historia, descubrir la esencia que esconde cada objeto y darle chance a la nostalgia, pero pensado en la nueva vida que los artículos pueden tener, en las posibilidades abiertas del sonido y la indisciplina.

Si aún buscamos la maravilla en la realidad, como lo hacía la vanguardia del siglo XX, embarrémonos con este LODHO.

Agenda de ‘Mayo, mes de las nuevas artes’

Zoë Keating. La artista  canadiense busca una experiencia compleja para los  oyentes, con las mezclas  que consigue entre los sonidos de su violonchelo y las intervenciones de su computador. Ella  presentará su única función en Quito, el jueves 17, a las 19:30, en el Teatro Nacional Sucre.

Ballet Jazz de Montreal. Bajo la dirección de Louis Robitaille, esta agrupación está considerada como el más avanzado laboratorio de investigación  dancística. La  expresión de la identidad de cada bailarín es fundamental para su estilo. Funciones: el 31 de mayo y el 1  de junio.

Le Pont Bridge.  La agrupación canadiense funciona como una célula de creación multidisciplinaria; con un enfoque lúdico, artesanal e inventivo. Llegarán a Quito con ‘Le Mobile’: teatro, cuerpo, instalación y video. Del 31 de mayo al 2 de junio, en el Teatro México.

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